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La pobre democracia

por 15 noviembre, 2013

La pobre democracia
La democracia es siempre y por definición en la medida de lo posible. Nunca sus resultados son brillantes o de aclamación total. Siempre habrá descontentos. Siempre estaremos todos un poco impacientes por una u otra razón. Pero nuestro descontento no es, en verdad, con las normas democráticas, sino con lo que podemos llamar el sistema.
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Tras publicar un texto algo inflamado aunque muy sentido acerca de lo importante que es ir a votar, y de la estupidez que conlleva la abstención electoral como actitud ciudadana, he recibido algunos comentarios, unos igualmente inflamados y sentidos, muchos elogiosos, otros menos. De algunos de ellos se desprende que quizá, como en toda controversia, no todos entienden la misma cosa por un mismo término.

Más allá de ir al fondo de la cuestión, que es tarea más bien de politólogos muy sabios, yo quisiera simplemente manifestar algunas ideas prácticas.

Que en principio en un país haya elecciones libres, partidos políticos, libertad de reunión, detenciones o condenas conforme al debido proceso, integridad de las personas en cuanto a no ser objeto de actos degradantes o de tortura, libertad de expresión en periódicos, canales de televisión o redes sociales, universidades o asados, respeto al derecho de las personas a salir del país o a regresar a él cuando les parezca, constituye para mí una satisfacción.

He vivido en países donde estas cosas no existían, y valoro profundamente el aire de la libertad entendida como no tiranía, que es la manera republicana de entender la libertad. Aludo a veces a la época de la dictadura y a sus tristes resultados, aunque resulte irritante a algunos oídos demasiado recios: 3.195 personas asesinadas, de las cuales 2.359 eran hombres mayores de 21 años; 143 mujeres mayores de 21 años; 633 jóvenes y niños menores de 21 años; y 56 chicas y niñas menores de 21 años. 35 mil torturados. Unos 200 mil que fueron al exilio. Ese dispositivo siniestro fue operado por personas de las cuales muchas siguen en la vida pública, algunas de ellas continúan hoy en el Parlamento, elegidas en elecciones abiertas. Estamos hablando no de conceptos, sino de experiencias personales, muy fuertes, que tocan a muchos de nosotros. Me encantaría que por decisión de los votantes no estuvieran esos sujetos allí la próxima semana.

Creo que es razonable, diría yo, casi obligatorio, que me dé lata cuando veo o escucho decir que da un poco lo mismo eso que lo que vivimos ahora. Lo siento, pero me suena a neopinochetismo o a postpinochetismo o a democracia de consumo, a rebeldías erradas.

¿Suprime la democracia los abusos de poder? ¿Nos garantiza el régimen democrático seguridad, igualdad, desarrollo armónico del país, respeto por todas las personas, justicia social, no dependencia de poderes ocultos o transnacionales?

Como cuando le pedimos demasiado al amor nos vamos a pique, así también si le pedimos mucho a la democracia dejaremos que se nos deshaga entre los dedos. La democracia es un peldaño importante en el ascenso hacia un mundo mejor, menos violento, más igualitario y respetuoso, más convivencial, más placentero. Tomar ese peldaño por la escalera completa es una confusión. No usarlo y dejar que alguien se lo lleve o lo destruya es una estupidez.

No. La democracia no garantiza esas cosas. Se trata de un modesto reglamento, digamos como el sistema de semáforos, donde a veces uno puede pasar y a veces no. Los semáforos no impiden que haya atropellos, accidentes, ni que existan consorcios ganosos de privatizar las vías y cobrar peaje en ellas, ni que haya contaminación, ni que haya un exceso de autos, ni tampoco aseguran que el viaje que vas a hacer esta tarde sea agradable.

Sin embargo, aunque la democracia no soluciona las cosas abre algunas puertas para ello. Si un dirigente político es asesinado en dictadura, los responsables se esconderán, la policía no irá tras ellos, en la TV oficial dirán que se trató de un enfrentamiento, ningún juez tramitará esa causa, y el sistema entero trabajará para encubrir el hecho. En democracia, si ocurre algo así se abrirá obligadamente una investigación, el hecho aparecerá en los medios y redes sociales, operarán las fiscalías o los juzgados, estarán los parlamentarios fiscalizando, etc.

