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Opinión

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La decencia perdida de nuestra República

por 10 octubre, 2013

La decencia perdida de nuestra República
En los últimos años, y tras la larga gestión concertacionista y piñerista, hemos vivido un malestar creciente en contra de la derechización del modelo económico y social, mezcla local de antiguos privilegios de casta (unas cuantas familias con sus colegios, sus clínicas, sus barrios, sus veraneos, sus medios, su modo de hablar reguleque) con las peculiaridades del neoliberalismo global. Cunde la indignación emergente de chilenos y chilenas en contra de lo que se concibe como trato abusivo, discriminación, trabajo en condiciones indignas, acceso desigual a la salud y la educación, etc.
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Desde la madrugada de su famoso 11 de septiembre, Pinochet tomó el mando del exterminio paralelo de dos enemigos: la república y la izquierda.

Ambos objetivos le fueron dibujados en su torpe cerebro por la helada razón de Jaime Guzmán Errázuriz, que desde los 10 años de edad se atiborró de lecturas integristas: las Historia de los Papas, Carl Schmitt, el falangismo español, los textos del cura Lira; también de los textos de Hayek, y quizá probablemente la crítica integral de la Revolución Francesa que hicieran autores como Chautebriand o Joseph de Maistre. Aderezado todo ello, por cierto, por su conocimiento penetrante de los puntos de vista de quienes serían para él los enemigos a derrotar, socialistas y demócratas.

Las instituciones republicanas son, desde esa perspectiva de Guzmán, el primer paso hacia el dominio total del comunismo marxista, la puerta por donde se cuelan el demonio de la política y el infierno de la revolución. No son cosas distintas, la república y el socialismo, sino segmentos sucesivos de un mismo túnel que conduce al horror. A ese horror era preciso oponerle otro horror, para Guzmán, restaurador: el de Pinochet al mando de la fuerza militar del país, cuya violencia se pondría al servicio de desmantelar institucionalmente la trama republicana que había sostenido la vida pública del país durante casi dos siglos, y también de exterminar físicamente a la izquierda. El Golpe derrocaba a la vez a un gobierno y a un sistema político.

Consecuentemente con ello, se conminó al Presidente a entregar el mando, cosa que Allende reemplazó por el de entregar su vida, se bombardeó el palacio presidencial para que no hubiera dudas respecto a qué opinaba la nueva autoridad militar al respecto, se puso precio a la cabeza de ministros, parlamentarios y revolucionarios, se obtuvo una babosa declaración de adhesión por parte de los más altos magistrados judiciales, se clausuró el Congreso Nacional, y se dispuso que en lo sucesivo cada vez que alguna nueva disposición de la Junta Militar de Gobierno no coincidiera con algún artículo de la Constitución aun vigente (la de 1925) se entendía que el correspondiente artículo quedaba automáticamente modificado. El Estado de Sitio suspendía las garantías individuales, entre ellas los derechos de asociación y reunión, y se clausuraban todos los periódicos, a excepción de El Mercurio y La Tercera. La televisión quedaba a su vez bajo control militar.

En una sola frase, donde había habido una república se instaló una dictadura. Si en la república democrática había normas que nadie podía modificar arbitrariamente, si existían procedimientos, atribuciones, consultas a la ciudadanía, incompatibilidades, reglamentos, a partir de ahora la nueva autoridad reclamaba para sí la soberanía nacional, la totalidad abrumadora de los poderes sin contrapeso alguno, y la capacidad de atropellar o saltarse cualquier derecho individual. A eso se refería la defensa de Pinochet en Londres cuando alegaba que el muñeco disfrutaba de “inmunidad soberana”.

El gobierno de Salvador Allende fue, pese a sus peculiaridades y a algunas opiniones, siempre constitucional. Quienes sostienen lo contrario arguyen que habría habido otro ejército, de carácter izquierdista, del cual jamás hemos tenido documento visual alguno. O aluden a algunas declaraciones de partidos o movimientos de izquierda propugnando la vía armada, cosa que ocurrió ocasionalmente sin que se pasara de allí, del documento o la bravata, y allí hay responsabilidades de las cuales dar cuenta, las de una izquierda tan ansiosa por los cambios económicos y sociales que desprecia a las normas republicanas o a la democracia burguesa, provocando el derrumbe del edificio constitucional... También, por último, se dice que Allende habría aplicado la normativa republicana, sí, pero con una mentalidad revolucionaria. Y si lo hizo tenía pleno derecho a hacerlo, tal como muchísimos mandatarios antes que él la aplicaron de manera conservadora o reaccionaria.

