lunes, 22 de octubre de 2018 Actualizado a las 02:43

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12 de octubre: Política, Derechos, Humanos

Todo proyecto político nuevo que aspire a transformaciones concretas y fortalecimiento democrático en miras de una nueva Constitución, debe hacerse cargo de construir un Chile que reconozca su identidad diversa, plurilingüe y, por qué no decirlo, plurinacional. Para ello es imprescindible abandonar los egos, instaurar relaciones internacionales en donde prime la solidaridad y seguir el ejemplo de aquellos países vecinos que se han atrevido y que, por medio de pactos inclusivos, han incorporado y fortalecido los derechos sociales en su carta magna.
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En materia de Derechos Humanos (DD.HH.), sin duda que para nuestro país los 40 años del Golpe de Estado de 1973 han constituido un hito que ha reforzado el relato de la izquierda en esta materia. Hemos visto en los diversos medios de comunicación una serie de documentales, entrevistas, imágenes, etc., que dan cuenta de los horrores vividos durante la Dictadura.

Por otro lado, principalmente desde el 2011 en adelante, en el marco del Movimiento Estudiantil, fuimos testigos de la lamentable represión por parte de las fuerzas policiales a los manifestantes, las que incluso propiciaron denuncias al Estado de Chile ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), además de un fuerte cuestionamiento a las autoridades ministeriales y policiales de la época.

Se podría enumerar una serie de violaciones a los DD.HH. en la historia de nuestro país, pero nuestra  idea es tocar otro punto, respecto al tratamiento y cultura de dichos derechos en Chile y en Latinoamérica.

Los DD.HH. pueden definirse como características inherentes a todo ser humano (sin distinción de raza, nacionalidad, sexo, estirpe, condición, etc.), derivadas de su dignidad intrínseca como tal. Dicho esto, la lista de DD.HH. es amplia, y continuamente va extendiéndose, conforme a los cambios políticos, sociales y culturales que se dan en el tiempo. También cabe decir que están todos íntimamente relacionados, ya que el ejercicio y defensa de la dignidad de un ser humano debe entenderse en un sentido integral. Por ejemplo, ¿puede defenderse el derecho a la vida, sin un adecuado ejercicio del derecho a la salud?, ¿puede defenderse el derecho a la libertad de cultos, sin defenderse el derecho a la libertad de expresión?

Para ello, es menester hacer mención a cinco puntos, que exponemos a continuación.

1. El contexto del estado de los DD.HH. en Latinoamérica y en Chile, respecto al 12 de octubre:

Si bien el concepto de DD.HH. es contemporáneo al siglo XX, para los habitantes originarios de estas tierras las violaciones aquellos comenzaron hace varios cientos de años, persistiendo hasta nuestros días no sólo en Chile, sino también en toda Latinoamérica.

En este sentido, resulta simplemente difícil entender que algunos celebren o conmemoren el mal llamado “Día de la raza” o, como le llaman los legisladores, “Día del descubrimiento de los dos mundos” (nombre dado por la Ley 19.668 del año 2000, en reemplazo del antiguo nombre dado por la Ley 3.810, de 1922, “Aniversario del descubrimiento de América”). Esta fecha significa una serie de violaciones a los DD.HH. a nivel histórico, tales como el genocidio más grande en la historia, el saqueo de nuestros recursos naturales, pobreza, colonialismo, y destrucción cultural hasta el extremo de la asimilación, sólo por mencionar algunas de sus consecuencias más visibles.

Como corolario, en nuestro país la población más pobre es de origen Mapuche, concentrada principalmente en la IX región. Según datos de la encuesta Casen del año 2011, el promedio de personas en situación de pobreza e indigencia a nivel nacional es de un 17,2%, y en la Araucanía esta cifra es ampliamente superada, llegando al 28,2%. Esta tremenda desigualdad debemos entenderla como consecuencia directa del colonialismo, que junto al neoliberalismo han venido a aumentar aún más las cifras de desigualdad a nivel nacional, desigualdad que finalmente viola los DD.HH. de los afectados.

Todo proyecto político nuevo que aspire a transformaciones concretas y fortalecimiento democrático en miras de una nueva Constitución, debe hacerse cargo de construir un Chile que reconozca su identidad diversa, plurilingüe y, por qué no decirlo, plurinacional. Para ello es imprescindible abandonar los egos, instaurar relaciones internacionales en donde prime la solidaridad y seguir el ejemplo de aquellos países vecinos que se han atrevido y que, por medio de pactos inclusivos, han incorporado y fortalecido los derechos sociales en su carta magna.

Por otro lado, resulta preocupante ver la respuesta del Estado a las luchas sociales, su criminalización, y la aplicación absolutamente desproporcionada de la Ley Antiterrorista (Ley N°18.314), principalmente a miembros del pueblo Mapuche, quienes en defensa de sus derechos colectivos (en primer lugar el territorial) han sido encarcelados y conocido de manera directa la cara más dura de la democracia, lo que deja en evidencia que, a pesar de que han pasado más de cinco siglos desde que llegara Colón, el racismo político y judicial sigue más latente que nunca. Lamentablemente en Chile se hace oídos sordos a esta problemática, pese a recomendaciones de diversos organismos internacionales de DD.HH.

