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No Virar a Izquierda (*)

por 12 noviembre, 2013

El desfonde de los partidos de derecha no constituye, en definitiva, ningún problema político-social, ni económico. Chile ya eligió mayoritariamente su camino de desarrollo a través de la libertad, la democracia, el orden, la autonomía, tolerancia y respeto, y difícilmente la ciudadanía estará dispuesta a aceptar aventuras que pudieran echar por tierra lo avanzado en los últimos 30 años. El desfonde no es, pues, de la derecha, sino que atañe a sus orgánicas, las que durante el largo viaje como “vagón de cola”, parecen haber perdido el norte, producto del erróneo diagnóstico de suponer que la ciudadanía está mirando a la “izquierda”. A contar del 18 de noviembre, la derecha deberá ponerse al día, recuperando las ideas, propuestas, políticas y valores que la han caracterizado por decenios y que, por ser las mejores, la izquierda le hizo el mayor de los homenajes: adoptarlas.
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Es curioso. Pero ahora que los partidos de derecha parecen desfondarse, nunca el verdadero pensamiento libertario, democrático, nacional, progresivo, evolucionista, de orden y sustentado en los valores que dieron origen a la sociedad chilena, había sido más fuerte y extendido en el país.

En efecto, la derecha auténtica se ha caracterizado históricamente por una profunda identidad con la nacionalidad, el orden y la libertad, promoviendo a la persona como centro de la actividad económica, política, cultural y social, para lo cual cada ciudadano debe disponer de la más amplia autonomía de pensamiento, expresión, opinión, decisión y actuación, según sus propias concepciones éticas e ideológicas, así como las más plenas libertades para emprender, crear e innovar en todos los ámbitos del quehacer humano dentro de un marco de igualdad de oportunidades, principios que constituyen la esencia del buen vivir en sociedad e instalan a la derecha política como la más genuina forma de expresión de liberalismo con validez histórica y vigencia de futuro.

La derecha ha sido pionera en destrabar nudos y reducir las cortapisas del estatismo desbordado, luchando primero contra el absolutismo monárquico y luego contra los socialismos reales, modelos que terminaron por derrumbarse bajo el peso de su propia burocracia y concentración de poderes político, económico, social, jurídico y cultural.

La derecha auténtica nació como una búsqueda continua, permanente y evolucionaria de nuevas relaciones sociales en la que hombres y mujeres libres pudieran –en libertad, igualdad de oportunidades y solidaridad– desatar su creatividad y romper con todas las cadenas que impedían su pleno desarrollo material y espiritual, permitiendo emprender en cualquier área, bajo las solas limitaciones de la ley y al amparo de un Estado de tamaño justo, dinámico, eficiente, subsidiario y fiscalizador, que otorgue a todos sus ciudadanos plenas garantías de una correcta, justa y proporcionada distribución de las cargas que les empecen en su calidad de tales.

El desfonde de los partidos de derecha no constituye, en definitiva, ningún problema político-social, ni económico. Chile ya eligió mayoritariamente su camino de desarrollo a través de la libertad, la democracia, el orden, la autonomía, tolerancia y respeto, y difícilmente la ciudadanía estará dispuesta a aceptar aventuras que pudieran echar por tierra lo avanzado en los últimos 30 años. El desfonde no es, pues, de la derecha, sino que atañe a sus orgánicas, las que durante el largo viaje como “vagón de cola”, parecen haber perdido el norte, producto del erróneo diagnóstico de suponer que la ciudadanía está mirando a la “izquierda”. A contar del 18 de noviembre, la derecha deberá ponerse al día, recuperando las ideas, propuestas, políticas y valores que la han caracterizado por decenios y que, por ser las mejores, la izquierda les hizo el mayor de los homenajes: adoptarlas.

De la derecha en el mundo derivan, entre otros, la primera carta de derechos humanos de la historia de la humanidad de 1791, redactada en los Estados Unidos, que limitó el poder del gobierno federal y garantizó los derechos y libertades de las personas, así como la dictación de las primeras leyes antimonopolios (Ley Sherman) en 1890.