Si el desmantelamiento de las instituciones republicanas se logró en pocos días y sin resistencia, la cacería humana de izquierdistas fue una labor desgarradora que dejó sangrando e hirviendo la memoria del país por muchos años. Se aplicó para ello un sistema estándar homologado por los anticomunistas norteamericanos para todo el cono sur: infiltración previa de partidos y movimientos políticos, desaparición forzada de personas, ejecuciones, centros de tortura, campos de concentración, exilio, asesinatos selectivos en terceros países, censura, delaciones de vecinos y familiares, depuración de cargos públicos, etc., todo ese horror. Recién estamos tomando conciencia de la vastedad de este desastre.

Y así pasaron diecisiete años donde las únicas diversiones eran los chistes sádicos del almirante Merino y el buen humor cómplice pasivo de Don Francisco.

La recuperación de la democracia se concedió, por parte de la dictadura, con dos condiciones no menores: que la nueva república fuese una forma sin demasiado contenido, desprovista en todo caso de aquello que ya desde Cicerón o más tarde Maquiavelo se denominaba la “virtud”, concepto clave del orden republicano; y que el modelo económico ya del todo confundido con el neoliberalismo global no se tocase, salvo en aspectos de ajuste menor. Una democracia y una justicia en la medida de lo posible que los chilenos y chilenas de entonces, por cierto, aceptaron o aceptamos gozosamente ante la posibilidad de desmilitarizar la vida cotidiana y restaurar aunque con cortapisas el estado de derecho.

La recuperación de la democracia se concedió, por parte de la dictadura, con dos condiciones no menores: que la nueva república fuese una forma sin demasiado contenido, desprovista en todo caso de aquello que ya desde Cicerón o más tarde Maquiavelo se denominaba la “virtud”, concepto clave del orden republicano; y que el modelo económico ya del todo confundido con el neoliberalismo global no se tocase, salvo en aspectos de ajuste menor. Una democracia y una justicia en la medida de lo posible que los chilenos y chilenas de entonces, por cierto, aceptaron o aceptamos gozosamente ante la posibilidad de desmilitarizar la vida cotidiana y restaurar aunque con cortapisas el estado de derecho.

En los últimos años, y tras la larga gestión concertacionista y piñerista, hemos vivido un malestar creciente en contra de la derechización del modelo económico y social, mezcla local de antiguos privilegios de casta (unas cuantas familias con sus colegios, sus clínicas, sus barrios, sus veraneos, sus medios, su modo de hablar reguleque) con las peculiaridades del neoliberalismo global. Cunde la indignación emergente de chilenos y chilenas en contra de lo que se concibe como trato abusivo, discriminación, trabajo en condiciones indignas, acceso desigual a la salud y la educación, etc.

Pero pocas veces revisamos lo que ocurrió con la otra víctima de la dictadura, la república, adulterada hoy en esta sofocante democracia binominal o de los acuerdos, y confundida a su vez con la no menos blandengue democracia global, una democracia que podríamos llamar de consumo y cuyo otro pie es el mall. Más que pensar o deliberar, la gente quiere comprar. Y quiere tener plata para comprar, lo demás le interesa poco, y apenas de vez en cuando. Para los políticos neoliberales, los ciudadanos son clientes y el político es un facilitador de bienes: una luminaria en una plaza, una pista adicional en una calle, un mejor plan de salud. Nos hemos ido volviendo seres amorales, ávidos, odiosos, carentes de valores republicanos.

¿Tienen sentido a estas alturas los valores republicanos? ¿Nos dedicamos ya para siempre a chapotear en las indecencias de las democracias tuteladas o de las democracias de consumo? Quizá valga la pena traer a presencia algunos de aquellos valores, a ver si hay algún futuro.

La virtud republicana descansa, ante todo, en la persona humana. De modo que aquello que se incluye en el primer artículo de nuestra repugnante Constitución política a la que estamos legalmente sujetos, según el cual la familia es el núcleo fundamental de la sociedad, es  antirrepublicano. La república se construye desde los ciudadanos y ciudadanas; los estados fascistas o corporativos, desde la familia. Quien nace o muere, quien vota, quien va a la cárcel si delinque, quien opina, quien tiene derecho a viajar o a casarse o a operarse de lo que sea... es la persona, no la familia.

