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Chile: el fraude, la trampa y el simulacro

por 25 noviembre, 2013

Chile: el fraude, la trampa y el simulacro
El Chile actual tiene elementos que confluyen todos hacia una sociedad del simulacro. Su pieza maestra es la Constitución, que ha permitido simular competencia, debate y deliberación, pero la televisión, la prensa, las universidades, el mercado, la sociedad civil, todo parece un simulacro, una puesta en escena que se presenta como la verdad, el consenso, el único orden posible e inalterable.
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La Constitución Política de 1980 ha sido la gran protagonista de estas elecciones. Una campaña que llamó a marcar el voto, continuos editoriales y cartas a los medios sobre la iniciativa, la defensa cerrada que hace la derecha del texto, la crítica constante de los opositores, las demandas del movimiento social, todo parece reconducir siempre al asunto constitucional. Así, también, la literatura que se ha publicado en los últimos meses tiene a la Constitución en el centro del escenario y los abundantes columnistas también dedican su prosa al tópico en cuestión.

A este respecto, dos libros han llamado la atención por tocar aristas poco exploradas del problema constitucional chileno. El primero, publicado por Claudio Fuentes bajo el sello Hueders, lleva por título El Fraude y detalla con precisión no conocida hasta aquí las gestiones de la dictadura para llevar a cabo un proceso fraudulento y presentarlo como plebiscito constitucional en septiembre de 1980. El segundo libro, publicado por Fernando Atria en la editorial LOM, se denomina La Constitución Tramposa y se ocupa de argumentar cómo y por qué el articulado actual impide una reforma seria y definitiva al texto constitucional. Ambos libros permiten una lectura aguda del problema, pero también dejan líneas argumentativas abiertas que es importante recorrer para observar la profundidad del asunto.

En el libro de Fuentes se observa una prosa que combina el periodismo de investigación con la crónica, ambos géneros útiles para realizar la tarea que Fuentes considera primordial, esto es, mostrar la ilegitimidad de origen del plebiscito constitucional de 1980. Hasta aquí nadie había escrito al respecto y la información disponible se resumía a unas pocas páginas repartidas en varios volúmenes donde apenas se entregaban líneas gruesas sobre el proceso. En 120 páginas, el autor deja sobre la mesa evidencia clara y contundente de la conducta tiránica del régimen de Pinochet, que controló cada aspecto del plebiscito de 1980 a su favor. Todos los datos, discursos, testimonios y documentos que Fuentes recupera llevan hacia esa conclusión. El proceso por el cual se aprobó la Constitución de 1980 fue una puesta en escena bajo la cual solamente había violencia.

 ¿Qué es lo real en Chile? ¿La violencia fundante que aparece de vez en cuando como encapuchados? ¿La violencia doméstica y el mal vivir que se ha instalado en el país? ¿El poder del dinero que, a través del financiamiento de las campañas, lo controla todo? ¿La abstención en período de elecciones, la desconfianza, el abuso, la angustia? Ni la crónica de Fuentes ni la teología política de Atria, entonces, terminan por cuajar una explicación coherente de la influencia que tiene la Constitución de 1980 sobre la sociedad chilena.

Sin embargo, pese a la notable precisión de Fuentes, el libro no termina por entregar una visión conceptual para entender qué ocurrió en 1980. Al comienzo del texto, el autor utiliza la palabra “farsa” para referirse al proceso y cita un eslogan de la oposición: “No queremos una farsa”. En el resto del volumen, Fuentes utiliza la palabra “fraude”, la cual intercala indistintamente con “farsa” a lo largo del libro. Es menester decir que farsa y fraude son conceptos distintos y no denotan lo mismo. Una farsa es un tipo de obra de teatro burlesque, aunque farsa también es utilizado para significar la maquinación de un engaño. El término “fraude” alude a un tipo particular de engaño, aquel que se realiza para eludir obligaciones legales o para usurpar derechos de otros. En este sentido, la farsa es la puesta en escena para realizar un fraude. El régimen de Pinochet montó una farsa, esto es, una votación fraudulenta, para llevar a cabo un fraude, esto es, usurpar el poder constituyente.

El concepto correcto para explicar el fenómeno ha sido acuñado por un agudo pensador francés, Jean Baudrillard. Con la palabra “simulacro”, el autor busca atrapar el creciente fenómeno de la puesta en escena, de la imitación de la realidad, que penetra en las sociedades contemporáneas como el único cánon de verdad. Según Baudrillard, desde hace un par de décadas hemos entrado en la sociedad del simulacro, donde domina una apariencia de verdad que esconde su propia naturaleza, es decir, que es solamente una apariencia. Baudrillard toma una frase griega para sostener que “el simulacro no es el que oculta la verdad, sino que es la verdad la que oculta que no hay verdad”. El simulacro es verdadero, pero tras él no hay nada.

