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Alto al Simce

por 7 octubre, 2013

Está claro que el afán estandarizador del sistema que pretende situarnos en los mejores lugares de los rankings está haciendo agua. La invitación está hecha, miremos qué pasa con los procesos de aprendizaje, con su pertinencia y relevancia, analizar resultados a la luz de estos procesos respetando la diversidad, podría ser un buen comienzo.
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La Agencia de Calidad de la Educación describe como principal propósito del Simce el “contribuir al mejoramiento de la calidad y equidad de la educación, informando sobre los logros de aprendizaje de los estudiantes en diferentes áreas de aprendizaje del currículo nacional, y relacionándolos con el contexto escolar y social en el que estos aprenden”.

Han debido pasar 25 años para darnos cuenta que contribuir a este tan ansiado mejoramiento no pasa por la medición de los logros obtenidos en pruebas. Ello, fundamentalmente, porque la calidad y equidad no se sustentan en el sólo hecho de transmitir conocimientos.

El Simce, lejos de haberse convertido un aporte para avanzar hacia un sistema educativo más equitativo, cumplió justamente el objetivo inverso: ha provocado la apertura de una brecha vergonzosamente gigante de desigualdad, que se confirma año a año.

Calidad implica, además del desarrollo de competencias básicas tradicionales, proporcionar a los estudiantes herramientas para ejercer plenamente la ciudadanía, contribuir a una cultura de paz y transformación de nuestra sociedad.

Está claro que el afán estandarizador del sistema que pretende situarnos en los mejores lugares de los rankings está haciendo agua. La invitación está hecha, miremos qué pasa con los procesos de aprendizaje, con su pertinencia y relevancia, analizar resultados a la luz de estos procesos respetando la diversidad, podría ser un buen comienzo.

Hablar de equidad demanda considerar los principios de igualdad (lo común) y diferenciación (lo diverso). En ese sentido, los sistemas educativos tienen la obligación de considerar el desarrollo de competencias que permitan la participación y actuación en la sociedad. También, deben asegurar aprendizajes relevantes en función de diferentes contextos y culturas. Precisamente, lo que esta medición no considera, ya que su lógica homogeneizadora destruye toda posibilidad de valorar la diversidad en el aprendizaje.

Ya es tiempo, en realidad, hace rato que es tiempo, de reflexionar acerca de qué tenemos que hacer para comenzar a generar cambios radicales en lo que respecta a mejorar la calidad y equidad en la educación.

Está claro que el afán estandarizador del sistema que pretende situarnos en los mejores lugares de los rankings está haciendo agua. La invitación está hecha, miremos qué pasa con los procesos de aprendizaje, con su pertinencia y relevancia, analizar resultados a la luz de estos procesos respetando la diversidad, podría ser un buen comienzo.

No podemos continuar negando que en todas las aulas sin excepción, la diversidad está presente, un procedimiento de evaluación que no lo considere dejará de lado una importante información que sí puede contribuir a generar espacios educativos más equitativos, participativos y democráticos, por tanto, más inclusivos.

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