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La identidad de la Democracia Cristiana

por 23 noviembre, 2013

Es difícil argumentar, con los datos referidos, que la DC –y antes, la Falange- haya tenido esa identidad “clara” y “socialcristiana” de que habla Claudio en su columna. Creo que en la historia reciente de nuestro país, sólo se puede encontrar una expresión coherente del catolicismo social en los círculos de la Liga Social, la Acción Católica, y la ANEC de la primera mitad del siglo XX, y, articulada políticamente, tal vez en la Juventud Conservadora de los años 1933 a 1937: no en la Falange Nacional emancipada, ni en la DC. Un movimiento político verdaderamente socialcristiano es tarea pendiente en Chile.
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En su columna de 7 de noviembre de 2013, “La decadencia de la DC”, Claudio Alvarado se pregunta cuáles serían las causas comunes de la derrota electoral de la DC en las primarias de la Concertación, la renuncia de Jorge Navarrete al partido, y el discurso de su Presidente, Ignacio Walker, avalando el programa de gobierno de la candidata presidencial de su conglomerado, a favor de algunos supuestos de aborto, y del “matrimonio” homosexual. Propone Claudio que estos problemas estarían relacionados con “la falta de identidad que hoy evidencia la DC”; que “actualmente” no sería fácil determinar cuál es el ADN de la DC, y que dicha falta de claridad contrastaría con las raíces del partido. En fin, que la crisis de la DC es una crisis de identidad, gatillada por la pérdida de su espíritu fundacional, espíritu fundacional que él identifica con el de la Falange Nacional, según aparece descrito por don Alejandro Silva Bascuñán (RIP) en su libro Una experiencia socialcristiana.

Pero ¿es posible afirmar que haya existido alguna vez ese espíritu fundacional claro, esa identidad definida, en la DC? Y, si así fuera, ¿ese espíritu es verdaderamente socialcristiano? Pienso que no.

Es cierto que don Alejandro Silva Bascuñán –antes que militante DC, cristiano coherente–, jamás habría apoyado a un candidato cuyo programa considere el reconocimiento legal de uniones homosexuales, ni la despenalización de supuestos de aborto directo. Sin embargo, esa claridad y coherencia de don Alejandro Silva, no se puede predicar de la DC.

Es difícil argumentar, con los datos referidos, que la DC –y antes, la Falange– haya tenido esa identidad “clara” y “socialcristiana” de que habla Claudio en su columna. Creo que en la historia reciente de nuestro país, sólo se puede encontrar una expresión coherente del catolicismo social en los círculos de la Liga Social, la Acción Católica, y la ANEC de la primera mitad del siglo XX, y, articulada políticamente, tal vez en la Juventud Conservadora de los años 1933 a 1937: no en la Falange Nacional emancipada, ni en la DC. Un movimiento político verdaderamente socialcristiano es tarea pendiente en Chile.

Falange Nacional fue el nombre que tomó a fines de 1936 la Juventud Conservadora, integrada por universitarios católicos comprometidos con el llamado hecho por S.S. el Papa León XIII en la Encíclica Rerum Novarum. En 1933, los jóvenes que habían forjado su ideario político en la ANEC (Asociación Nacional de Estudiantes Católicos), la Liga Social y la Acción Católica, estudiando el Magisterio Pontificio y leyendo a los principales autores católicos de su época, decidieron entrar de lleno a la acción política, incorporándose a las filas de la Juventud del Partido Conservador –con destacadas excepciones, como el caso de los anecistas Jaime Eyzaguirre y Julio Philippi–. Es indudable que en las intenciones de los fundadores de la Falange (el propio Silva Bascuñán, Frei Montalva, Leighton Guzmán, Palma Vicuña, etcétera), se encontraba el profundo anhelo –como católicos practicantes que eran– de poner en obras el Evangelio que se predicaba con las palabras (de hecho, el sacerdote Oscar Larson S.J. les había impuesto como lema “no hablamos mucho, pero vivimos”). Acaso en ese sentido se pueda decir que la DC tuvo una identidad fundacional clara, y socialcristiana.

Sin embargo, aun dando por sentada la ortodoxia de la doctrina que desde 1933 animó a la Juventud Conservadora –cuestión más que discutible, atendida la manifiesta influencia que recibieron del catolicismo liberal, error varias veces rechazado por el Magisterio de los Papas–, lo cierto es que en su práctica política (que es lo propio de un partido), la Falange Nacional se apartó pertinazmente de un ideario socialcristiano compatible con la moral católica, en mayor o menor grado, desde sus orígenes como organización independiente del Partido Conservador.