Eso ocurrió en septiembre de 1980 en Chile: un simulacro.

Esto nos lleva al libro de Atria. En este nuevo volumen del profesor de la UAI, se lee una combinación entre teoría constitucional y la denominada “teología política”, esto es, la idea de que los conceptos políticos son conceptos teológicos secularizados. Uno de los padres de dicha interpretación es Carl Schmitt, el jurista nazi, quien está omnipresente en toda la primera parte del trabajo de Atria. Hasta aquí nadie había colocado los términos de la teología política en la discusión constitucional chilena y es importante remarcar que la teología política que defiende Atria es particularmente cercana a la teología de la liberación, que guió a la izquierda chilena en los sesenta y setenta, especialmente en el MAPU.

Desde el título de su libro, Atria sostiene que la Constitución tiene trampas. Los quórums supramayoritarios, el rol del Tribunal Constitucional y el sistema binominal hacen que la cancha sea tramposa. La metáfora no es casual y Atria la toma del propio Jaime Guzmán y un artículo donde el jurista gremialista sostiene que la Constitución debe estar redactada de tal forma que impida que el proyecto de la dictadura sea reformado. No es claro, sin embargo, qué quiere decir exactamente la metáfora de Guzmán que Atria acepta sin cuestionarla en profundidad. Bien puede ser tramposa la metáfora misma, pues su sentido último no es claro. Guzmán habla que “de hecho” las posibilidades estén limitadas a un marco dado, pero no es claro a qué se refiere con “la cancha”.  ¿Es la Constitución la cancha? ¿O sólo es parte de la cancha?

En sus múltiples conferencias, Atria suele citar a Patricio Melero para ejemplificar el asunto. Melero, actual presidente del partido de Guzmán, decía hace algunas semanas que la derecha debía “defender los cuatro séptimos”, esto es, el quórum para las reformas que propone Bachelet. En esta declaración, Atria observa un desenfadado reconocimiento de la trampa, pues Melero estaría reconociendo que no se trata de ganar, sino de perder por poco. Todo esto a Atria le resulta, “hasta cierto punto”, obvio y evidente. Sin embargo, Atria pasa por alto otro ejemplo obvio y evidente que también involucra a Melero. Un par de semanas después de la cuña citada, el presidente de la UDI reconoció a un diario que se había reunido con Osvaldo Andrade, presidente del PS, el partido de Bachelet, y que éste le habría manifestado su preocupación por un “descalabro electoral” de la derecha. ¿Por qué el PS se preocupa por el mal resultado de la UDI?

¿Por qué Atria pasa por alto este dato y se basa únicamente en el otro? Aquí aparece la tensión de su libro y del anterior. Atria oscila en su juicio a los dirigentes de la Concertación y, sistemáticamente, se empeña por mostrarlos como parte de la solución y no del problema. Probablemente el gran vacío del libro es que, justamente, no se entiende por qué la Concertación nunca reclamó por la trampa de la cancha, por qué nunca protestó o intentó suspender el partido. Aquí volvemos a la metáfora críptica, porque cualquiera que haya pisado una cancha de cualquier deporte sabrá que una práctica inmanente a ella es reclamar y protestar. Atria goza con la metáfora de Lagos, quien ofrece una “hoja en blanco” para diseñar nuevas instituciones, pero Atria no se pregunta por qué Lagos no ofreció una “hoja en blanco” en 2005. ¿Qué explica esta actitud sumisa y entregada de la Concertación que “de hecho” se le entregó a la derecha durante veinte años? ¿Por qué las normas limitaron de tal forma lo que “de hecho” se podía decir y hacer?

La Constitución no es toda la cancha, es parte de la cancha y, probablemente, su lugar fundamental. Es algo así como los casilleros centrales del tablero de ajedrez, donde el juego se traba y se resuelve a favor de uno o de otro. Sin embargo, la cancha también tiene público, un estadio, luces y toda una industria informativa a su alrededor. La Constitución comenzó con un simulacro y todo lo que gira en su entorno es un simulacro y una puesta en escena. Andrade estaba preocupado porque sin una derecha fuerte el elenco de la obra de teatro quedaba cojo, como una mesa con una pata corta. “Los contrapesos” le llama Melero. La política de los acuerdos, entonces, fue una puesta en escena para un guión de cogobierno.