La derecha tiene, pues, un compromiso fundacional con la democracia republicana, la mejor forma de gobierno que pueden darse los pueblos, así como con sus mecanismos de resolución pacífica de controversias y división de poderes, aunque, en ciertas circunstancias, desafiada a luchar en defensa de los valores y principios propios de su esencia, ha debido hacer uso de su legítimo derecho a protegerlos frente a amenazas de fuerzas que han pretendido destruirlos, conculcando las libertades de pensamiento, expresión, información, opinión y emprendimiento propias de las sociedades democráticas plurales, abiertas y tolerantes.

La derecha se ha caracterizado por su pragmatismo en la gestión pública, rechazando el paternalismo asistencialista de las izquierdas y es desde dicha racionalidad que sus gobiernos han desarrollado políticas cuyo foco solidario fiscal es priorizar la resolución de las necesidades más acuciantes de los sectores que van quedando rezagados en el avance de las libertades, exigiendo siempre a los beneficiarios parte del esfuerzo para alcanzar en conjunto el desarrollo social e individual, entendido más como crecimiento material y espiritual de las personas, que como la simple mayor producción de fierro, cemento y ladrillos.

La derecha chilena, en particular, se ha diferenciado, además, por su anclaje en los principios de nacionalidad en sus relaciones internacionales y políticas de defensa, promoviendo la más amplia inserción y cooperación económica, política, social y cultural del país con el mundo, aunque garantizando siempre nuestra soberanía. La derecha, asimismo, tiene un compromiso de principios con el derecho a elegir en todos los ámbitos de la actividad humana y, por consiguiente, con el acatamiento de la voluntad mayoritaria, aunque respetando siempre los derechos de minorías de toda índole, valorado que es el aporte que cada uno de los ciudadanos, desde su especial posición alcanzada merced a su esfuerzo, puede hacer por la grandeza de la nación.

La izquierda chilena, a su turno, se caracterizó por su opción expresa y progresiva de mayor igualdad económica entre ricos y pobres –“proletarios explotados y burgueses explotadores”–, para lo cual consideró legítimo, en su momento, instrumentalizar la democracia burguesa para ir accediendo al mayor poder político-económico-social y cultural posible, utilizando como vanguardia al partido instrumental con el objetivo de instalar una dictadura y manejar desde el Estado, no sólo las empresas e industrias consideradas claves para disponer de su plusvalía o ganancia y brindar esa supuesta mayor igualdad y justicia, sino también para limitar severamente otras libertades y derechos como la educación, salud, vivienda, alimentación, transporte, territorio, entre otros.

Con tal propósito, la izquierda promovió políticas públicas como el área social de la economía, el control y fijación de precios de bienes y servicios, diversos tipos de cambio, altos aranceles aduaneros para evitar la competencia externa a las empresas estatizadas, un Banco Central impresor de billetes en acuerdo con el Ministerio de Hacienda, para sostener la demanda interna, la que, sin aumentos de la producción, hizo estallar una violenta hiperinflación. Legitimó ideológica y políticamente la violencia social, la aplicación de la justicia “popular” y de resquicios legales, así como un modelo de educación única y estatal, un sistema de previsión y salud bajo un régimen único, sin derecho a elección. Al mismo tiempo, limitó la libertad de emprender, satanizando la propiedad, creación de empresas y la libertad de invertir del capital foráneo, nacionalizando riquezas mineras, aunque también pidiendo solidaridad técnica y financiera de la ex URSS y otros países del “campo socialista”, todos los cuales hoy han evolucionado a nuevos modelos, con excepciones que se conservan más como piezas de museo que como expresiones de estados modernos.

Tras 24 años del retorno a la democracia refundada por las FF.AA., la izquierda chilena ya no impone al partido como vanguardia de la sociedad, ni anuncia la estatización de los grandes grupos económicos; sus militantes rescatan a la persona como centro de la actividad económica, política y social y sus programas afirman que cada ciudadano dispondrá de la más amplia autonomía de pensamiento, expresión, opinión, información y actuación, según sus propias concepciones éticas e ideológicas, así como las más plenas libertades para emprender, crear e innovar en todos los ámbitos del quehacer.

No obstante ello, la izquierda ha seguido promoviendo ideas de un Estado fuerte, grande y fiscalizador, que otorgue supuestas garantías de una justa redistribución de las cargas económico-sociales y una mayor ampliación de derechos como la educación, salud y previsión, sin exigir los correspondientes deberes asociados. Así, aumenta el peso del Estado en la economía, tanto por más burocracia, como por sus más extensas funciones, aumentando su gasto y cargándolo sobre las personas mediante alzas de impuestos que resienten la actividad de particulares, afectando la inversión y el empleo.

