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Televisión, cultura y farándula: el debate que no existe

por 29 octubre, 2013

¿Qué pasa con el morbo en televisión en horario familiar? ¿Es irrelevante? La “programación de farándula”, consiste, principalmente, en programas de reportajes y opinión sobre la vida privada semificticia de personajes asociados a los medios de comunicación, la entretención y el deporte. Lo propio de la farándula, entonces, es la concentración preferente en los aspectos morbosos de la vida de los “famosos”, haciendo promoción pública del morbo en horarios en que la audiencia está compuesta por niños y jóvenes (entendido el morbo en sus acepciones de “interés malsano por personas o cosas” y “atracción hacia acontecimientos desagradables”).
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La televisión ha sido objeto de debate y reflexión por muchísimos años. La razón de esto se encuentra en el enorme poder que se le atribuye a la pantalla chica para moldear la opinión pública en la sociedad de masas. Así, no son pocos los filósofos, sociólogos y líderes de primera línea que han dedicado parte de su tiempo a este asunto, entre los que destacan, por nombrar sólo algunos, Karl Popper, Theodor Adorno, Giovanni Sartori, Karol Wojtyla, Pierre Bourdieu, Guy Debord, Jean Cazeneuve y Mario Vargas Llosa, quien –en su penúltimo libro, ''La civilización del espectáculo''– las emprende contra la televisión y la acusa de ser uno de los agentes promotores de la banalidad y destructores de la cultura.

La tensión esencial en la mayoría de las discusiones en torno a la televisión se produce en relación a cómo controlar este poder que se le atribuye. Así, un primer debate es siempre sobre la libertad de expresión y sus límites, que suelen encontrarse cuando esta libertad entra en conflicto con otras libertades y derechos. La disputa interna de mayor peso dentro de este debate es, por supuesto, sobre cuáles son esos límites y quién los fija. La idea de fondo, en todo caso, es que la televisión tiene un rol social importante y que no cualquier contenido resulta aceptable bajo el amparo de la libertad de expresión, ya que hay expresiones, como la pornografía, que resultan éticamente cuestionables, ya sea en una forma ''fuerte'' (nadie debería exponerse a ellas) o bien ''débil'' (nadie sin el criterio formado debería exponerse a ellas).

Un segundo debate tiene que ver con las técnicas de dispersión del poder de las comunicaciones. Es decir, con el cómo se asegura materialmente esa libertad de expresión, evitando la concentración de la capacidad de comunicar en pocas manos. La disputa interna de mayor peso dentro de este debate suele ser el rol del Estado respecto a la televisión.

Finalmente, aparece el problema de la ''calidad'' de la televisión: no todos los contenidos, se estima, son igualmente valiosos, y dado el enorme impacto público que se supone que tienen, no bastaría con sólo preocuparse de que la televisión no sea monopolizada, sino que además debería promoverse que la programación transmitida fuera de ''calidad'', entendiéndose normalmente por esto ''cultural'' o ''educacional''. La disputa interna de mayor peso dentro de este debate suele ser por quién es el que determina el contenido de aquello que es llamado ''cultural''.

¿Qué pasa con el morbo en televisión en horario familiar? ¿Es irrelevante? La “programación de farándula” consiste, principalmente, en programas de reportajes y  opinión sobre la vida privada semificticia de personajes asociados a los medios de comunicación, la entretención y el deporte. Lo propio de la farándula, entonces, es la concentración preferente en los aspectos morbosos de la vida de los “famosos”, haciendo promoción pública del morbo en horarios en que la audiencia está compuesta por niños y jóvenes (entendido el morbo en sus acepciones de “interés malsano por personas o cosas” y “atracción hacia acontecimientos desagradables”).

Además, existe un legítimo debate en torno al principal rol de la televisión: ¿Es la ''culturización''/formación o es la entretención? ¿No debería dar la televisión lo que las personas quieren ver? La respuesta a estos cuestionamientos suele ser que hay programas culturales tan buenos y atractivos como los de farándula o de entretención ligeros y que ellos deberían ser prioritarios para la comunidad, dado el rol social de la televisión, pero que son más caros de hacer, lo que justifica que el estado destine recursos a ellos, de modo que los canales cubran esa diferencia y opten por darles mayor relevancia a los programas culturales.