Y cada ser humano nace provisto de derechos, ese es otro axioma, por cierto difícil de demostrar, de la estructura republicana. Esos derechos nuestros, por ejemplo el derecho de opinar, el derecho a estar informado, dependen a menudo de poderes más fuertes que nosotros; a saber, si en un país hay dos cadenas de diarios y cuatro de televisión, o un jefe alegremente pinochetista, todos ellos de acuerdo en no ser republicanos, será difícil para las personas sostener esos derechos. A menudo cedemos blandamente esos derechos que nos pertenecen.

Que cada cual posea sus intereses y valores y no se sienta menos por ello es también un rasgo de nuestra humanidad colectiva, a menudo pisoteado por una institucionalidad política absurda, congelada legalmente por Jaime Guzmán, según la cual existen la derecha y la izquierda, y que además los votos y pareceres de la derecha deben valer más que los que no son de derecha. Vemos hoy en día que la realidad empuja a las personas en diversas direcciones, para unos son relevantes los temas de género o familiares, otros se centrarán en el trabajo o en el dinero, los de más allá en la ecología, o en el hedonismo, o en las culturas esotéricas, etc. Nuestro entramado republicano de hoy dificulta y asfixia la diversidad política de las personas.

La decadencia de las universidades públicas es buena muestra de la pérdida de la virtud republicana. Abandonadas por el estado y también por la sociedad, y habitadas a menudo por grupos doctrinales o de interés que se protegen a sí mismos, las universidades públicas son el espacio natural de la educación republicana. Pero han elegido parecerse cada día más a las universidades privadas y se han hundido, con Brunner y otros, en las mezquinas y estériles prácticas de la medición y de los indicadores.

El odio en contra de la política y el brutal desprecio por los políticos, tendrá sin duda algunas de sus causas radicadas en el comportamiento de estos, o en el cambio tecnológico en que estamos inmersos y que deja convertidos en ceremonias vacías a actividades que hasta hace poco fueron relevantes. Pero levantar una sociedad sobre la base de la indignidad absoluta de la vida política, esto es, de los asuntos colectivos, es una insensatez. Pinochet odiaba a los políticos, y ese odio es uno de sus más firmes y populares legados. Guzmán más bien los despreciaba fraternalmente. Y el neoliberalismo ve en la política una cosa antigua que va generando regulaciones no deseadas a su permanente flujo de inversiones y negocios. Inventar una política que no nos de vergüenza, sino placer, es una de las tareas pendientes para salir de la indecencia respecto de los valores republicanos, y así lo ven diversos movimientos o agrupaciones que van tomando forma.

Si el debate político y cultural ha ido regresando de a poco a través de las redes sociales, lo vemos muy ausente de los medios, sea porque la televisión es esclava de sus auspiciadores, sea porque los periódicos son casi todos de la derecha más clásica. Nuestra televisión nacional es un engendro binominal entregado al mercado, un asco. Una democracia es sobre todo un estado de conversación pública, es decir, el reemplazo de la fuerza física en la toma de decisiones colectivas por la fuerza de la inteligencia, de las experiencias y de las emociones. El argumento de Lavín o de Golborne de que los políticos sólo se dedican a pelear (pero en el fondo estarían todos de acuerdo corruptamente, lo que es contradictorio pero igualmente aceptado) ataca precisamente este flanco de la virtud republicana: la conversación. Es lo que alegaba Pinochet de los señores políticos: hablan, y hablan, y hablan...

Hay mucho más para constatar lo herida que en los hechos cotidianos se encuentra la virtud republicana. Blandamente hemos aceptado en Chile la aplicación de restricciones a la libertad de nuestros cuerpos. Cada ciudadano o ciudadana tiene su propio cuerpo, signo de su independencia y de su vida. Pero ese cuerpo a veces lo perdemos y entregamos, a veces lo recuperamos. Es evidente que las leyes antidiscriminación homosexual, o de divorcio, o de despenalización del desnudo, etc., acercan más a las personas a su propia humanidad física. Pero otras, como las leyes antitabaco, antialcohol, antidrogas, antiaborto, etc., a menudo entran en un campo donde cada cual es dueño de decidir.

La república es por lo general débil y debe ser cautelada, porque se trata finalmente de reglamentos que nos defienden a todos por igual, y no de adhesiones heroicas a grupos nacionales, o a grupos sociales heridos, tampoco de negocios. Los reglamentos suelen ser fríos y, si están mal implementados, dan cobijo a las peores burocracias o a aprovechamientos corruptos. Pero sin duda es más grato circular en una ciudad con semáforos que en una donde cada cual opera como le da la gana, como hacían las propias comitivas de Pinochet y sus escoltas: un tirano se define como aquel que no conoce la luz roja.

