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Los fiascos y la impostura

por 21 noviembre, 2013

Fue “la foto más grotesca” de un espectáculo tragicómico por parte de la Alianza. ¿Por qué se puede calificar de una falsa reacción? Lo único que haría razonable el jolgorio es que no hubiesen sido dirigentes que buscaban vencer a sus adversarios sino una suerte de infiltrados, partidarios del bando opuesto: quedaron más de 20 puntos abajo para una segunda vuelta, perdieron senadurías y diputaciones de modo relevante; fueron vencidos en la competencia por los Cores; sólo un “caballo de Troya” podría alegrarse.
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Si alguien posee una aspiración determinada que se puede medir por algún parámetro y obtiene un resultado claramente distinto, uno puede decir que fue un fiasco; una decepción profunda respecto de la esperanza que se abrigaba. No es raro que en esas ocasiones aflore el pundonor que lleva a tratar de aminorar el fracaso. Es una elusión producto de un sentido de la vergüenza.  Toda derrota, mal que mal, muestra al menos error de cálculo, sobrevaloración de uno mismo o incapacidad. Esa acción evasiva de la realidad puede ser patética si llega al extremo de una alteración del juicio de realidad, pretendiendo hacer aparecer el fracaso evidente en éxito rotundo.

Algunos ejemplos. La imagen de un Patricio Melero contorneando su cuerpo con rictus facial carnavalesco, actitud rítmica de egresado de la Escuela Juilliard y expresión exultante mientras sonaba “sí se puede”. El único detalle es que su partido había perdido 10 diputaciones, las dos luchas más emblemáticas de Santiago, quedaba sin abanderado presidencial futuro a la vista, y –ni más ni menos– la candidata actual de su colectividad sólo por 0,6 % de votos no es la menos votada del sector de los últimos 50 años. Eso es patético: es una disonancia abrumadora entre la actitud de impostura y los acontecimientos.

Fue “la foto más grotesca” de un espectáculo tragicómico por parte de la Alianza. ¿Por qué se puede calificar de una falsa reacción? Lo único que haría razonable el jolgorio es que no hubiesen sido dirigentes que buscaban vencer a sus adversarios sino una suerte de infiltrados, partidarios del bando opuesto: quedaron más de 20 puntos abajo para una segunda vuelta, perdieron senadurías y diputaciones de modo relevante; fueron vencidos en la competencia por los Cores; sólo un “caballo de Troya” podría alegrarse.

Fue “la foto más grotesca” de un espectáculo tragicómico por parte de la Alianza. ¿Por qué se puede calificar de una falsa reacción? Lo único que haría razonable el jolgorio es que no hubiesen sido dirigentes que buscaban vencer a sus adversarios sino una suerte de infiltrados, partidarios del bando opuesto: quedaron más de 20 puntos abajo para una segunda vuelta, perdieron senadurías y diputaciones de modo relevante; fueron vencidos en la competencia por los Cores; sólo un “caballo de Troya” podría alegrarse.

En esta debacle (eso es) hay un responsable obvio –si bien no exclusivo– que no asume como tal: el Presidente de la República. Si Piñera ha sido un buen gestor, tiene buenas cifras, como le gusta destacar es un hombre trabajador  –creerá que la entrega y falta de flojera es de agradecerse–, al final del día no es relevante frente a un hecho claro: en el ejercicio del poder ha sido un político mediocre. Eso explica que después de un breve período de 4 años (no se puede aducir desgaste) su sector sea incapaz de reproducirse en el poder y que la coalición que lo llevó al gobierno ya no exista (incluía a Chile-Primero y el PRI); sumado a  que sus fuerzas ejes (UDI-RN) finalicen políticamente disminuidas. Lo imperdonable no es tener una carencia en una materia determinada, sino que negarse a reconocerla. Sin eso nunca se va a rodear de quienes sí poseen esa condición. Piñera sólo aceptó en puestos políticos reales a una sola persona de “peso”, un primo. Nada más certero Stendhal: un signo de mediocridad es el no tolerar al lado de uno a otros con un talento superior.