El Chile actual tiene elementos que confluyen todos hacia una sociedad del simulacro. Su pieza maestra es la Constitución, que ha permitido simular competencia, debate y deliberación, pero la televisión, la prensa, las universidades, el mercado, la sociedad civil, todo parece un simulacro, una puesta en escena que se presenta como la verdad, el consenso, el único orden posible e inalterable. En la televisión esta lógica tiene una cara grotesca con la farándula y la prensa amarillista, todo lo privado es puesto en público como una verdad íntima, revelada tras un manto de fama. Don Francisco replica el modelo y nos invita a conocer los dramas familiares de los candidatos, como si eso fuera un elemento distintivo y único, que permitiría entender al personaje más allá de la fachada. Curiosamente, Chile es un país donde todo es privado, salvo la vida privada. En la sociedad chilena del simulacro vemos que el antiguo panóptico, aquel donde unos pocos pueden vigilar a muchos, hoy convive con un sinóptico, donde muchos observan a unos pocos. La lógica televisiva del reality show se expandió en todas direcciones y hoy nada puede escaparse de su égida. La puesta en escena, el espectáculo, está presente en cada rincón de la sociedad chilena. Ya en los ochenta Pinochet supo leer la tendencia y se rodeó de rostros de televisión, reinas de belleza y asesores comunicacionales. No es raro que, treinta años después, Sebastián Piñera tuviera su propio encargado de imagen presidencial.

El espectáculo y sus estándares han penetrado en todo porque todo se trata de una puesta en escena. Basta revisar la enorme cantidad de videos grabados por artistas, actrices, actores, cantantes y humoristas a favor de varias causas y candidaturas. Todos recurren a ellos porque, durante veinte años, la Concertación enseñó a usarlos como herramienta política. Fue Ronald Reagan el primero en aprovechar la similitud entre la industria del entretenimiento y la política, pues en ambos casos basta aprenderse un guión y repetirlo convincentemente ante las cámaras. Pero fue la Concertación quien mejor supo aprovechar esto a su favor en el Chile post Pinochet. Algunos autores hablaron en los noventa de la “democracia protegida”, otros de la “democracia tutelada”, pero ninguno se planteó la idea de una “democracia simulada”.

Los dos diarios principales parecen redactados en las mismas oficinas, con prosa similar y detalles coincidentes. Con los mismos silencios. Hasta hace poco no habían dicho una palabra en 10 años sobre la ley de lobby. “No hay noticia”, repiten los editores. Todo rodeado, decorado y a veces envuelto en publicidad que nos ofrece de un cuanto hay. Las universidades, según hemos venido a saber, son otro simulacro donde se compran las acreditaciones y se realiza una puesta en escena, una inmobiliaria, para sacar el dinero. La calidad de los contenidos, las bibliotecas, el trabajo académico, todo se simula en pos del negocio. Luego se simula una revisión de los acreditadores que desemboca en una acreditación por varios años, una puesta en escena brillante. Y el mercado, para qué decir, ahí estaban las farmacias simulando competir para subir los precios indiscriminadamente. Ahí está SQM subiendo simuladamente su valor en la bolsa. Ahí está el canal de televisión 3TV, un simulacro de meses que terminó en nada.

No es casual que todas las marchas desemboquen siempre en un escenario. No es casual que el humorista más reconocido del país sea un imitador. No es casual que en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, donde se supone que algo queda de república, haya ganado una lista de parodia ofuscando con ello a los demás colectivos de izquierda. En buenas cuentas, al salir los estudiantes a marchar y a protestar, abrieron también la puerta de las universidades a la lógica del espectáculo y del simulacro. La Escuela de Derecho, en particular, viene hace un tiempo siendo un escenario donde se ha instalado una sociedad del simulacro a pequeña escala. Todo allí es una puesta en escena, desde los ciclos de cine hasta los seminarios o foros. A ellos se invita siempre a los mismos académicos, que forman parte del elenco estable de no más de 30 intelectuales que son convidados a hablar en todas partes. Los estudiantes se comportan como productores de eventos, más preocupados de la performance que del supuesto “debate de ideas” al que convocan. Luego, se sientan a aplaudir ruidosamente a sus profesores. La lógica de la galería, de la barra brava, lleva mucho tiempo allí. En algún momento los académicos se transformaron en los portadores del bombo y los estudiantes en sus hinchas más fieles.

Sin ir más lejos, el año 2009 la Escuela de Derecho fue escenario de una toma que obsesionó a los medios y le permitió a un dirigente aparecer con el puño izquierdo en alto en La Segunda. Hoy, cuatro años después, ese dirigente fue electo diputado en Punta Arenas con primera mayoría. Hay voces que se quejan del triunfo de los humoristas en Pío Nono, pero no toman en cuenta que ellos sólo son posibles en la medida que hay un escenario. Ese escenario existe desde 2009 y, gracias a la prensa, pasan por él los columnistas, los historiadores, las historiadoras, los ayudantes, los teólogos, hasta que un día les llegó el turno a los humoristas que montaron la farsa del asunto. Ningún sujeto parece perder, pero el escenario se va deteriorando en el camino, y con él la institución que lo sostiene. ¿Quién gana realmente? ¿Los dirigentes? ¿La Universidad? ¿La educación? ¿Qué ha ganado la Escuela de Derecho con sus sucesivos escándalos? ¿Hay lucro político detrás del escenario?

