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¿Crisis de la derecha u oportunidad para un “centro liberal”?

por 22 noviembre, 2013

Hoy como nunca antes existen más incentivos considerando la pérdida de diez diputados de la UDI, y la hegemonía que mantenía en Santiago, lo que significa su primer gran retroceso desde el retorno a la democracia, y que necesariamente la forzaría a una apertura. Estas son las pruebas de fuego por las que deberá pasar este nuevo “centro liberal”. Si las pasa, podríamos hablar de una “nueva derecha”. Si no, hablaremos de una nueva oportunidad perdida para todos quienes han intentado por décadas instalar un centro liberal en Chile.
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A tres puntos ha quedado Bachelet de ganar la elección presidencial. A la Nueva Mayoría, con 68 diputados y 21 senadores, le bastarán un par de votos en ambas cámaras para lograr aprobar las reformas claves en el Congreso que incluyó en su programa de gobierno. La derecha por su parte ha perdido el Ejecutivo y además ha visto despotenciada su trinchera en el Congreso.

Aunque estos resultados están lejos de representar una catástrofe, las expectativas generadas por Bachelet y las demandas ciudadanas generadas durante los últimos años, obligarán a la derecha a una nueva actitud, si es que no se quiere convertir en la denominada “nueva minoría”. ¿Pero cómo llegó la derecha a esta situación? Aunque suene paradójico, el peor problema de la derecha en estos veinte años fue su creciente éxito electoral, en especial, el avance imparable de la UDI. La estrategia de despolitización que ponía el acento en “los problemas reales de la gente” llevada a cabo por el gremialismo era efectiva en las urnas, pero no en los círculos intelectuales, ni mucho menos en el espíritu del ciudadano chileno cada vez más maduro y exigente.

El ensimismamiento electoral abandonó a la derecha a una batalla sin sentido, sin mística, sin proyecto. El bajo apoyo que tuvo el gobierno de Piñera tiene que ver con esto. A nuestro juicio, la estrategia de contención desde el Congreso, a la que se acostumbró la derecha desde el retorno a la democracia, representó en términos sustantivos de largo plazo, una “bomba de tiempo” para el sector, por cuanto en sí misma impidió la necesaria reconstitución de un proyecto propio y distintivo de derecha.

Hoy como nunca antes existen más incentivos considerando la pérdida de diez diputados de la UDI, y la hegemonía que mantenía en Santiago, lo que significa su primer gran retroceso desde el retorno a la democracia, y que necesariamente la forzaría a una apertura. Estas son las pruebas de fuego por las que deberá pasar este nuevo “centro liberal”. Si las pasa, podríamos hablar de una “nueva derecha”. Si no, hablaremos de una nueva oportunidad perdida para todos quienes han intentado por décadas instalar un centro liberal en Chile.

El repliegue hacia el Congreso tuvo como efecto colateral una obstaculización para un proyecto político/identitario propio, por cuanto éste –como demuestra la historia política chilena– encuentra terreno fértil sólo en el campo cultural. Pero este error estratégico, invisibilizado por la contingencia electoral relativamente exitosa, se hizo patente luego de la elección de Piñera en 2010. Esto representó un triunfo pírrico de la derecha chilena. La reconquista del Ejecutivo era una oportunidad histórica para la derecha, para realizar lo que no podía hacerse desde la trinchera parlamentaria, entre otras cosas porque el sistema binominal obligaba a la competencia intracoalicional. Esta era la oportunidad de elaborar un nuevo proyecto unificado del sector que se desmarcara de la vocación autoritaria manifestada en la dictadura y pudiera legitimar su discurso público mediante la adhesión oficial a la democracia liberal. Puede ser, incluso, que estas hayan sido las pretensiones del Presidente aún en ejercicio, pero su falta de tino político y la incapacidad de la Alianza, los condenaron a él y a todo su sector, ya que no fueron capaces de trasformar una coalición electoral –la Coalición por el Cambio– en una coalición de gobierno que ampliara la derecha histórica acostumbrada sólo a la participación parlamentaria, lo cual le habría permitido tener una posibilidad cierta de conservar el ejecutivo en lugar de volver a replegarse a su electorado más duro y tradicional.

La derecha política quedó absolutamente aislada frente a la efervescencia social de estos últimos años, por causa principal de la UDI, la cual se preocupó tanto de los réditos electoreros, que terminó descuidando a sus posibles aliados para esta batalla: la derecha cultural y la derecha social.

Pero tal como sucede en la naturaleza, “nada se crea ni se destruye, sólo se transforma”. Lo único que está claro hoy es, de hecho, esto. La derecha de estas dos décadas no será más. La interrogante es, qué derecha veremos en las próximas décadas. Es difícil saberlo, aunque, dadas ciertas condiciones, podría deducirse.

Una condición muy relevante será el sistema electoral al que nos enfrentaremos. Un cambio en dicho sistema que aumente su proporcionalidad, podría favorecer a las facciones disidentes de RN con vocación de centro, pero obligadas hasta ahora por el binominal a competir por el votante mediano de la coalición, quien está a su derecha. Este nuevo espacio para un “centro liberal” será disputado por diversos actores, entre ellos Fuerza Pública de Velasco, en cierta medida el PRO de MEO, el movimiento liberal Evópoli, el Partido Liberal y otros. Esto significa que el “sector liberal” de RN no la tendrá muy fácil, a no ser que se atreva a dar el paso con representación parlamentaria y sumando a Felipe Kast de Evópoli y Vlado Mirócevic del Partido Liberal, situación poco probable pero no imposible, ya que podrían funcionar como incentivo para la apertura hacia un centro liberal por parte de la derecha.

La ocupación de este centro liberal generará un cambio relevante en el sistema de partidos actual. Por un lado, podría terminar dándole un golpe de knock-out al histórico centro socialcristiano –monopolizado por la DC, quien ha sufrido una significativa merma en el Congreso desde al retorno a la democracia, a pesar de su pequeño repunte con 3 diputados más–, y, por otro, darle nuevos bríos al electorado de derecha, más acorde a estos tiempos. Una derecha moderna, democrática, respetuosa de los DD. HH. y las libertades individuales. Esta “nueva derecha” también tendrá sus desafíos. En primer término, deberá hacerles frente a los viejos “coroneles” existentes en el sector, aún enquistados en una mentalidad autoritaria y reaccionaria, principal obstáculo para la ampliación de la Alianza más allá de sus actuales y pequeñas fronteras políticas; por otra parte, tendrá que darle un cauce más realista al espíritu revolucionario –muchas veces irreflexivo– de los próximos años. Hoy como nunca antes existen más incentivos considerando la pérdida de diez diputados de la UDI, y la hegemonía que mantenía en Santiago, lo que significa su primer gran retroceso desde el retorno a la democracia, y que necesariamente la forzaría a una apertura. Estas son las pruebas de fuego por las que deberá pasar este nuevo “centro liberal”. Si las pasa, podríamos hablar de una “nueva derecha”. Si no, hablaremos de una nueva oportunidad perdida para todos quienes han intentado por décadas instalar un centro liberal en Chile.

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