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Las presidenciales y el oráculo de Delfos

por 13 noviembre, 2013

Las presidenciales y el oráculo de Delfos
Hago este relato porque hoy vuelvo a leer en los medios escritos, y oigo en la televisión y la radio, a expertos que vaticinan 7 millones de votantes. Nadie dice cómo lo calcula o sobre la base de qué, y recuerdo la opinión de las primarias, donde en realidad la política estaba a ciegas.
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En la antigüedad  griega, cuando un conquistador emprendía un viaje, su preparación más importante era la visita al Oráculo de Delfos, que le podía decir los escenarios que iba a encontrar. Cuando Bizans partió a la conquista, el oráculo le dijo: “No te pongas del lado de los ciegos”. Parado Bizans en el Bósforo, cuenta la leyenda, miró los acantilados y fundó Bizancio al frente, siguiendo el consejo de su oráculo. Más de 2000 años tardó la construcción de un puente hacia el “lado de los ciegos”.

Las leyendas de la antigüedad les dan valor a los oráculos en las sociedades. Este modelo se reproduce en todo tipo de sociedades a lo largo de la historia, los hombres hasta construyen templos para sus “sacerdotes”, les otorgan poderes terrenales, y todo tipo de privilegios. Las sociedades más tradicionales, las tribus, las naciones, todas tienen un equivalente de “oráculo” para tratar de conocer el incierto futuro.

Las sociedades modernas han sustituido esa función de anticipar el futuro y la han reemplazado con ciencia. En primer lugar nacieron los economistas, que imperfectamente hacen predicciones que van “ajustando”. Sus consejos no duran tanto tiempo como el dado a Bizans, pero cumplen su rol. La economía logra atrapar la función de predicción sobre los bienes materiales, luego nacen las encuestas, las más jóvenes predictoras de estas modernas sociedades que logran ocupar la función de predicción sobre los comportamientos colectivos más subjetivos. Hace poco más de 300 años que la humanidad usa la estadística para conocer sus sociedades, mientras  los oráculos han existido desde que existe el hombre.

Tres escenarios obvios. Ninguno testeado en la ciencia. Sin oráculos nos quedamos en la prehistoria de nuestra propia historia, retrocediendo a las sociedades primitivas que sacrificaban animales para que los dioses no los castigaran. El castigo de una sociedad que quiere ser moderna y que elige estar en la oscuridad, es que va a la deriva, no conduce, sino es conducida por los acontecimientos. Los liderazgos y su crisis son el signo de nuestros tiempos.

En esta elección presidencial me ha llamado la atención que como sociedad hemos retrocedido en nuestra capacidad de usar los instrumentos de la ciencia para conocer el incierto futuro. ¿O habría que decir nuestra voluntad? He buscado sin encontrar hasta hoy los estudios en las universidades, en el Estado, en los partidos, en los think tanks sobre el comportamiento electoral de los chilenos bajo voto voluntario. No sólo no lo he encontrado, sino que encuentro en los diarios tres encuestas publicadas en el último mes, el CEP, El Mercurio e IPSOS,  donde no hay tampoco ninguna problematización de los distintos escenarios y sus fundamentos. Una simple pregunta hecha a los encuestados que divide a los que dicen que votarán o que no votarán. Dos o tres preguntas en una encuesta ciertamente no son sustituto de ello. Sin investigación científica básica, sin análisis profundo del padrón, sin análisis del comportamiento pasado, sin escrutinio de la participación del electorado registrado, estamos a ciegas. La lista de lo que nos falta por conocer es mucho más larga. La corta vida de las encuestas desde 1950 ya entrega mucho más ciencia en que basarse que la que hemos usado para anticipar el resultado de esta elección.

Los medios de comunicación están llenando de alguna manera ese vacío de información. Lo que encontramos por doquier son los sustitutos, los “oráculos”, que aparecen en los medios como “expertos”, entre los cuales incluyen a la suscrita. ¿Acaso no es evidente que la información del método científico llamado encuesta, no se puede sustituir con imaginación? No lo digo como una ironía, sino más bien como una decepción. ¿Qué nos ha llevado de ser uno de los países de América Latina con las mejores universidades, donde el pensamiento y la ciencia social florecían a este estado de depresión del pensamiento y de abandono?