De otra parte, en la izquierda chilena crecen cada día las diferencias “entre mente y corazón”, pues asume un modelo conceptual propio del mundo de las libertades, pero intentando integrar al mismo elementos autoritarios, regresivos, empobrecedores, limitantes de la creatividad y el emprendimiento, originados en ideologismos obsoletos que subsisten en los corazones de algunos, pero que la historia dejó en el pasado. Ejemplos de aquello son slogans sin mucho fundamento, como la “educación gratuita y universal”, la “AFP estatal” o el desmantelamiento de las Isapres, como tantos otros que, so pretexto de “mayor igualdad”, estimulan la preservación de bolsones de pobreza, menor crecimiento y, finalmente, una peor distribución de la riqueza.

La izquierda también se ha vuelto nacionalista y practica menos el internacionalismo proletario en las relaciones del país y sus políticas de Defensa –aunque aún quedan quienes quieran donar suelo chileno para dar una salida al mar a Bolivia–, promoviendo la mayor inserción posible en los grandes bloques de comercio mundial y estimulando la atracción de capitales extranjeros para seguir creciendo. Así y todo, aún subsisten quienes prefieren tener más comercio con Venezuela, Bolivia, Perú y Argentina, antes que con EE.UU., Europa, o Asia.

Digamos claramente entonces que la izquierda chilena muestra hoy una conducta de varios decenios comprometida con la “democracia burguesa” y con la voluntad de mayorías nacionales que les han brindado su confianza en cuatro oportunidades –y al parecer lo harán por una quinta–, valorando además el aporte que cada ciudadano puede hacer por la grandeza de la nación desde sus particulares talentos y capacidades. Como alguien dijera, la izquierda chilena le robó en los 90 los estandartes e ideas a la derecha y se instaló en el aparato del Estado, ayudando a construir el país al modo de aquella, aunque con distintas sensibilidades, cuestión que, por lo demás, se reconfirmó con el Gobierno de Piñera, del cual muchos afirman ha sido un quinto gobierno de la Concertación, sin reparar que los cuatro anteriores fueron, en realidad, gobiernos sustentados en las ideas que surgieron de la derecha.

El desfonde de los partidos de derecha no constituye, en definitiva, ningún problema político-social, ni económico. Chile ya eligió mayoritariamente su camino de desarrollo a través de la libertad, la democracia, el orden, la autonomía, tolerancia y respeto, y difícilmente la ciudadanía estará dispuesta a aceptar aventuras que pudieran echar por tierra lo avanzado en los últimos 30 años. El desfonde no es, pues, de la derecha, sino que atañe a sus orgánicas, las que durante el largo viaje como “vagón de cola”, parecen haber perdido el norte, producto del erróneo diagnóstico de suponer que la ciudadanía está mirando a la “izquierda”. A contar del 18 de noviembre, la derecha deberá ponerse al día, recuperando las ideas, propuestas, políticas y valores que la han caracterizado por decenios y que, por ser las mejores, la izquierda le hizo el mayor de los homenajes: adoptarlas.

Consecuentemente, hoy más que nunca en Chile, la derecha política tiene plena vigencia y futuro como baluarte del pensamiento libertario de nuestro pueblo; encarna por su naturaleza la esencia del liberalismo en un contexto de respeto a legítimas regulaciones para una ordenada y armónica vida en sociedad. La derecha libertaria, tolerante, humanista y comprometida con el ser humano como centro, ha sido capaz de asumir compromisos que hace exigible el mundo contemporáneo y que, en lo sustantivo, se orientan a terminar con la segregación en todas sus expresiones, a Estados que otorguen una efectiva igualdad de trato y oportunidades; a asumir los desafíos de preservar la naturaleza y el medio ambiente; a asegurar el desarrollo de las naciones, preservando el valor y cultura de los pueblos originarios; a garantizar modelos de desarrollo sustentados en la calidad de vida, por sobre indicadores sectoriales parciales; a aspirar a estándares de medición del desarrollo más próximos a la felicidad humana y, en fin, a una derecha humana, valórica y cultural.

* Esta columna lleva el mismo título del primer libro publicado por el entonces líder juvenil y hoy futuro Senador, Andrés Allamand. No es coincidencia.

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