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En el bulevar de los sueños rotos...

por 16 octubre, 2013

¿Qué pasa en Chile? La política se está yendo al traste. Si cada pretensión sonada se eleva al rango de derecho social, terminaremos con un gigantesco Estado de Bienestar, encaminados al fracaso financiero como España, Portugal o Italia. Y el Estado somos todos. ¿Qué pasará cuando algún político eche mano al recurso del reparto directo, es decir, sin condiciones? “Pues el beneficio es un derecho y me lo debes”, ironizaba Bastiat.
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“...Vive una dama de poncho rojo”, reza la canción de Joaquín Sabina. En plena época de elecciones, es natural y casi esencial de cualquier campaña la presentación de los popularmente denominados “ofertones”. Estos van desde los mal llamados beneficios sociales, educación gratuita o mayor participación política, llegando al extremo de instalar en la calle un debate que debiese ser serio y reposado: una nueva Constitución.

Este último punto, como ya señaló uno de nuestros ilustres juristas, de todos modos se solucionará “por las buenas o por las malas”, frase poco feliz, sea cual fuere la intención real detrás de ella: fama por escándalo o la sugerencia de que la violencia se justifica dependiendo del fin.

Fuera de ofertones preocupantes como el recién citado, hay otros que ilustran mejor la levedad de nuestra política –y nuestra clase política–, sin recaer sobre temas tan determinantes como una nueva Constitución, pero que al final del día explican el descontento de la ciudadanía para con ella, así como el fracaso de la misma.

¿Qué pasa en Chile? La política se está yendo al traste. Si cada pretensión sonada se eleva al rango de derecho social, terminaremos con un gigantesco Estado de Bienestar, encaminados al fracaso financiero como España, Portugal o Italia. Y el Estado somos todos. ¿Qué pasará cuando algún político eche mano al recurso del reparto directo, es decir, sin condiciones? “Pues el beneficio es un derecho y me lo debes”, ironizaba Bastiat.

Sí, el fracaso de la política. Hablo de fracaso, no de quiebra, ya que, a diferencia de otras actividades, los recursos de nuestros políticos parecieran ser ilimitados. A diferencia de un artesano en piedra, que requiere de recursos provenientes de una cantera, el político sólo debe prestar oídos a los requerimientos de la gente y prometer soluciones. Es decir, mientras una persona normal vive de recursos esencialmente escasos ante necesidades potencialmente infinitas, el político usa como recursos precisamente esas necesidades. En consecuencia, sus recursos son inagotables.

Como consecuencia de lo anterior, vemos algunas frases de campaña tan ambiguas, como la utilizada por un senador de la costa que fundaba su campaña en “tu derecho a ser feliz”. Vaya promesa.

No podemos sino concluir que todas estas ofertas son palabras vanas, que dejan tras de sí una estela de frustraciones y enrarecen el ambiente. Pero no importa, ya que como señala la public choice theory, el político/agente cumplió su objetivo y resultó electo –o reelecto–.

¿Qué pasa en Chile? La política se está yendo al traste. Si cada pretensión sonada se eleva al rango de derecho social, terminaremos con un gigantesco Estado de Bienestar encaminados al fracaso financiero como España, Portugal o Italia. Y el Estado somos todos.

¿Qué pasará cuando algún político eche mano al recurso del reparto directo, es decir, sin condiciones? “Pues el beneficio es un derecho y me lo debes”, ironizaba Bastiat. Por eso me preocupa lo que hemos visto en la presente campaña: promesas imposibles que generan esperanzas infundadas y que terminarán en sueños rotos. ¿Y nuestra democracia? Bueno, también es un derecho, ¿no?

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