El voto voluntario ameritaba el estudio a fondo del comportamiento electoral. Ello debería haber sucedido antes de la elección municipal. No ha sucedido aún. Es como decirle a la ciencia que lo que ha encontrado está equivocado, porque nosotros sabemos más. Nosotros podemos improvisar, suponer, olfatear, ser oráculos como el de Delfos. ¿Para qué investigar como dice la ciencia? ¡Que pérdida de recursos y tiempo!

Nosotros intentamos comenzar a investigar el voto voluntario haciendo encuestas para las municipales y luego las primarias, cometiendo dos errores básicos. En primer lugar, tener muestras pequeñas de sólo 1200 casos, y en segundo lugar, no haciendo suficientes mediciones. Si vota la mitad de la gente, la muestra tiene que ser el doble de grande para poder analizar el voto con la mitad de los entrevistados que sí votan. Si no el margen de error se multiplica por dos y uno se queda sin predicción. Con un margen de error de 6 o 7 por ciento no se puede predecir.

Pero esos temas eran subsanables, se trata sólo de un tema de inversión. El segundo error que cometí fue oír a los “expertos”. Todos los expertos para las primarias anticipaban una muy baja votación, pero no sobre la base de mediciones, sino más bien sobre supuestos teóricos sin evidencia. Igual que ahora. La encuesta que publicamos para las primarias decía que votarían 2.6 millones de votantes, aplicando el modelo de “Votante probable” de Gallup. Como esa cifra duplicaba el consenso que existía en la plaza de Santiago antes de las primarias, de que votarían a lo más 1.5 millones, comenzamos a modificar el modelo de Gallup restringiendo la cantidad de personas que votaban; como se trata de un índice, no era complejo de hacer. Era cosa de aumentar el umbral de las exigencias del modelo. Resultó que la encuesta con el modelo de Gallup estaba mucho más ajustada a la realidad que los expertos de la plaza de Santiago. El error no fue de la encuesta sino de la suscrita, que creyó que la suma de la sabiduría de los oráculos de la política chilena tenía asidero. Lo cierto es que todos se equivocaron en las primarias. ¿Se equivocan todos hoy también? Esa es la pregunta.

Hago este relato porque hoy vuelvo a leer en los medios escritos, y oigo en la televisión y la radio, a expertos que vaticinan 7 millones de votantes. Nadie dice cómo lo calcula o sobre la base de qué, y recuerdo la opinión de las primarias, donde en realidad la política estaba a ciegas.

¿Estamos a ciegas? ¿Y todas estas conjeturas no son sino conjeturas? ¿Porque hemos abandonado la ciencia para conocer lo que ella nos puede entregar? ¿Porque nos creemos más poderosos o sabios? Es sorprendente, pero también arrogante.

Lo grave es que estas opiniones de que votarán 7 millones llevan, ya antes de la elección, a querer revertir el voto voluntario a obligatorio de nuevo. Es decir, tienen consecuencias.

A estas alturas sin evidencia científica, o más bien con tres evidencias que entregan tres resultados tan distintos, unos dicen que hay segunda vuelta, otros que no la hay. Otro dice que la derecha saca 14% (que en encuestas  CERC entre 1990 y 2013 coincide con los partidarios de Pinochet), otra que la derecha saca 22%. ¿Sabemos dónde estamos? De más está decir que el espiral del silencio que mostraron las municipales queda confirmado con la encuesta CEP. Pero no, ¿las teorías sobre el voto escondido de la derecha no se aplican para nada? Curiosamente tenemos una candidata en la extrema derecha, tenemos los 40 años del Golpe que fueron un shock para el electorado, y tenemos las elecciones primarias como evidencia. Pero no. Para qué molestarse con la ciencia. Hemos abdicado de los instrumentos que tenemos y estamos  enfrentando esta elección con la menor cantidad de información desde 1973. Un retroceso.

