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La falacia de la desigualdad y el desarrollo

por 7 noviembre, 2013

Basándonos en la teoría moderna y en los estudios empíricos que la sustentan, podemos aportar un fundamento riguroso a las decisiones políticas en torno a la temática de la desigualdad y, así, superar la ideología y los dogmas neoliberales como principales sustentos de estas. Más importante aún, esta nueva forma de entender la desigualdad permite ampliar la gama e intensidad de las políticas redistributivas que debiese llevar a la sociedad, mejorando el bienestar social en su conjunto.
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Durante el último tiempo, en Chile y en otras partes del mundo, el alto nivel de desigualdad en el ingreso, su prolongada persistencia y las crecientes movilizaciones sociales han situado al problema de la inequidad cada vez más en el centro del debate político. Posiblemente, usted mismo se ha encontrado conversando o discutiendo este tema y, probablemente, se ha topado con un aparente dilema en el asunto, un lugar común más viejo que el hilo negro que tiende a entrampar la discusión: ¿qué es preferible, una torta más chica pero mejor distribuida, o una torta más grande aunque distribuida de peor manera?

Detrás de esta famosa y repetida metáfora de la torta se encuentra la arraigada noción de que existe una relación negativa, inversa o “trade-off” entre el crecimiento económico y la igualdad en el ingreso. Si esto es verdad, es decir, si al reducir la desigualdad estamos sacrificando parte del crecimiento, entonces el problema es grave, ya que las únicas respuestas posibles parecen provenir de concepciones morales que, al contrastarlas con las de otra persona, parecen ser irreconciliables.

En este contexto, una respuesta “progresista” podría ser que es preferible una torta mejor repartida pero más chica, ya que el mayor bienestar y la mayor justicia social producto de la redistribución del ingreso compensaría las pérdidas del menor crecimiento. Una respuesta del bando contrario puede ser que es preferible una torta mayor, aunque mal repartida, ya que todos se encontrarán paulatinamente mejor que antes, a pesar de que los que están peor nunca lleguen realmente a estar tan bien como lo están los que están mejor.

Basándonos en la teoría moderna y en los estudios empíricos que la sustentan, podemos aportar un fundamento riguroso a las decisiones políticas en torno a la temática de la desigualdad y, así, superar la ideología y los dogmas neoliberales como principales sustentos de estas. Más importante aún, esta nueva forma de entender la desigualdad permite ampliar la gama e intensidad de las políticas redistributivas que debiese llevar a la sociedad, mejorando el bienestar social en su conjunto.

No es difícil encontrar objeciones a ambas posturas, por lo que en este punto la discusión probablemente se torne complicada y comiencen a surgir las convicciones filosóficas y morales relacionadas o, simplemente, se cambie el tema (no se habla de política ni religión en la mesa). De cualquier forma, resulta difícil llegar a un consenso y más tomar decisiones sobre cuál es el rol del Estado o cuál es la postura que debiera tomar la sociedad hacia el problema del crecimiento y la desigualdad.

El verdadero problema es que una de las dos posturas ya ganó antes de comenzar la discusión, al momento de instalar de manera transversal dicha dicotomía entre el crecimiento y la igualdad en el subconsciente colectivo. Si esta noción es aceptada, es posible tolerar (como se hace) un alto nivel de desigualdad en el ingreso y la riqueza, sosteniendo el statu quo a pesar de la alarmante situación de desigualdad de Chile (y del mundo), ya que cualquier medida que cuestione dicha desigualdad complica la eterna promesa del crecimiento y el desarrollo.

Se puede decir que existen 2 grandes enfoques teóricos según los cuales se pueden abordar los temas de la desigualdad y el crecimiento. Un primer enfoque, denominado enfoque clásico, se origina embrionariamente en el siglo XVIII con Adam Smith, aunque toma fuerza con las interpretaciones y desarrollos posteriores de otros importantes autores en la primera mitad del siglo XX, y plantea que la desigualdad puede ser beneficiosa para el crecimiento. A pesar de su popularidad, dicho enfoque cuenta con escasas explicaciones de por qué podría ocurrir esto, y los canales en los que se apoya cuentan hoy con escaso sustento empírico. En particular, la explicación más citada es que la desigualdad permite canalizar los recursos hacia aquellos agentes con mayor propensión al ahorro (los ricos) y, por lo tanto, permite una mayor acumulación de capital físico. Esto es que, dado que los ricos tienden a ahorrar una proporción mayor de su ingreso, al permitir que existan o que sean aún más ricos producto de la alta desigualdad, se permite que haya en el agregado un mayor ahorro y, por lo tanto, una mayor inversión. Esto puede tener sentido en el momento en que dichas hipótesis fueron formuladas, sin embargo, en el contexto actual de una economía altamente globalizada y con acceso a mercados financieros nacionales e internacionales, esta explicación basada en una supuesta insustituibilidad e importancia del ahorro nacional (más específico aún, ahorro de los más ricos) como fuente del crecimiento, realmente carece de sentido.