El énfasis de las noticias y comentarios en la corrupción es muy interesante, pero su exageración tiende también a demoler el entramado republicano. Y es que a los políticos se les pide, sólo a ellos, que sean incorruptibles. No lo son. Los senadores a veces tienen sus enredos sexuales, los diputados manejan ocasionalmente después de haberse tomado una copita, los ministros y sus señoras hacen pequeños negocios, los alcaldes tienen tendencia a recomendar a algún familiar para una pega pública, y así somos los humanos. Nos consta que hay médicos que operan sin necesidad, por negocio, y clínicas que nos llenan de exámenes superfluos, y carreteras fabulosas donde realmente muere gente en accidentes, y empresas de telefonía que nos estafan, pero no por eso dejamos de ver médico, circular o tener un celular. Hay periodistas que por sueldo se venden y nos dan una visión adulterada de la realidad. Publicistas que contribuyen a que compremos basura. Taxistas que nos llevan siempre por el trayecto más largo... Respecto de la política, somos una multitud de seres muy imperfectos que vamos exigiendo total perfección a otros, es absurdo.

Hoy que los estados nacionales se debilitan, aparecen nuevas formas de dignidad o de organización republicana. Algunas ONGs han realizado tareas notables, como Greenpeace o Amnesty International o Humans Rights Watch. Los indignados son una nube ciudadana que se manifiesta y flota sin tener aun su correspondiente implementación política. Los blogs, twitter y otras redes empujan a los medios de mayor audiencia a no ocultar tan descaradamente la verdad. La privacidad de las comunicaciones interpersonales ya no está garantizada, y será relevante luchar por ella.

Puede uno ser republicano y de derecha, o ser republicano y de izquierda, o ser republicano y ecologista... Lo que sí caracteriza al talante republicano es la consideración de que somos individuos libres y provistos de derechos que vivimos en una comunidad de seres a los que debemos igual respeto que el que de ellos exigimos. Y que para cautelar estos principios hacen falta procedimientos adecuados y reglamentos o, como decía uno de nuestros presidentes, que las instituciones funcionen. Quizá haya que ir finalmente a las fuentes, a las palabras pronunciadas por Pericles y recogidas por Tucídides hace dos mil quinientos años:

“Tenemos un régimen político que no se propone como modelo las leyes de los vecinos, sino que más bien es él modelo para otros. Y su nombre, como las cosas dependen no de una minoría, sino de la mayoría, es Democracia. A todo el mundo asiste, de acuerdo con nuestras leyes, la igualdad de derechos en los conflictos privados, mientras que para los honores, si se hace distinción en algún campo, no es la pertenencia a una categoría, sino el mérito lo que hace acceder a ellos; a la inversa, la pobreza no tiene como efecto que un hombre, siendo capaz de rendir servicio al Estado, se vea impedido de hacerlo por la oscuridad de su condición”.

Mucho ha cambiado, retrocedido, recuperado y reinventado de sí misma la democracia desde entonces. Pero la historia nos enseña su valor frente a las sociedades en guerra, frente a las dictaduras, al sometimiento y a la corrupción.

Parte importante de nuestra mala leche, de la insatisfacción con los políticos, del desprecio a lo que finalmente somos como sociedad, de los escupos que lanzamos al cielo y nos caen encima, se deben sin duda a la pérdida de la virtud republicana, al malestar que nos invade cuando las normas no son claras, cuando abandonamos nuestras convicciones y dejamos a un lado lo que íntimamente consideramos correcto, lo que nos parece decente. No luchamos ya por lo que nos parece decente, nos limitamos a alegar, como si el país fuese una multitienda. La democracia no es un producto que consumimos. Es más bien un picnic que preparamos y disfrutamos (o padecemos) entre todos: peor organizado, peor el picnic, son varios los que no pagan la cuota o no van, no hay picnic.

La democracia es apenas un régimen legal; por cierto, como la república, un conjunto de normas abstractas. Pero las convicciones personales y la rectitud de cada uno son finalmente lo que llena de contenido a ese reglamento republicano. El martirizado espacio público chileno está esperando que desembarquemos en él como ciudadanos, con nuestras convicciones, con nuestra voz, con nuestra diversidad, con nuestra decencia.

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