2.- La necesidad de ampliar el lenguaje:

Producto de la historia del último medio siglo de nuestro país, se suele asociar restrictivamente en el lenguaje político la noción de DD.HH. a lo ocurrido en la dictadura y, más recientemente, a la represión del Movimiento Estudiantil. Mientras, sólo marginalmente se habla de las violaciones a los DD.HH. en las comunidades indígenas. Sin embargo, estos tres hechos relativos a los DD.HH. se encuentran relacionados con un acto represivo físico de parte de organismos del Estado, respecto a ciertos grupos particulares de personas que responden a una determinada condición.

Existen otras situaciones, en las que suele invisibilizarse la relación con los DD.HH. Por ejemplo, ¿qué es la demanda por el acceso a una educación o una salud pública, gratuita y de calidad?, ¿las demandas por instituciones civiles igualitarias?, ¿las demandas ambientales?, etc. Resulta que también son temas relativos a determinados DD.HH. (los llamados “derechos sociales”) que, de una u otra forma, determinados órganos estatales conculcan a sus ciudadanos (no de forma físicamente violenta, en la mayoría de los casos), aunque se les suele disfrazar o encuadrar como meras “libertades”, “demandas igualitarias”, “derechos constitucionales” (que son una manifestación por escrito en una Constitución de determinados Derechos Humanos), etc. Es necesario y urgente transmitir públicamente todos estos temas bajo la óptica de los DD.HH.

3.- Terminar con la atomización. Promover la inclusión interna y externa:

Hoy existen muchas agrupaciones que buscan promover de forma activista determinados derechos, buscando acabar con ciertas situaciones que les afectan en cuanto a su dignidad inherente a su condición de seres humanos (por ejemplo, agrupaciones de minorías sexuales, pueblos indígenas, discapacitados, entre otros). Sin embargo, suelen dar sus respetivas batallas de forma atomizada, excluyente, e incluso en ocasiones sectaria.

Esta clase de comportamiento atomizante representa el triunfo cultural del neoliberalismo, y de uno de sus más notables hijos, las ONGs. La defensa meramente sectorial, sin un trasfondo político integrador detrás, ha servido históricamente para obtener pequeñas medidas a favor, pero no para promover un real cambio en las estructuras de dominación. Por ejemplo, en los movimientos feministas del siglo XX, en tanto solo algunas mujeres letradas buscaban obtener derechos, no consiguieron nada; sin embargo, cuando fueron capaces de comprender que también debían incorporar a su activismo a mujeres de otras clases sociales, hombres, pelear dentro de sus agrupaciones políticas y no solo desde asociaciones externas, etc.; consiguieron el reconocimiento y consagración de sus derechos, así como generar el cambio cultural consecuente.

Por lo tanto, resulta necesario que estos diversos grupos sean capaces de entender, en primer lugar, que más allá de que los problemas particularmente inherentes a sus respectivas condiciones, todos convergen en una lucha por su dignidad, la de todos los seres humanos, y la promoción de sus derechos. Y para ello se debe incluir: incluirse entre ellos, incluir a los que “no son como ellos”, e incluirse en las agrupaciones de los “que no son discriminados”, de modo tal de dar también la pelea dentro del sistema, pasando de luchas individuales a luchas solidarias y complementarias unas de otras, todas materias de DD.HH.

4.- La construcción de una sólida estructura teórica-política:

Finalmente, otro de los problemas que han tenido muchas de las diversas agrupaciones que de una u otra manera están ligadas a temas de DD.HH y al mundo de la izquierda política y cultural chilena, es que su quehacer político sólo se ha basado en el activismo (el cual es siempre necesario), pero ha carecido de una sólida y robusta construcción teórica y política respecto a los DD.HH., lo que en parte también explica el fenómeno de la atomización a la que hacíamos referencia anteriormente.

Por cierto, sí existen estructuras teóricas sólidas, habiendo en nuestro país grandes especialistas en la materia; el problema es que no se trasciende el ámbito academicista, lo cual impide construir un discurso cultural hegemónico pro DD.HH., y posibilita que muchas veces la gente prefiera, por ignorancia en estos temas, apoyar propuestas políticas que van en contra de sus propios derechos. Por ello es responsabilidad de todos la autoformación y reestructuración no sólo del lenguaje, sino también de la educación para la formación ciudadana.

5.- Perspectivas para un desafío:

En definitiva, debemos asumir como un desafío histórico para nuestra generación —la que no vivió la dictadura pero ha escuchado de ella, la que conoce sus atrocidades pero no convive con sus traumas, la que hoy tiene por lejos el mayor acceso en la historia a la información, la que pretende cambiar las anquilosadas lógicas políticas del siglo pasado— el generar un proyecto político, un lenguaje y una cultura centrados en los DD.HH.

Por lo mismo, todo proyecto político nuevo que aspire a transformaciones concretas y fortalecimiento democrático en miras de una nueva Constitución, debe hacerse cargo de construir un Chile que reconozca su identidad diversa, plurilingüe y, por qué no decirlo, plurinacional. Para ello es imprescindible abandonar los egos, instaurar relaciones internacionales en donde prime la solidaridad y seguir el ejemplo de aquellos países vecinos que se han atrevido y que, por medio de pactos inclusivos, han incorporado y fortalecido los derechos sociales en su carta magna.  Chile debe dar el paso y, de esta manera y con la real y efectiva participación ciudadana, atreverse a apostar por un nuevo modelo de participación política que fortalezca la democracia; así, y sólo así, podremos ejercer a cabalidad nuestros derechos individuales y colectivos.

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