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Ultrones II: revolucionarios digitales

por 8 octubre, 2013

Destaque: Llama la atención el tono en que usualmente los revolucionarios digitales redactan sus twiters: “Condenamos enérgicamente” tal o cual cosa, “Solidarizamos” con tal otra, “no permitiremos” tal o cual otra. Y no faltaran en sus twitteos las alabanzas a sus gurúes, los ultrones de ocasión a los que siguen con entusiasmo y acríticamente a cada paso.
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Cuentan que Salvador Allende, que era un hombre de sólida formación teórica y política, pero por sobre todo un político practicante y con mucha calle recorrida,  solía ironizar a menudo sobre aquellos sujetos que en su tiempo no salían a ninguna parte sin portar con afán exhibicionista algún texto de autoría de un clásico marxista. Allende, en tono de burla y reproche, los llamaba con humor “sobacos ilustrados” y hoy, con toda probabilidad, a personajes de pretensiones semejantes, pero usuarios de otros medios más tecnológicos y actuales, quizás los hubiese catalogado, no sin desprecio, aunque con igual humor,  como “revolucionarios digitales” o algo semejante.

En  los tiempos de Allende y en diversos círculos militantes, especialmente universitarios, campeaba el revolucionarismo libresco y la retórica encendida  plagada de ínfulas de superioridad intelectual. Era, aquel, un ambiente donde se discutía apasionadamente de política en cualquier lugar y a propósito de cualquier cosa y, por lo mismo, fue el campo propicio para la aparición de un tipo de personaje que llegó a ser arquetípico. Ese que gustaba de recitar a los  clásicos del marxismo de memoria e interpretarlos a su entero amaño. Y que siempre  trataba de zanjar cualquier debate sobre “el análisis concreto de la realidad concreta” con la referencia incontestable a algún autor respetado, se tratara del propio Marx, Lenin, Trostky, Mao, Rosa Luxemburgo o, el muy interesante y actual, Antonio Gramsci, entre muchos otros. Autor, este último, que, dicho sea de paso, comenzó a adornar sobacos muy tardíamente y cuando era demasiado tarde para asimilar sus certeras enseñanzas. Es decir, apareció en escena a poco de que estos trajinados libros debieran ir a parar desde lugares vistosos a sitios más recónditos y ocultos de la represión y los allanamientos. Eso, cuando los preciados y ajados textos no terminaron siendo pasto de las llamas por obra de la soldadesca, como si las ideas pudieran ser incineradas con los libros que las contenían.

Llama la atención el tono en que usualmente los revolucionarios digitales redactan sus twitters: “Condenamos enérgicamente” tal o cual cosa, “solidarizamos” con tal otra, “no permitiremos” tal o cual asunto. Y no faltarán en sus twitteos las alabanzas a sus gurúes, los ultrones de ocasión a los que siguen con entusiasmo y acríticamente a cada paso.

Hoy que se estudia y se reflexiona menos, pero se pontifica más, los antiguos sobacos ilustrados se han reconvertido en revolucionarios digitales, que es como decir que se han transformado desde paseadores de libros a tipeadores inveterados. Y por el entusiasmo y sistematicidad que colocan en sus afanes de indicarnos lo que está bien y lo que está mal vía las redes sociales, se diría que no hacen otra cosa en la vida que no sea postear comentarios y lanzar twitteos. Buscando enderezar, casi siempre en tono admonitorio y declaratorio,  a los que estiman como descaminados de la recta dirección y las posiciones correctas  que ellos conocen como nadie.

Los revolucionarios digitales son en esencia una subespecie de los ultrones, aunque de categoría inferior. Los ultrones, hay que reconocerlo, son al menos capaces de garrapatear o verbalizar alguna idea, mientras que los revolucionarios digitales se limitan a comentar, para bien o para mal, sobre lo que producen otros, para lo cual se afanan en sus trolleos, de preferencia en Twitter, red social que parece  haber sido construida especialmente para ellos,  puesto que estos sujetos se caracterizan por tener ideas de corto vuelo y extensión, tanto como para que puedan caber cómodamente en los escasos 140 caracteres.

