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Las campañas autorreferentes y los errores de los candidatos

por 15 noviembre, 2013

Con el correr de las campañas, es inevitable que los candidatos entren en un espiral que los lleva a sobredimensionar su apoyo, pues, aun los con menos partidarios, pasan buena parte del día entre vítores, abrazos y fotos. Ese efecto, “normal” en los candidatos, resulta fatal cuando contagia a los equipos de campaña. Allí empieza la negación de la realidad, acusando sesgo o mala intención en las encuestas y culpando al empedrado -los recursos, la despolitización, los medios, etc.- cuando la campaña que despliegan no cumple los objetivos que se ha trazado.
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A pocos días de la elección presidencial menos competitiva en 20 años, buena parte del mensaje de los candidatos presidenciales sigue girando sobre la idea de describir su futuro gobierno. El problema es que ese enfoque, exponer su programa, que según la élite constituye una suerte de mandamiento del deber ser de las campañas electorales, choca de frente con el criterio de los electores, que en su inmensa mayoría tienen claro que ocho de esos nueve candidatos presidenciales no serán Presidentes, al menos no en el periodo 2014-2018.

Así lo muestra la encuesta CEP que recientemente hizo pública su base de datos (cumpliendo, dicho sea de paso, una norma de mínima transparencia que en Chile sólo comparte la encuesta UDP). Allí, un 78% de los encuestados creen, más allá de su preferencia, que Michelle Bachelet será la próxima Presidenta de Chile. Esa mayoría sube al 84% cuando se trata de aquellos que están seguros de ir a votar el próximo domingo 17 de noviembre. Hasta ahí nada tan sorprendente, pero ¿por qué los otros ocho candidatos siguen comunicándose con sus electores actuales y potenciales como si estuvieran próximos a llegar a La Moneda?

En esta dimensión, la desalineación entre la comunicación de las campañas y el criterio de sus propios votantes es grande, un abismo: sólo uno de cada cuatro votantes de Matthei cree que su candidata será la próxima Presidenta; uno de cada diez votantes de Parisi creen que en el triunfo de su candidato, y en el caso de meístas, claudistas, mirandistas, y los demás, los que creen en la victoria de su abanderado no llegan al 5%.

Con el correr de las campañas, es inevitable que los candidatos entren en un espiral que los lleva a sobredimensionar su apoyo, pues, aun los con menos partidarios, pasan buena parte del día entre vítores, abrazos y fotos. Ese efecto, “normal” en los candidatos, resulta fatal cuando contagia a los equipos de campaña. Allí empieza la negación de la realidad, acusando sesgo o mala intención en las encuestas y culpando al empedrado –losrecursos, la despolitización, los medios, etc.– cuando la campaña que despliegan no cumple los objetivos que se ha trazado.

El voto voluntario hace incluso más dramática esta falta de sentido común a la hora de construir mensaje: si la inmensa mayoría de los votantes de Matthei, Miranda, Parisi, MEO, Israel, Claude, Sfeir y Jocelyn-Holt tienen consciencia de que su voto no contribuirá a elegir al próximo Presidente, ¿qué esperan las campañas para dotar de sentido el ejercicio del voto no-ganador de sus partidarios? Claramente, si yo sé que mi candidato no va a ganar, mi motivación para ir a votar por él no reside en su propuesta específica en educación, energía o salud, pues sé que mi voto no hará diferencia en que esa propuesta sea implementada. Al final todos –también esa élite que goza imaginándose como racional evaluadora de programas de gobierno– votamos más movidos por identidades, emociones e intereses que por el análisis de eventuales políticas públicas.

Ahora, ¿por qué ocurre esta disociación tan evidente entre el criterio de los votantes y los llamados a “hacer realidad el triunfo” de candidatos que –a ojos de sus propios electores– no tienen mayor probabilidad de ganar? Creo que la respuesta está en la composición de los comandos, específicamente en sus equipos estratégicos. Con el correr de las campañas, es inevitable que los candidatos entren en un espiral que los lleva a sobredimensionar su apoyo, pues, aun los con menos partidarios, pasan buena parte del día entre vítores, abrazos y fotos. Ese efecto, “normal” en los candidatos, resulta fatal cuando contagia a los equipos de campaña. Allí empieza la negación de la realidad, acusando sesgo o mala intención en las encuestas y culpando al empedrado –los recursos, la despolitización, los medios, etc.– cuando la campaña que despliegan no cumple los objetivos que se ha trazado. El problema aquí es el criterio para configurar los equipos estratégicos de campaña, lo que lleva a elegir sus miembros entre los más fieles partidarios del candidato, familiares, amigos y políticos, generando esta falta de conexión con la realidad e independencia analítica. Así, si los equipos estratégicos terminan siendo una suerte de selección de los más fieles, el resultado son campañas cuya audiencia objetiva no son los votantes potenciales sino ellos mismos, los más seguros de ser los mejores, los más ilusionados con un triunfo que, puertas afuera, resulta simplemente inverosímil, incluso para la inmensa mayoría de sus partidarios.

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