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Elecciones: no queremos realidades, queremos promesas

por 17 noviembre, 2013

Elecciones: no queremos realidades, queremos promesas
Lo nuevo está surgiendo de nuevos sentidos sociales con sus nuevas narrativas contraculturales o contrahegemónicas, que empiezan a instalarse en los barrios populares o en las fábricas, en las aulas universitarias y las salas de espera, en los adultos jóvenes y mayores que despertamos gracias a la resurrección de los jóvenes, que se reapropiaron de las calles haciendo realidad el sueño de Allende de “abrir las grandes alamedas”. Pero este sueño palpable tiene su correlato cultural en abrir las mentes de los chilenos, por eso sin importar el color político la mayoría de los ciudadanos están a favor de la educación gratuita, por cambiar el sistema binominal y por renacionalizar nuestras riquezas naturales.
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A contrasentido de lo que fue la cultura política dominante y hegemónica desde el retorno a la democracia, nuestra sociedad parece vivir no solamente un giro geopolítico, sino esencialmente cultural. La noción de que la política es sólo un instrumento utilitario para mejorar económicamente nuestras vidas pierde fuerza (de otra manera no se explica la paradoja de este gobierno de derecha obsesionado por positivos indicadores económicos que no se condicen con sus magros niveles de apoyo) frente a la recuperación de la memoria que vivimos en la conmemoración de los 40 años del Golpe Militar, que no solamente nos reencontró con nuestra tragedia y la miseria de los cómplices pasivos, sino nos hizo mirar la política como nuestros padres y abuelos, como un motivo de vida , anhelos de  grandes mayorías, preocupados más allá de sus propios intereses individuales, sino más bien como un proyecto colectivo animados por “construir una sociedad mejor”.

Y ahí tenemos –ante la mirada atónita de la derecha que no logra comprender el cambio cultural– a jóvenes ricos y pobres luchando por una educación pública, gratuita y de calidad, y a adultos mayores y adolescentes pugnando por una Asamblea Constituyente, y a ayseninos y santiaguinos rechazando las centrales hidroeléctricas. Lo que está en juego, entonces, no es cómo me afecta a mí, o el clásico cómo voy ahí, sino un proyecto de país distinto, que garantice derechos básicos y no canastas de consumo, movimientos sociales que exigen ser incluidos en las grandes decisiones nacionales, una cultura libertaria que demanda romper con los amarres de Guzmán y Pinochet, y una sociedad cansada de los abusos del mercado y de un mundo político que se ha llevado la política para sus casas, decidiendo por nosotros en los asados familiares.

Las élites se escandalizan y llaman a la cordura. Instan a sus voceros columnistas y panelistas de TV sobre de la necesidad de votar informados, como si el conocimiento sólo se obtuviera de los programas seudoilustrados que ofrecen orden y más mercado, denostando el conocimiento más valioso: el extraído de la vida cotidiana, como bien sabemos los antropólogos. Pero es esa vivencia de abusos y exclusiones la que permite abrir nuevos campos de discusión, como la ilegitimidad de la Constitución que nos gobierna y el derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo, porque para los neoliberales la libertad se limita al consumo.

Romper la anomia social parece ser el signo de los tiempos y recuperar la política como un asunto público y arrancarla del oscurantismo privado, la estrategia escogida. Por eso la ciudadanía  increpa saber por qué a las hijas del Gerente General de CENCOSUD se le otorga un subsidio para la vivienda, demanda saber cuánto han lucrado con la educación de sus hijos y ya no se alegra de las ganancias excesivas de las ISAPRES y AFPs como un beneficio absurdo del mercado.

Esta nueva cultura política tampoco se traga que las “nuevas prácticas” se reduzcan a rostros nuevos carentes de contenidos, o peor todavía, nuevos clanes familiares aristócratas para defender los mismos viejos valores del mercado y el conservadurismo. Lo nuevo está surgiendo de nuevos sentidos sociales con sus nuevas narrativas contraculturales o contrahegemónicas, que empiezan a instalarse en los barrios populares o en las fábricas, en las aulas universitarias  y las salas de espera, en los adultos jóvenes y mayores que despertamos gracias a la resurrección de los jóvenes, que se reapropiaron de las calles, haciendo realidad el sueño de Allende de “abrir las grandes alamedas”. Pero este sueño palpable tiene su correlato cultural en abrir las mentes de los chilenos, por eso sin importar el color político la mayoría de los ciudadanos están  a favor de la educación gratuita, por cambiar el sistema binominal y por renacionalizar nuestras riquezas naturales.

Las élites se escandalizan y llaman a la cordura. Instan a sus voceros, columnistas y panelistas de TV sobre de la necesidad de votar informados, como si el conocimiento sólo se obtuviera de los programas seudoilustrados que ofrecen orden y más mercado, denostando el conocimiento más valioso: el extraído de la vida cotidiana, como bien sabemos los antropólogos. Pero es con esa vivencia de abusos y exclusiones la que permite abrir nuevos campos de discusión, como la ilegitimidad de la Constitución que nos gobierna y el derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo, porque para los neoliberales la libertad se limita al consumo.

Es esta pulsación social que los conservadores no pueden asimilar, no tienen las herramientas para ello ni las ideas para contrarrestarla. Por eso tenemos candidaturas que sin leer adecuadamente el nuevo contexto cultural siguen en la política del ofertón: subiré los sueldos, mejoraré las pensiones, daré más bonos, subiré el sueldo mínimo. Todas esas invocaciones suenan a palabras muertas a gritos sin sentido, ya no se quiere mejorar la miseria. Se llama a no destruir la casa, pero olvidan que esa casa no es nuestra, no la construimos, seguramente es producto de un subsidio que sobró después de la repartija, por eso tenemos derecho a mudarnos a otra vivienda que realmente se construya entre todos y la sintamos nuestra, una vivienda para todos, sin exclusiones previas.

Por eso seguramente la mayoría no votará por políticas de maquillaje, se quiere un cambio profundo desde los cimientos, y los guardianes del orden tendrán que adaptarse a los nuevos tiempos o fenecer con él, los chilenos ya no quieren más migajas, quieren volver a soñar con un país distinto: solidario e igualitario. Es la nueva cultura que recorre nuestras calles e imaginarios, por eso invoco ese rayado anónimo que observé en un muro latinoamericano que fue la primera señal de vientos de cambio: “No queremos realidades, queremos una promesa”, y a modo de hermenéutica significa para nosotros no queremos más cifras económicas exitosas y pobrezas diarias, no queremos más liquidaciones y ofertas de temporada, queremos políticos que nos inviten a soñar un nuevo tiempo para Chile y nuestros hijos que dejen atrás injusticias y exclusiones, y recuperar el bello sentido de la promesa sincera, aquella que no hable de mejorar las lucas sino la vida de todos con valores de igualdad y diversidad, a la vez, ese es el desafío.

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