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Renuncia de Jorge “Pirincho” Navarrete a la DC

por 19 octubre, 2013

Me permito reclamarle a un líder indiscutido y querido al interior de la Democracia Cristiana, que, su decisión y sus palabras, han ido más allá de su legítima decepción con la forma en que se puedan estar haciendo las cosas y que otra lamentable consecuencia asociada es el llamado que, estoy seguro sin querer, realiza a los mejores a retirarse de la política.
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Pocas personas son tan queridas y respetadas como Jorge Navarrete Poblete al interior de la Democracia Cristiana, razón por la cual, para la inmensa mayoría de sus militantes, su renuncia a nuestras filas constituye un motivo de profunda tristeza y desesperanza, a la que me sumo con particular pesar.

Sin embargo, en la entrevista a través de la cual Jorge escogió dar a conocer su decisión al partido, se realiza una serie de afirmaciones que, para quienes seguimos creyendo en la Democracia Cristiana, no se pueden dejar pasar. Principalmente, porque se trata de uno los hombres más brillantes y lúcidos de Chile y, por la misma razón, respetado y escuchado.

En tal sentido, nuestro querido Pirincho Navarrete, señala cuestiones delicadas, que debieron ser en primer lugar representadas al interior del partido.  Él sabe muy bien que no era un liderazgo cualquiera al interior de la Democracia Cristiana y que la posibilidad de revertir las cuestiones que reclama, como la disciplina partidaria o el deber de arriesgar en ciertas coyunturas históricas, era una tarea posible.

Por otra parte, Jorge señala que la principal causa de la derrota de Claudio Orrego, fue “diseñar una estrategia de nicho, pensando en que no votarían más de un millón de personas”.

En tal reflexión, me cuesta advertir convicción en lo que se hizo. Yo al menos, entendía que el esfuerzo liderado por Claudio Orrego representaba la reivindicación histórica del socialcristianismo en Chile, sobre la base de un diagnóstico claro y categórico del partido y del país y como un objetivo muy superior a la desazón y legítima decepción que personalmente pudiese sentir o de la actitud de uno u otro dirigente.

Colora lo anterior, el hecho que afirma “no avizorar un cuarto momento histórico para la DC, y la percibe incómoda y perdida frente a los desafíos que impone la sociedad del Siglo XXI”.

Me queda, entonces, la sensación de que no hubo convicciones en la última candidatura DC y, más bien, que fue una aventura más de un grupo de amigos por posicionar al mejor de los suyos: Claudio Orrego.

Al mismo tiempo, interpreto con cierta facilidad, una utilización del instrumento para un objetivo que no necesariamente tenía que ver con su futuro, sino, más bien, con el futuro de una generación brillante que, junto con rendirse ante el peso de la historia, decreta la muerte de su partido y, al mismo tiempo, abdica en un momento de alta incertidumbre política y social.

Conociendo a Jorge, nadie puede dudar de su buena fe y total rectitud. En lo anterior, descarto cualquier intento de aprovechamiento mezquino de su parte. Sólo me permito dudar, a través de estas tristes palabras, de su real convicción por transformar a Chile desde el socialcristianismo. Cuestión esencial en la tarea política que él coordinó y ofreció al país.

Esa duda profunda, puede infligir un severo daño al partido, ya que sus palabras sepultan la posibilidad de revivir al instrumento desde el socialcristianismo y, en consecuencia, despoja a Claudio Orrego de su principal talento y atributo: su cercanía y liderazgo en el mundo socialcristiano, cuestión en la que muchos creemos.

Por tanto, me permito reclamarle a un líder indiscutido y querido al interior de la Democracia Cristiana, que, su decisión y sus palabras, han ido más allá de su legítima decepción con la forma en que se puedan estar haciendo las cosas y que otra lamentable consecuencia asociada es el llamado que, estoy seguro sin querer, realiza a los mejores a retirarse de la política.

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