Sin evidencia veo tres escenarios:

Un escenario en que la desmovilización observada sea un cambio de paradigma y no un cambio de comportamiento, y que el poder entregado al electorado se ejerza, produciendo una convocatoria inicial del nuevo electorado. Podrían votar 8 o 9 millones válidamente si esa hipótesis se comprueba. En ese escenario la derecha saca más votos, se acorta la distancia entre las dos candidatas y puede no haber ningún doblaje pero sí segunda vuelta. La convocatoria a la movilización se produciría bajo el supuesto de que nos hemos vuelto una sociedad moderna que no se moviliza en grandes manifestaciones, sino en las urnas. Este escenario se produjo en las primarias, donde la convocatoria movilizó sin indicadores previos, sin propaganda, sin reuniones de masa, al electorado. Si a ello se le agrega que hay una amplia gama de candidatos para todo tipo de gustos, puede haber votantes que quieran parar a Michelle Bachelet para que no gane en primera vuelta. Si somos esa sociedad nueva, pueden acudir cientos de miles de chilenos a las urnas, sin aviso previo. En los países del primer mundo no hay movilización masiva, no hay propaganda en las calles, y la gente acude masivamente a votar. La más reciente en Alemania, donde votó el 72% del electorado, aumentado la participación electoral. No había ni tacos en la capital el día de la votación. Es un escenario  poco probable pero posible, que no podemos descartar porque no tenemos información de estudios básicos sobre el comportamiento electoral.

Un segundo escenario, el de la profecía autocumplida. Como está anunciada la victoria de Michelle Bachelet, los votantes contestatarios se quedan en la casa, es decir, la derecha. Ello podría producir el espejo de las primarias pero con más votos. Ese es el escenario del CEP, vota el 50%, es decir 6.750.000, menos que la elección de Sebastián Piñera. Ahí fracasa el voto voluntario y justifica  los titulares sobre volver al voto obligatorio. En ese escenario hay varios doblajes y Bachelet gana por un landslide. Es el escenario que le conviene a la Nueva Mayoría, porque maximiza su participación en el Congreso con más triunfos. No es un escenario que le conviene a la gobernabilidad del país, porque implica que la gran mayoría del país no habría votado por ella.  En ese escenario Michelle Bachelet sacaría menos votos, pero más porcentaje que lo que sacó Sebastián Piñera.

Un tercer escenario, en el que vota el 55% de la población, que es la cantidad que resulta de la regresión de la participación electoral pasada. La participación electoral ha venido bajando de elección en elección desde el año 2000, llegando al 60% en la última de 2010. Si la velocidad de baja se calcula igual para esta, entonces votaría el 55%. Esos son 7.500.000 votantes. Es lo que probablemente habría sucedido si no hubiera habido ley de voto voluntario. En ese escenario la derecha saca baja votación pero más cerca de su histórico, votan los antiguos votantes, casi nada de los nuevos, puede haber un par de doblajes y podría estar en el margen de ganar en primera vuelta.

En cualquier escenario, el único potente para devolverle la vitalidad a la política es aquel donde este nuevo Presidente tiene un mandato de un mayor número de votantes que los que eligieron a Sebastián Piñera. 3.5 millones. Si disminuye el número de votantes que eligen al Presidente, el porcentaje resulta irrelevante. Como dijo Roxana Miranda: “Yo estaré en la calle protestando”.

Tres escenarios obvios. Ninguno testeado en la ciencia. Sin oráculos nos quedamos en la prehistoria de nuestra propia historia, retrocediendo a las sociedades primitivas que sacrificaban animales para que los dioses no los castigaran. El castigo de una sociedad que quiere ser moderna y que elige estar en la oscuridad, es que va a la deriva, no conduce, sino es conducida por los acontecimientos. Los liderazgos y su crisis son el signo de nuestros tiempos. Una política que anuncia cambio legal porque sospecha un cambio de comportamiento sin evidencia, se merece seguir en la oscuridad, porque hizo en primer lugar el cambio al voto voluntario también en la oscuridad del conocimiento. No siguió el consejo de oráculo de Delfos, no instalarse del lado de los ciegos. ¿Es acaso la desconfianza la que nos lleva a esta ceguera?

El electorado chileno ha mostrado que cuando le dan la oportunidad, y tiene opciones de verdad,  se toma el sartén y el mango también. No es del todo imposible que lo haga una vez más.

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