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Bachelet ¡cero expectativas!

por 13 noviembre, 2013

Si los chilenos quisieran cambios, y cambios radicales, Bachelet marcaría cero en las encuestas, lo mismo que marcan los candidatos fantasmas. Si los chilenos esperaran un giro en sus vidas después de la próxima elección, ella habría sido castigada por sus silencios y su ambigüedad. Si, en definitiva, alguien tuviera expectativas de esa naturaleza puestas en ella, Bachelet no sería inmune a sus propios errores como en la práctica lo es.
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Hace un par de semanas, un concertacionista amigo me confesaba su preocupación por la frustración de las expectativas que un eventual Gobierno de Bachelet podría desatar; digo eventual porque de aquí al domingo “La Enviada” podría sufrir algún accidente doméstico...

Un editorial de El Mercurio escrito hace pocos días ponía de manifiesto la misma aprensión; y el domingo recién pasado, Carlos Peña advertía sobre ese riesgo en su columna dominical: “Cuando se mide el desempeño de alguien por las expectativas que desató en vez de medirlo por las promesas que formuló o los compromisos que adquirió –decía– el resultado es fácilmente previsible: la desilusión lo inunda todo”.

El hecho es que tanto sus partidarios como sus detractores coinciden en que la mayor dificultad con que se encontrará Bachelet en marzo próximo tendrá su origen en las expectativas desmesuradas que los chilenos han puesto en ella.

Hago, no obstante lo anterior, un llamado a la calma por la sencilla razón de que Bachelet no es Piñera y porque el electorado no la elegirá con el mismo criterio con que lo eligió a él cuatro años atrás.



Si los chilenos quisieran cambios, y cambios radicales, Bachelet marcaría cero en las encuestas, lo mismo que marcan los candidatos fantasmas. Si los chilenos esperaran un giro en sus vidas después de la próxima elección, ella habría sido castigada por sus silencios y su ambigüedad. Si, en definitiva, alguien tuviera expectativas de esa naturaleza puestas en ella, Bachelet no sería inmune a sus propios errores como en la práctica lo es.  

Bachelet, en realidad, no ha ofrecido nada, mucho menos garantizado. Y si es electa, lo será por las asociaciones que el subconsciente del votante subnormal hace con su persona. Asociaciones que, por cierto, no tienen nada que ver con la figura de una ejecutiva capaz de liderar un proceso revolucionario.

Si los chilenos quisieran cambios, y cambios radicales, Bachelet marcaría cero en las encuestas, lo mismo que marcan los candidatos fantasmas. Si los chilenos esperaran un giro en sus vidas después de la próxima elección, ella habría sido castigada por sus silencios y su ambigüedad. Si, en definitiva, alguien tuviera expectativas de esa naturaleza puestas en ella, Bachelet no sería inmune a sus propios errores como en la práctica lo es.

 Bachelet no es Piñera. Él fue elegido pese a su falta de carisma y ella lo será a pesar de su incompetencia, pero ese matiz hace una diferencia sustancial en lo que a la gobernabilidad se refiere. Porque, pase lo que pase después de la elección, ella seguirá siendo… ella. Y así como los méritos objetivos de Piñera no aumentaron su popularidad, los deméritos de Bachelet no harán demasiada merma en la suya (salvo, obviamente, que suspenda su política de bonos, que es la única que en realidad le reditúa créditos objetivos en la feria).

El gran desafío para el próximo Gobierno no será, por tanto, el de satisfacer o mesurar las expectativas revolucionarias, porque en rigor nadie tiene ese tipo de expectativas puestas en Bachelet. El gran desafío será, más bien, el de volver a convencer al chileno de algo que se supone ya sabía, y es eso de que “uno igual tiene que seguir trabajando”. Es duro, pero es verdad.

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