Las normas democráticas no impiden, sin embargo, que los poderes fácticos sigan operando. Podrá haber encubrimientos amparados por redes que operan dentro de las instituciones. Habrá parlamentarios corruptos. O medios que traten insistentemente de ocultar o de tergiversar los hechos y de acaparar el mercado. Es decir, la ferocidad de los conflictos de poder sigue viva en democracia. Pero en la democracia hay nuevos actores, que pueden optar por difuminarse o por tener una presencia decisiva: la ciudadanía, las organizaciones políticas, los movimientos, los intelectuales, los medios, los sindicatos, etc.

Exigirle a la democracia que termine con la pobreza o que no haya más jefes explotadores o que no nos espíen en internet o que la educación sea preferentemente pública es exigirle mucho a la pobre. No corresponde hacerlo, no da para tanto el invento. Pero sí podemos utilizar las instituciones democráticas para pasar de situaciones de mayor conflicto a situaciones de menor conflicto, para disminuir las brechas sociales, para tener gobiernos que representen con mayor fidelidad la diversidad de pareceres de los chilenos y chilenas.

La democracia es siempre, y por definición, en la medida de lo posible. Nunca sus resultados son brillantes o de aclamación total. Siempre habrá descontentos. Siempre estaremos todos un poco impacientes por una u otra razón. Pero nuestro descontento no es, en verdad, con las normas democráticas, sino con lo que podemos llamar el sistema.

El sistema económico, social, de clases, de influencia global, neoliberal, capitalista, religioso, etc., es el sistema. Un total confuso y siempre en movimiento que se va haciendo no sólo a través de votaciones o de leyes, también por medio de protestas, de actitudes, de movimientos nuevos, de revoluciones tecnológicas, de flujos de capital, de migraciones, de nacionalizaciones, de inversiones, etc.

Identificar el sistema –sus desgarros, sus eventuales abusos de poder, sus escenarios económicos o productivos, sus soluciones o no soluciones en educación o en salud o en pensiones– con la democracia, es simplemente una tontería. La democracia es una pequeña parte del sistema, que tiene zonas oscuras y profundamente no democráticas.

Si la política es la continuación de la guerra por otros medios (es lo que afirma Foucault de manera un poco hobbesiana invirtiendo los términos de la célebre sentencia de Clausewitz), la democracia es la política en su versión más civilizada. No la política a puñaladas de los Borgia, sino la política parlamentaria, judicial y ejecutiva abierta al escrutinio público y sometida a reglamentos, donde ningún poder es plenamente poderoso, y que opera no por default, sino porque los ciudadanos somos conscientes de su importancia y la impulsamos con nuestra acción cotidiana. Creo que en esto hay un enorme vacío en la formación de los jóvenes. Constato que incluso políticos o universitarios arrastran a veces ideas realmente imprecisas, si no del todo falsas, sobre estas cosas. Hablamos mucho de educación, pero no estamos educando en valores ciudadanos.

Poner de acuerdo a dos personas en una pareja, a cuatro amigos en una comida, a una familia completa con primos para repartir una herencia, a una comunidad de propietarios, es tarea compleja. Nos gustan los demás pero no nos gusta que opinen de otro modo o que se comporten de manera muy diferente a la nuestra. Poner de acuerdo permanentemente a 16 millones de personas es una labor titánica. Yo en ese sentido admiro a los políticos, y no me sentiría capaz de hacer ese trabajo tan pesado, tan continuo, y al final tan poco gratificante.

Naturalmente que a los poderes duros no les gusta la democracia, porque pone freno a ciertos abusos que a ellos les gustaría mantener. Al neoliberalismo le gusta una democracia ad hoc, una democracia de consumo, plastificada, convertida en show, liviana, donde la tendencia es no hacerse nadie responsable de sus acciones. Es la que ofrecen en Chile hoy la UDI y Renovación Nacional. Una democracia devaluada que se ocupa de poner luminarias en las calles o aumentar las dotaciones de policías. Una democracia concentrada en el producto, no en el proceso.

Defender una democracia real es una pelea constante. Apenas aparece una ley vienen las trampas. Fernando Atria acaba de publicar un libro hablando de la Constitución Tramposa. En efecto, la Constitución que tenemos es una vergüenza, tanto por su origen dictatorial como por el fascismo corporativista que la empapa. Hay que cambiarla, eso es evidente. ¿Por qué no se ha hecho?, preguntarán algunos lobeznos: pues, haberla cambiado tú que eres tan rudo, habría que responder. Al revés que en una tienda, que cuando algo no funciona le reclamamos al vendedor o al dueño, en una democracia tenemos que alegarnos a nosotros mismos. La democracia es una construcción colectiva, no un producto de consumo.