Sin embargo, ante el avance de la ciencia económica y la paulatina superación del paradigma neoclásico, surgen nuevas explicaciones a la relación entre el crecimiento y la desigualdad. Aparece así lo que pasa a denominarse el enfoque moderno, en contraste con el enfoque clásico. Esta perspectiva moderna toma como punto de partida la heterogeneidad de los individuos, la existencia de importantes imperfecciones en los mercados, en especial en los mercados financieros o crediticios relacionados con la adquisición de capital humano, y de aspectos institucionales fundamentales para el desarrollo económico. Entre otras, las explicaciones más comunes son dos: una, es que la desigualdad acentúa las imperfecciones de mercado, al acrecentar las restricciones crediticias y, en consecuencia, reducir la acumulación de capital humano, esto es, que a medida que existe mayor desigualdad, existirá un tramo de la población cada vez más imposibilitado de realizar las inversiones necesarias para salir de esa situación, y de paso cada vez más imposibilitadas de acumular el capital humano que es el que sustenta en gran parte el crecimiento; y otra explicación, es que la desigualdad acentúa problemas sociales e institucionales como la corrupción, el crimen o la inestabilidad política, que terminan absorbiendo recursos que podrían destinarse a objetivos productivos o que dificultan la inversión y la innovación productiva en un país.

Así, aparecen dos grupos importantes y contradictorios de hipótesis sobre la relación entre la desigualdad y el crecimiento económico, donde ambas coexisten tanto en el entendimiento convencional del problema, como en los círculos académicos de economistas. ¿Cómo puede ocurrir entonces que existan dos enfoques contrapuestos de manera simultánea y que ambos no puedan ser falseados por la ciencia económica? Una explicación sencilla es que ambas hipótesis son correctas, pero son dos momentos distintos del proceso de desarrollo de una economía. Lo que ocurre es que el crecimiento económico permite un reemplazo endógeno de la acumulación de capital físico por la acumulación de capital humano como fuente principal del desarrollo. Este cambio permite revertir el efecto positivo de la desigualdad sobre el crecimiento, dado que, en etapas primeras de industrialización, la desigualdad permite canalizar los recursos hacia aquellos agentes con mayor propensión al ahorro, permitiendo una mayor acumulación de capital físico; pero, a medida que esto ocurre, aumenta la demanda relativa por capital humano, la que se encuentra restringida por las restricciones al crédito. De esta forma, en etapas avanzadas del crecimiento, la menor desigualdad permite un mayor crecimiento al reducir las restricciones causadas por las imperfecciones en el mercado del crédito.

Estos enfoques muestran que la desigualdad puede ser beneficiosa o perjudicial para el crecimiento económico, dependiendo de las características de la economía, y que lo relevante es determinar entonces en qué punto nos encontramos. Si se considera que la economía se encuentra en una fase inicial de crecimiento, con una importante escasez relativa de capital físico, entonces el dilema de qué es preferido efectivamente existe. Pero si consideramos que Chile se encuentra en un nivel mediano de desarrollo económico o que, en particular, presenta un nivel de apertura comercial y financiera, y suficiente movilidad de capital, a tal punto que sea la acumulación de capital humano y no la acumulación de capital físico el factor que restringe el crecimiento (¿les suena el problema de la educación en Chile?), entonces lo que realmente ocurre es que dicha dicotomía entre crecimiento y desigualdad no existe, y que la reducción de la desigualdad tiene inambiguamente un efecto positivo sobre el crecimiento. Es una ganancia doble. No sólo las políticas redistributivas pueden aumentar el bienestar a través de los beneficios de una mayor igualdad, sino que también pueden alivianar la existencia de restricciones en los mercados crediticios, entre otros problemas, reduciendo la ineficiente subproducción de capital humano y, así, estimulando el crecimiento y el desarrollo económico.

Los talentos, la energía y la innovación se encuentran ampliamente distribuidos en la población, y la igualdad permite desarrollarlos a lo largo de toda la población, lo que sin duda alguna favorece el crecimiento, mientras que la desigualdad hace lo contrario. Es necesario superar las falsas dicotomías que ha impuesto la economía neoclásica como marco analítico a través de la cual se entiende la desigualdad y sus efectos, ya sea en términos académicos como a nivel de entendimiento convencional. Cuando se comprende que la reducción de la desigualdad no sólo es deseable per se, sino que lo es por su efecto positivo sobre el desarrollo, se pasa a comprender que políticas sociales como la educación universal o la existencia de impuestos y gasto redistributivo, no sólo son óptimas en términos de asegurar un adecuado nivel de vida y acceso a derechos sociales a la ciudadanía en su conjunto, sino que resultan también un motor del crecimiento, contradiciendo de manera rotunda el pensamiento convencional en cuanto a estas materias. Basándonos en la teoría moderna y en los estudios empíricos que la sustentan, podemos aportar un fundamento riguroso a las decisiones políticas en torno a la temática de la desigualdad y, así, superar la ideología y los dogmas neoliberales como principales sustentos de estas. Más importante aún, esta nueva forma de entender la desigualdad permite ampliar la gama e intensidad de las políticas redistributivas que debiese llevar a la sociedad, mejorando el bienestar social en su conjunto.

 

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