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El SIMCE como instrumento de gobernancia

por 19 noviembre, 2013

La evidencia conocida ha ido revelando cada vez con mayor nitidez que asociar resultados de pruebas estandarizadas a consecuencias que ponen en riesgo a los sujetos evaluados genera grandes distorsiones. Segregación socioeconómica entre escuelas, exclusión de estudiantes al interior de las mismas, empobrecimiento del currículo, entrenamiento para la prueba, y una pedagogía centrada en los profesores más que en las necesidades de los estudiantes, son algunos de los efectos documentados.
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El llamado de la ACES a no rendir el SIMCE de este año viene a amenazar uno de los instrumentos claves del sistema educativo chileno. Aunque esta amenaza podría ser calificada como una expresión radical –e ideologizada dirían algunos– en contra del actual modelo educativo, en mi opinión este es un síntoma inequívoco que advierte de los riegos asociados al uso de pruebas estandarizadas como herramienta de gobernancia, en lugar de su uso más genuino: la evaluación.

¿Tienen razón los estudiantes (y el movimiento que los inspira: “Alto al SIMCE”) en culpar a esta prueba de algunos de los problemas del actual modelo de organización del sistema educativo? No, en lo absoluto. Culpar al SIMCE de algunas de las calamidades de nuestra educación es equivalente a culpar al termómetro por la fiebre. Aunque eliminemos el SIMCE, la infección delirante que afecta a nuestro sistema educativo seguirá carcomiendo las oportunidades educativas de nuestros niños. Entonces, ¿están totalmente equivocados los estudiantes? No, tampoco están equivocados. Lo que expresa esta protesta –y los argumentos de la campaña “Alto al SIMCE”– son los problemas asociados al uso de pruebas estandarizadas como instrumento de gobernancia del sistema educativo. Esto es, usar una prueba estandarizada como mecanismo para informar a consumidores de educación, para fomentar la competencia por recursos, para clasificar escuelas, para imponer sanciones por nombrar algunos.

La evidencia conocida ha ido revelando cada vez con mayor nitidez que asociar resultados de pruebas estandarizadas a consecuencias que ponen en riesgo a los sujetos evaluados genera grandes distorsiones. Segregación socioeconómica entre escuelas, exclusión de estudiantes al interior de las mismas, empobrecimiento del currículo, entrenamiento para la prueba, y una pedagogía centrada en los profesores más que en las necesidades de los estudiantes son algunos de los efectos documentados.

En esta dirección, la evidencia conocida ha ido revelando cada vez con mayor nitidez que asociar resultados de pruebas estandarizadas a consecuencias que ponen en riesgo a los sujetos evaluados genera grandes distorsiones. Segregación socioeconómica entre escuelas, exclusión de estudiantes al interior de las mismas, empobrecimiento del currículo, entrenamiento para la prueba, y una pedagogía centrada en los profesores más que en las necesidades de los estudiantes, son algunos de los efectos documentados. Lo fundamental que se debe entender acá es que estas distorsiones son motivadas por los riesgos asociados a la prueba más que por la prueba en sí misma.

Dicho esto, es posible señalar que la intuición de los estudiantes y el movimiento que los inspira es correcta. Sin embargo, la deducción lógica de boicotear o eliminar derechamente el SIMCE no lo es. Acá es necesario actuar con prudencia para entender cuáles son los límites y posibilidades técnicas de las herramientas que tenemos a la mano para mejorar la calidad de la educación. ¿Qué significa esto para el SIMCE? En términos de los límites, significa entender que el uso del SIMCE como herramienta de gobernancia muchas veces distrae la atención de escuelas de procesos de mejoramiento escolar más genuinos, afectando severamente la calidad de la enseñanza. En términos de las posibilidades, el SIMCE como herramienta de diagnóstico, representa una recurso con sendas potencialidades para informar las decisiones de los maestros y escuelas en su quehacer pedagógico, lo cual podría contribuir de manera fundamental al mejoramiento de la enseñanza y el aprendizaje. Una prueba estandarizada de diagnóstico debiera poseer la propiedad intrínseca de hacer crecer la profesión docente en lugar de debilitarla. En este último punto es donde hemos fallado sistemáticamente en las últimas décadas.

El llamado de la ACES no debe ser calificado como un llamado ideológico o politizado únicamente, eso sería un error de apreciación garrafal. En mi opinión, este fenómeno de desobediencia social ilustra de manera latente una las desviaciones asociadas al uso de la evaluación más allá de sus límites naturales. Esto al punto de desplazar una discusión técnico-pedagógica a una manifestación de carácter política. En otras palabras, este hecho revela uno de los síntomas del uso de la evaluación como instrumento de gobernancia.

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