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¿No hay perdón? ¡No hay vida!

por 2 octubre, 2013

Para los efectos prácticos el decreto firmado por Piñera constituye un acto de profunda irresponsabilidad, por medio del cual alimentó a un monstruo que amenaza con destruir la convivencia nacional y que ofrece una disyuntiva insoslayable: o el perdón o la muerte.
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¿Oportunismo político o mera ingenuidad? No es posible saberlo. No, al menos, con la certeza con que se puede saber que el cierre del Penal Cordillera no contribuirá en nada a la reconciliación.

No contribuirá, porque más allá de si las razones que hubo para crear ese recinto fueron o no justificadas, y de si las condiciones de reclusión eran excesivamente benevolentes, es un hecho evidente que no había intenciones de paz en quienes pedían a gritos lo que Piñera ofreció en bandeja de plata.

Desistir es la primera forma de perdonar y, muy probablemente, la más difícil. Consiste en abdicar de un derecho y en renunciar, por ese mismo acto, no sólo a la venganza sino a toda forma de castigo. Y el clamor de verdad, de justicia y la voluntad de mantener viva la memoria, no se condicen con la decisión genuina de hacerlo. No será, por tanto, el Penal Cordillera (ni su holocausto) el que calme una sed cuyos orígenes están muy lejos de cualquier lugar físico.

Para los efectos prácticos el decreto firmado por Piñera constituye un acto de profunda irresponsabilidad, por medio del cual alimentó a un monstruo que amenaza con destruir la convivencia nacional y que ofrece una disyuntiva insoslayable: o el perdón o la muerte.

Perdonar es un acto de renuncia pero, al mismo tiempo, de autoafirmación radical. Porque el resentimiento y la rabia son, en definitiva, profundamente autodestructivos. Perdonar es conceder una gracia, pero una gracia de la que el primer beneficiario es uno mismo. Desde ese punto de vista, quienes están mejor inclinados para hacerlo demuestran que disponen de un instinto de supervivencia superior al de quienes se dejan arrastrar por el rencor.

Perdonar es divino, dice el refrán. Y es cierto, porque sólo puede hacerlo el que tiene espíritu. Es la razón del ofendido la que tiene la capacidad de descubrir justificaciones para el ofensor. Y es su corazón, el que le puede mover a ofrecer lo que quisiera haber recibido cada vez que se encontró bajo el peso de una culpa.

¿Oportunismo político o mera ingenuidad? No importa demasiado. Para los efectos prácticos el decreto firmado por Piñera constituye un acto de profunda irresponsabilidad, por medio del cual alimentó a un monstruo que amenaza con destruir la convivencia nacional y que ofrece una disyuntiva insoslayable: o el perdón o la muerte.

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