En los países europeos ha ido cayendo también la fe en la democracia. Los poderes económicos han ido dominando lentamente el sistema, y muchas de las decisiones más relevantes han salido de la esfera ciudadana. Por eso mucha gente opina que votar o no votar da un poco lo mismo.

Pero no votar, alejarse de la política, dejar que la democracia se debilite y quede al final como una delgada capa de plástico cubriendo los computadores y los malls y las zapatillas Nike, es hacerles el juego a los poderosos, es restarse a algo que nadie ha sabido mejorar, y que nadie logra de verdad objetar: que los asuntos públicos se hagan consultando a todos.

Los partidos se han debilitado. La democracia sigue pegada en unos ritos del siglo XIX. Los cambios tecnológicos han ido más rápido que los cambios institucionales. La dieta de nuestros parlamentarios es escandalosamente alta. El sistema binominal que nos rige desalienta a cualquiera. Están cambiando aceleradamente la noción misma de ciudadanía, los países dejan de ser importantes pero los Estados siguen siéndolo, y es el Estado la institución que finalmente entiende de privar o no de la libertad, de los bienes o de la vida a los ciudadanos. Es ese monopolio jurídico de la violencia el que molesta a muchos, pero si no está radicada la soberanía –como diría Schmitt, la capacidad de decretar el estado de excepción, cuando la autoridad tiene libremente poder sobre la vida de los ciudadanos– en un estado finalmente democrático, aquellos poderes omnímodos se radicarán en una Junta Militar de Gobierno o en un Presidente vitalicio, ese tipo de paisaje ruinoso y repugnante.

Como cuando le pedimos demasiado al amor nos vamos a pique, así también si le pedimos mucho a la democracia dejaremos que se nos deshaga entre los dedos. La democracia es un peldaño importante en el ascenso hacia un mundo mejor, menos violento, más igualitario y respetuoso, más convivencial, más placentero. Tomar ese peldaño por la escalera completa es una confusión. No usarlo y dejar que alguien se lo lleve o lo destruya es una estupidez.

Finalmente, me eduqué por familia en una tradición republicana. Votar es como lavar los platos, como ir a comprar comida. No es gran cosa, pero es un acto solemne de cortesía, de responsabilidad por lo público, son unas horas al año que le dedica uno a los demás. Es el momento de optar no como en un mall por fascinantes novedades de los últimos modelos, sino por las opciones más sensatas, por aquellos candidatos que sepan leer la sociedad, propongan medidas y den fe de que cuentan con la integridad y los equipos como para hacerlo. No se le puede pedir pureza absoluta a los candidatos, porque nosotros mismos tampoco somos puros. Somos como somos, con nuestros miedos, nuestras iras, nuestras alegrías, nuestras tristezas. Con los gustos que cada cual privilegia.

Contar con un sistema de reglamentos básicos para mejorar nuestra vida común y sobre todo para no empeorarla, me parece a mí un privilegio, un don. Yo llamo a cuidarlo, y a perfeccionarlo, no desde el individualismo iluminado, sino desde el debate, la conversación, el decir, el escuchar, el informarse, haciendo las cosas de a poco, denunciando por cierto lo que es preciso denunciar, atajando lo indebido, promoviendo lo que nos haga vivir de mejor manera. La democracia se nota en los pequeños actos. Y si a veces es preciso usar un lenguaje un poco rudo para alegar por algo, qué le vamos a hacer.

A cargo de este país no hay nadie. Nunca lo ha habido. No es como una familia donde existen un papá o una mamá. Hay unos funcionarios presidenciales o parlamentarios que están unos años y que miran el país desde sus ópticas. Hemos tenido dictadores. Todos de paso. Hay empresas nacionales, consorcios internacionales, organizaciones de otros gobiernos, grupos diversos, todos quieren presionar y hacer de Chile un espacio idóneo para sus respectivos objetivos.

No deja de ser un milagro que cada cuatro años se suspenda este tráfico de poder y se ponga la totalidad del poder político en manos de los votantes, de todos nosotros. Asumir ese poder y usarlo con responsabilidad es lo correcto, y es que existe en alguna parte de nuestra propia vida, también, lo correcto.

La democracia es frágil. Su lógica de respetos y de transparencias debe ser robustecida, no abandonada. Más allá de por quién uno vote, o incluso si vota nulo, concurrir a las urnas, hacer la cola y votar es un acto de  afirmación ciudadana, un deber ético, un testimonio personal en contra de cualquier poder que quiera venir a arrebatarnos lo que es de todos.

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