Como premio de consuelo, la derecha no está sola en esta comedia de fiascos. Saltémonos casos como Tomás Jocelyn-Holt, Marcel Claude o  Ricardo Israel. Dos significativos: ME-O y Marca AC.

ME-O fue la gran sorpresa de la elección pasada. Con seriedad lleva cuatro años dedicado a construir una fuerza política. Ahora obtuvo la mitad de los votos, ningún parlamentario y es menos votado el PRO que el PRI a nivel de Cores. Lo considera una victoria. ¿Cómo podría ser? Una opción es que sea víctima de su velocidad en el hablar y que de modo poco meditado quiera decir  “pudo ser peor”. Efectivamente el “efecto Parisi” casi lo deja cuarto.

La realidad lo que muestra es que el PRO es ME-O. El esfuerzo de institucionalizar una nueva fuerza política al estilo “atrapalotodo” y multi-compresiva, donde bajo una idea genérica (el progresismo) se agrupen personas de variadas posiciones, no ha sido exitoso hasta ahora; sigue siendo un partido para un líder cuya posibilidad de crecimiento depende de atraer a figuras ya conocidas, como Marisela Santibáñez, o aliarse con esfuerzos personales como los del dirigente liberal electo Vlado Mirosevic (gran mérito de él). Si es así, la baja de su persona-eje a la mitad de sus votos en sólo 4 años no puede ser leída como un éxito. Michael Ende, en el Espejo del espejo, describe el embarazo de tratar de captar la realidad de uno mismo y cómo frente a ella siempre existe la amenaza del delirio onírico que nos puede llevar  a confundir la realidad con los sueños. ME-O dice que ganó.

Marca AC. Sin duda una campaña que se planteó con un objetivo mayor. Se sumaron intelectuales, artistas, gente del mundo del espectáculo, actores, las figuras más “onderas” de la política, partidos y movimientos, ex presidentes como Ricardo Lagos. No es menor. Se indicó que se contaba con una capacidad organizativa tal que se poseía observadores en el 70% de las mesas. Hasta ahora no hemos conocido un detalle mesa por mesa. Sólo la aseveración de que se obtuvo un máximo de 8,4% en una mesa y un promedio de 8% de un total de más de  800 mesas. Hubiese sido deseable no un muestreo aleatorio, sino la totalidad de la información disponible. La campaña se autoproclamó como exitosa. ¿Argumento? Como el 8% no es de impresionar, se recurrió a que un porcentaje mayoritario de ciudadanos votó por candidatos que “defendían” o  “no se oponían” a la posibilidad de una Asamblea Constituyente. ¿Es transferible una cosa a la otra? ¿Por qué no marcaron AC? Una opción es que su preferencia por alguno de esos candidatos no diga relación necesaria con este punto. Un caso podría ser el de Bachelet. Es más, en la primaria interna de la Concertación el principal defensor de AC (Gómez) quedó último. Los candidatos tipo Claude o Miranda, que hicieron de ella un eje clave de su campaña, no fueron votados relevantemente. ¿Cuán importante es para las dueñas de casa votantes de Bachelet, los norteños que lo hicieron por Parisi o los electores ABC1 de Sfeir, la AC? Una posibilidad es que no mucha, al menos si nos guiamos por el resultado de Marca tu Voto. Eso podría explicar la diferencia entre quienes marcaron AC y los votos de candidatos que la contemplaban.

Pero la campaña AC, en vez de analizar seriamente esa diferencia, prefirió  indicar que la votación de esos candidatos es muestra de la fuerza de la propuesta. Además que la campaña no habría terminado y seguiría en la segunda vuelta. Una lástima no tener la cifra exacta de votos marcados para contrastar su éxito o fracaso.

Son casos en que vale la pena recordar a Wundt y cómo a su juicio el voluntarismo es una fuerza que define al hombre más allá del propio uso analítico de su intelecto.

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