De la tensión entre todas estas preguntas y sus posibles respuestas, emergen los sistemas de televisión de casi todos los países del mundo.

La televisión y los niños

De entre todos los debates posibles que pueden llevarse adelante sobre la televisión a partir de lo expuesto, hay uno que consideramos especialmente importante: el de los deberes de tutela respecto al tiempo y a los contenidos televisivos a los que están expuestos los menores de edad.

En cuanto al tiempo de exposición de los menores de edad a la TV, su regulación está enteramente en manos de sus padres. Los datos al respecto muestran lo importante que resulta que los primeros educadores de los niños cumplan bien esta misión: la Academia Americana de Pediatría recomienda que los menores de dos años no vean televisión en absoluto, pues esto afecta en forma negativa y directa el desarrollo cognitivo (el estímulo bidimensional de la TV es mucho más pobre que la realidad), el desarrollo del lenguaje (debido a la ausencia de interacción comunicativa mientras ven televisión), la capacidad de atención (el cambio constante del contenido en la pantalla impide la concentración), la salud, el comportamiento, la inteligencia y el desempeño escolar, tal como sugieren las investigaciones disponibles, siendo especialmente ilustrativo el trabajo al respecto desarrollado por la Universidad de Michigan.

Ahora bien, luego de los dos años, resulta muy importante la ''alfabetización mediática'' de niños y niñas: los padres deben enseñarles a consumir televisión de manera de no exponerse a contenidos dañinos, como la violencia, el sexo, el morbo o, en general, cualquiera que pueda afectar a un ser humano sin criterio formado. A esta edad se suman a los riesgos derivados del excesivo tiempo frente a la pantalla y aquellos derivados de la exposición a contenidos inapropiados para su momento de desarrollo.

Así, todo señala que el rol de primeros educadores de los padres es, en este sentido, irremplazable: el Estado jamás podrá hacerse cargo de los menores de edad de la manera en que sus padres pueden hacerlo.

Sin embargo, lo anterior no es excusa para que esta labor no sea apoyada por el conjunto de la sociedad en la medida en que esto sea posible. Así, la responsabilidad social de quienes hacen televisión es clara, como, asimismo, lo es la del Estado al generar sistemas regulatorios y de incentivos.

Situación de la televisión en Chile

Según la Encuesta Nacional de Televisión del año 2011, casi el 100% de los hogares del país cuenta con televisión y el promedio de televisores por hogar es de 2,7. Además, los chilenos ven entre 3 y 5 horas diarias de televisión. En cuanto a la programación cultural, esta alcanza un 1,8% de la parrilla programática.

En el caso de los niños, ven también entre 3 y 5 horas diarias de televisión y la cantidad de programas destinados a ellos alcanza un 12% de la parrilla. El 23,6% de su consumo televisivo se da en el horario entre las 22:00 y las 06:00, reservado a los adultos.

Siendo esto así, una serie de preguntas se hacen urgentes: ¿Cómo es la calidad de la televisión que se transmite en el horario familiar televisivo?; ¿se ejerce bien la potestad regulatoria en el ámbito de la calificación de los contenidos televisivos?; ¿qué se puede hacer para evitar su exposición a contenidos para adultos en el horario destinado a ellos?

La primera de estas preguntas se puede responder en forma negativa: el Consejo Nacional de Televisión, tal como lo señala la Ley 19.131, tiene por objeto asegurar el correcto funcionamiento de los servicios televisivos, entendiendo por correcto funcionamiento “el permanente respeto, a través de su programación, a los valores morales y culturales propios de la Nación; a la dignidad de las personas; a la protección de la familia; al pluralismo; a la democracia; a la paz; a la protección del medio ambiente, y a la formación espiritual e intelectual de la niñez y la juventud dentro de dicho marco valórico”.