Hoy lo manifiestamente contrario a un espíritu socialcristiano es el apoyo del conglomerado (convertido en el Partido Demócrata Cristiano en 1957) a un programa presidencial partidario de la despenalización, en ciertas circunstancias, del “crimen abominable” –como lo llama el Concilio Vaticano II– del aborto, y del reconocimiento legal de una especie de “matrimonio” homosexual. A la época en que se formó la Falange Nacional, dichas posiciones no eran siquiera defendidas por los partidos fundados en ideologías materialistas y ateas (PC, PS, etcétera), de modo que el que la DC –la Falange Nacional– no haya defendido antes esas posiciones, no es garantía de nada: tampoco lo hicieron entonces sus correligionarios de la Nueva Mayoría.

En cambio, la Falange Nacional sí se apartó del ideario del catolicismo social, en reiteradas ocasiones, y casi desde el mismo momento en que se separó del Partido Conservador, en sus relaciones con el comunismo. En efecto, contra las enseñanzas de la Iglesia sobre el punto –v. gr. SS. el Papa Pío XI en Divini Redemptoris: “El comunismo es intrínsecamente perverso y no se puede admitir que colaboren con él, en ningún terreno, los que quieren salvar la civilización Cristiana”-, la Falange participó en un pacto parlamentario con el Frente Popular de Aguirre Cerda, en septiembre de 1939, coalición integrada por el Partido Comunista; apoyó la candidatura del también radical Juan Antonio Ríos, en las elecciones de 1942, siendo Frei Montalva ministro en dicho gobierno del Frente Popular, en 1945; y colaboró en el gobierno de González Videla, en 1946, integrado también por los comunistas. Estas y otras colaboraciones de la Falange Nacional con el marxismo justificaron que, en 1947, el Cardenal Arzobispo de Santiago, Monseñor José María Caro, se pronunciara en duros términos: “La Falange ha declarado (…) ser contraria al comunismo y al anticomunismo. Como esta palabra significa oposición al comunismo, y siendo el comunismo totalmente contrario al cristianismo, la Santa Iglesia no ha podido dejar de ser totalmente anticomunista, y por lo mismo, no puede menos de sorprender al católico la oposición de católicos a una cosa que totalmente es, y no puede menos de ser, propia de la Iglesia”. Particularmente interesantes son los dichos del primer Cardenal chileno respecto al apoyo de los dirigentes falangistas al reestablecimiento de las relaciones diplomáticas con la Rusia comunista, en cuanto identifican quizás el principal motivo de la colaboración de los demócrata cristianos con el marxismo, esto es, la subordinación de lo sobrenatural a lo natural: “El gobierno de esta gran nación, desde que estuvo en manos de los bolcheviques, declaró la guerra al Ser Supremo (…) Dirigentes de la Falange han apoyado y defendido esas relaciones con el país que ha cometido a la faz de todo el mundo lo que jamás había presenciado la humanidad, y con los dirigentes de la constante hostilidad contra la Iglesia y contra el Papa. Lo han hecho sabiendo que una embajada rusa trae a todas partes consigo gran material y grande equipo de propaganda. La disculpa que suelen dar son los intereses materiales que el país iba a reportar con esas relaciones. Los intereses religiosos y morales de nuestro querido pueblo chileno, que iba a sufrir con esas relaciones inmenso daño, no importaban tanto ante los defensores de esas relaciones como las señaladas ventajas económicas”. (Declaración del Cardenal Arzobispo de Santiago, Monseñor José María Caro. Política y Espíritu, N° 27 y 28, noviembre-diciembre de 1947, páginas 16 ss.).

Es difícil argumentar, con los datos referidos, que la DC –y antes, la Falange– haya tenido esa identidad “clara” y “socialcristiana” de que habla Claudio en su columna. Creo que en la historia reciente de nuestro país, sólo se puede encontrar una expresión coherente del catolicismo social en los círculos de la Liga Social, la Acción Católica, y la ANEC de la primera mitad del siglo XX, y, articulada políticamente, tal vez en la Juventud Conservadora de los años 1933 a 1937: no en la Falange Nacional emancipada, ni en la DC. Un movimiento político verdaderamente socialcristiano es tarea pendiente en Chile.

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