La subespecie, en efecto, casi nunca postea algo de propia creación. Comentan, toman de la web artículos de prensa que los representan y los comparten. Twittean frases, retwittean a otros, se favoritean entre ellos y a sí mismos cuando pueden, y se dedican a su afán principal, que consiste en trollear al prójimo.

Los revolucionarios digitales insultan y descalifican, denuncian y viven tratando de escandalizar. Muy especialmente cuando estos sujetos actúan encapuchados, lo que en la web significa actuar bajo un nombre supuesto o pseudónimo. Un anonimato con el cual adquieren patente para decir cualquier cosa, sin filtro y furiosamente contra quienes afirmen cosas que no les parezcan.

Pido perdón por la autorreferencia, pero, a propósito de mi columna “Los Ultrones”, aquella que fue compartida por más de nueve mil lectores y que suscitó una pequeña tormenta en la red por parte de quienes se sintieron aludidos y ofendidos, pude comprobar con gran  sorpresa que, cuando apenas despuntaba la madrugada, ya se habían posteado más de 250 comentarios, una cuestión totalmente inusual. Por desgracia, casi todos esos posteos contenían comentarios insultantes, cuya lectura, hasta cuando me dio el ánimo, me hizo pensar que mis contradictores ni siquiera  se habían tomado la molestia de leer íntegramente el texto.

¿Comentaristas a esta hora tan temprana?, me pregunté. La respuesta era obvia, aunque vine a reparar en aquello más tarde. Se trataba de revolucionarios digitales residentes en Europa, compatriotas que habitan por décadas en distintos países donde se hallan asimilados, pero que viven con un ojo puesto en Chile. Posteadores que residen lejos, pero que pululan entre nosotros, por lo que saben todo lo que aquí acontece y en detalle cada día,  pero no se atreven a regresar al país en el que permanecen pegados. Y no sólo al territorio, sino a demás al pasado, como he podido comprobar al leer algunos comentarios que no aluden a la dictadura militar, sino a la junta militar.

Y se les comprende, allí donde habitan disponen de todo el tiempo del mundo para postear, criticar ácidamente, prescribir recetas políticas, denostar sin piedad y decirnos qué debemos hacer y qué no.  Tienen el privilegio que les regala generoso el Estado de Bienestar, o lo que queda de aquello, y que los revolucionarios digitales disfrutan sin cargos de conciencia en Alemania, Suecia, Noruega, Francia, Finlandia o Noruega.

Y antes de que me digan nada de lo que de seguro habrán de decirme, aprovecho para que me ayuden a saciar la  curiosidad que tengo de saber si acaso son tan vehementes y militantemente críticos de la deteriorada realidad política, económica y social de los países en que viven. O si al menos lo son, abiertamente, como se conducen en contra de quienes hacemos política en Chile y sobre el terreno.

Con los revolucionarios digitales que habitan en Chile la realidad no es muy distinta. Estos militan igualmente en Facebook y Twitter,  redes sociales a las que tal parece que viven permanentemente conectados y siempre atentos y activos, y cada día sufriendo por tratar de conquistar nuevos seguidores, cuestión para lo que se ufanan de conocer todas las triquiñuelas.

Allí es posible encontrarlos a toda hora tipeando sobre cualquier asunto político, agazapados como cazadores furtivos tras su presa. Concentrados y  atentos a cualquier movimiento que les pueda proporcionar una oportunidad de saltar sobre una presa cualquiera.

Llama la atención el tono en que usualmente los revolucionarios digitales redactan sus twitters: “Condenamos enérgicamente” tal o cual cosa, “solidarizamos” con tal otra, “no permitiremos” tal o cual asunto. Y no faltarán en sus twitteos las alabanzas a sus gurúes, los ultrones de ocasión a los que siguen con entusiasmo y acríticamente a cada paso.

A los revolucionarios digitales, más conocidos como trolls, no cabe sino tenerles paciencia y regalarles con la máxima indiferencia. Ya se sabe  que son entusiastas e incorregibles y que hacerles caso carece de todo sentido. Aunque a veces nos entretengan, que es todo lo contrario de lo que ellos buscan provocarnos.

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