Cuando miramos la realidad actual de la televisión nacional, es difícil pensar que el correcto funcionamiento de ella esté lo suficientemente resguardado. Es cierto que no se transmite programación con contenidos sexuales o violentos explícitos en horarios en que niños y jóvenes puedan estar haciendo de audiencia, pero también es cierto que el sexo y la violencia explícita no agotan el tipo de programación que representa un potencial de daño para los valores protegidos por la normativa y que dan sentido público a la televisión. Hoy la calidad de la televisión chilena es muy baja: casi no tiene contenidos culturales, mucho menos educacionales, y el espacio para los niños se reduce cada vez más. ¿Qué es lo que queda? Programas más o menos chabacanos, noticiarios y una increíble cantidad de programación diaria destinada a la farándula

La segunda pregunta es crucial: ¿Qué pasa con el morbo en televisión en horario familiar? ¿Es irrelevante? La “programación de farándula”, consiste, principalmente, en programas de reportajes y opinión sobre la vida privada semificticia de personajes asociados a los medios de comunicación, la entretención y el deporte. Lo propio de la farándula, entonces, es la concentración preferente en los aspectos morbosos de la vida de los “famosos”, haciendo promoción pública del morbo en horarios en que la audiencia está compuesta por niños y jóvenes (entendido el morbo en sus acepciones de “interés malsano por personas o cosas” y “atracción hacia acontecimientos desagradables”).

Respecto a este tema, fueron diversas las reacciones a la filtración del borrador del programa de cultura donde se cuestionaba duramente que la programación de farándula estuviera presente en horario familiar: existió una defensa corporativa de personajes pertenecientes a este mundo, buscando distorsionar esta crítica por medio de acusar ''censura'' (cuando en realidad no se prohíbe ningún contenido, sino que simplemente se restringe su emisión en cierto horario; incluso los países que tienen mayor protección a la libertad de expresión permiten restricciones de “tiempo, espacio, y forma”, y en concreto limitan lo que se puede mostrar en televisión abierta en horario no de adultos), llamando ''populista'' la medida (sosteniendo que ''a todo el mundo le gusta la farándula'', sin notar que entonces la medida es lo contrario de populista: se opone responsablemente a algo que a muchos les gusta, pero que afecta a terceros), o planteando que era una medida paternalista (lo que no tiene sentido, pues su fundamento, justamente, es la protección de los niños). Francisco Vidal, en tanto, buscando pequeñas ventajas políticas en vez de tomar en serio el asunto, atacó la medida por considerarla ''autoritaria'': es decir, para Vidal sería autoritario regular un mercado motivado por el lucro con el objetivo de que no dañe bienes públicos. Si esto es autoritario, todo el programa de Bachelet lo es. Sin embargo, al mismo tiempo, hubo también diversas y explícitas reacciones apoyando la propuesta: así ocurrió con las columnas de Daniel Mansuy, Manfred Svensson y Diego Schalper. Juzgue usted mismo comparando los argumentos.

La tercera pregunta remite a la necesidad de promover la responsabilidad parental respecto a la exposición a la televisión de sus hijos.

Propuestas programáticas

En cuanto a las propuestas programáticas elaboradas por el equipo de cultura de la candidatura de Evelyn Matthei, podemos resumirlas en tres grandes puntos: el estudio y evaluación del sistema de calificación de contenidos de la TV, de modo de asegurarnos que en los horarios familiares no se transmitan contenidos que puedan dañar a los menores de edad; un reforzamiento de los fondos públicos destinados a financiar programación cultural y educacional de calidad, con estrictas obligaciones respecto a su transmisión por parte de los canales que accedan a ellos, y la promoción activa, mediante campañas públicas, de la responsabilidad parental en relación a la ''alfabetización mediática'' de los menores de edad.

Estas propuestas, creemos, son más eficientes que generar canales públicos de financiamiento estatal con contenido ''cultural'', ya que ello no soluciona ninguno de los problemas expuestos anteriormente e implica un claro riesgo político. Preferimos, antes que eso, impulsar a los canales existentes a competir en torno a contenidos de calidad en los horarios familiares, mejorando el nivel general de la televisión en Chile, en vez de buscar construir un ''oasis cultural'' que opere, en el mejor de los casos, como excusa para la mala calidad del resto de nuestra programación. 

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