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La bipolaridad de la derecha

por 3 octubre, 2013

Que no lo haya hecho ya, no es sólo lamentable, es también estratégicamente errado. Debido a las saudades dictatoriales que persisten en ella (“cuando fuimos tan felices”, como escribió algún analista), la derecha está perdiendo la oportunidad de acceder al poder en un país que mayoritariamente –si le creemos a las percepciones que sacan a relucir encuestas como la CEP– cree en muchas, aunque no en todas, de sus ideas (y por eso Parisi está al alza).
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La  bipolaridad está de moda. Al menos desde que la padecen abiertamente famosos, como Catherine Zeta Jones, la actriz ganadora del Oscar. De hecho, está llegando a ser casi un tópico en series de televisión. Antes el fenómeno no era tan glamoroso. Se lo denominaba psicosis maniaco-depresiva, y era la enfermedad de algunas mentes notables pero desequilibradas, como Vincent van Gogh o Virginia Woolf –y por cierto de muchas más mentes nada de notables–.

Esta tendencia no ha estado ajena a nuestro país. Incluso, la bipolaridad ha llegado a afectar a fracciones políticas completas. Sobre todo en la derecha. Si la derecha fuese una sola mente –lo que evidentemente no es– sería un claro caso de bipolaridad, con estados de ánimo oscilantes entre episodios pletóricos de energía y otros concomitantes a la depresión.

Y esta bipolaridad se manifiesta, de un modo notable, al revisitar el pasado. Piense en las reacciones de la derecha a los 40 años del Golpe –que sólo es la antesala de la dictadura–.

Que no lo haya hecho ya, no es sólo lamentable, es también estratégicamente errado. Debido a las saudades dictatoriales que persisten en ella (“cuando fuimos tan felices”, como escribió algún analista), la derecha está perdiendo la oportunidad de acceder al poder en un país que mayoritariamente –si le creemos a las percepciones que sacan a relucir encuestas como la CEP– cree en muchas, aunque no en todas, de sus ideas (y por eso Parisi está al alza).

Si bien la derecha dura pinochetista está en retirada (algo natural, considerando que ya casi no vende –por eso sus envoltorios apelan al exotismo de la mercancía, tipo Moreira– y debido a la biología venderá todavía menos en el futuro), la derecha está librando una lucha consigo misma: mientras algunos buscan justificaciones históricas para desligarse de responsabilidad, y muchos buscan exegesis históricas del empate y responsabilidades compartidas; otros –como el Presidente– desatan definitivamente los nudos con ese lastre histórico del sector distinguiendo entre los cómplices y los otros. Ante esta guerra intestina, otros –como la candidata Matthei– apelan, en un acto que denota desesperación o candidez, a la represión de la memoria (“la trampa en que nos han tenido durante mes y medio, hablando del pasado”) e invitan a dedicarse a los temas que de verdad le interesan a los chilenos. El cierre del penal Cordillera y las declaraciones de personeros de derecha que siguieron, así como las declaraciones del Ministro Hinzpeter y las reacciones que produjo, son síntomas inequívocos de esta patología en la derecha.

Mientras que la primera y la segunda posición son entendibles (pero sólo la segunda es respetable), la tercera –la de la candidata– es la menos recomendable. Evelyn Matthei tiene razón cuando afirma que los intereses de los chilenos son otros. Ni siquiera es necesario apelar a la Cep –como ella hace– para demostrarlo. Pero el análisis es miope. El Golpe es traumático, en sentido clínico, para generaciones completas. Y como en el caso de un trauma (imagine que lo violan en la niñez), si a usted le preguntan que es importante en su vida, mencionará temas como su empleo, la seguridad, etc. Es decir, los temas importantes de acuerdo a la Cep. Pero el trauma continuará ahí. Y surgirá, de pronto, ante algún evento –como fue la conmemoración de los 40 años del Golpe–.

La represión de la memoria es el peor camino. Pero es quizás el único camino abierto a la candidata de una fracción en la que se está empezando a desarrollar, finalmente, una lucha interna para transformarse en verdadera alternativa. Sobre todo si no quiere enemistarse con los que la apoyan. Cierto, la derecha está en el poder. Pero no lo está porque sea una alternativa apreciada, como algunos analistas de derecha (recuerda a Jovino Novoa, un ser de otra época), debido a una obnubilación maniaca del juicio parecen haber creído. Lo está porque la continuidad de la Concertación parecía a muchos, y por buenas razones, todavía peor que la llegada de la derecha chilena –no como doctrina, sino como individuos– al poder. Y lo está porque su candidato de entonces, Sebastián Piñera, era un elemento absolutamente sui generis del sector. La descomposición de la Concertación, hoy llamada Nueva Mayoría –una estrategia semántica para cambiar la realidad (parecido a lo que hacen los brujos)–, no ha variado demasiado. Pero su candidata Bachelet –a diferencia de Frei entonces– parece tener la capacidad magnética necesaria para atraer votos a pesar de su compañía –al menos en tanto no hable, como obstinadamente nos demuestra con sus acciones o, mejor dicho, omisiones lingüísticas–.

Para alcanzar el poder no basta con la farmacología –que en los partidos adquiere la forma de imperativos al orden–. Falta algo más profundo. En tanto la derecha no se haga cargo de su pasado de un modo crítico (y no sólo mediante perdones que por extemporáneos huelen a oportunismo), lo haga relucir y condene en su inadecuación moral, y, como hizo el Presidente, desate los nudos que la amarran a él, tiene la cuesta al poder muy pesada. Y es que más allá de la farmacología, para tratar la bipolaridad es central tomar conciencia del problema. Que no lo haya hecho ya, no es sólo lamentable, es también estratégicamente errado. Debido a las saudades dictatoriales que persisten en ella (“cuando fuimos tan felices”, como escribió algún analista), la derecha está perdiendo la oportunidad de acceder al poder en un país que mayoritariamente –si le creemos a las percepciones que sacan a relucir encuestas como la CEP– cree en muchas, aunque no en todas, de sus ideas (y por eso Parisi está al alza). Después de todo, la revolución neoliberal bajo el amparo de la dictadura caló hondo, y fue exitosa. Llegando incluso a crear un hombre nuevo –el del éxito personal, de las oportunidades y del mall–.

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