Según Baudrillard, uno de los engranajes básicos de su tesis es el concepto de “escándalo” como punto de articulación de la sociedad del simulacro. El ejemplo paradigmático de esto sería Watergate, como escándalo político que hace caer a Nixon, remeciendo y condicionado la política norteamericana. En Chile el escándalo es omnipresente desde episodio de la radio Kyoto. No es casual que ese escándalo tenga como protagonistas al actual Presidente y la actual candidata del oficialismo, ambos principales beneficiados del asunto a la larga. En el escándalo, así visto, nadie pierde. Quizás por eso Evelyn Matthei, con un doctorado en escándalos, provocó el conflicto con Parisi. A la larga, ninguno de los dos perdió. No hay tal cosa como mala publicidad. La república, o lo que queda de ella, sin embargo, más parece una abuela que agoniza con largos estertores. Es la cadena nacional del populismo, la misma que representó una transición simulada y hoy no es más que el puro simulacro. El simulacro nunca es aquello que oculta la verdad, es la verdad lo que oculta que no hay verdad alguna. El simulacro es cierto. Viene una nueva teleserie noctura: Por las buenas o por las malas.

Desde un tiempo a esta parte, las elecciones en las federaciones tradicionales se tratan de quién hace el video en HD más emotivo, quién convoca más artistas conocidos, quién le da la mejor cuña a The Clinic y quién logra colocarse en las revistas de papel couché. Los estudiantes, particularmente algunos colectivos obsesos con la figuración, han entrado en la lógica del simulacro y el espectáculo sin cuestionarse si acaso no están ingresando a formar parte de una obra de teatro, como personajes nuevos que vienen a alargar la teleserie para seguir arriba en el rating. Las asambleas, que bien podrían ser un lugar de deliberación, parecen más una puesta en escena, una lectura de guiones, soliloquios, monólogos y rabietas varias. La misma lógica está claramente presente en la política nacional: ¿Qué fue esta carrera presidencial sino un simulacro de debate? ¿Cómo entender que se haya  parecido más a una galería de personajes exóticos que un ejercicio de deliberación? ¿Y qué decir ahora que sabemos que algunos candidatos ni siquiera cumplían los requisitos legales? ¿Simulacro de inscripción y firma ante notario? ¿Qué es la segunda vuelta sino un simulacro donde todos sabemos de antemano el resultado?

Otro sector clave de la cancha es la industria de la imagen y la comunicación estratégica. Pocos negocios se han expandido más en Chile que estos dos últimos, con una conexión innegable y evidente con el lobby y el manejo de las influencias. Un servicio, en particular, destaca como expresión de la lógica que nos gobierna: “la gestión de crisis”. Cada vez más oficinas de comunicación estratégica se dedican a administrarles crisis a las grandes empresas, lo que se traduce básicamente en una puesta en escena y un guión de responsabilidad social empresarial que permite salir del paso cuando ocurren descalabros. Se pagan millones para que los ejecutivos aprendan a hablar ante las cámaras, para que modulen y no tartamudeen cuando tienen que explicar lo inexplicable. Por eso nadamos entre “expertos en comunicación” que se turnan con los “expertos en educación” que a veces son los mismos “expertos constitucionales”. Es que en el cuento de ser expertos, hay algunos que tienen más expertise que otros.

La sociedad del simulacro es institucional, es icónica y, crecientemente, frívola. Algunos parecen sostener que detrás del simulacro hay una verdad, y que esa verdad son los movimientos sociales que estarían desbordando al sistema. Las masas indignadas serían eso que está afuera de la puesta en escena, eso que el simulacro pretende tapar. Según Baudrillard, sin embargo, detrás del simulacro no hay nada, pues el simulacro es la verdad que impide ver que no hay verdad. Es útil recordar la concepción de lo “real” que tiene Lacan, como el vacío donde se depositan las imágenes, el vacío constitutivo que sirve de escenario para la puesta en escena. Los movimientos sociales, y particularmente sus dirigentes, se encuentran en la tensión de ser parte del simulacro o presentarse como algo ajeno a él, que entran a la puesta en escena para modificarlo radicalmente. El movimiento estudiantil, así, bien puede ser visto como una reproducción, el hijo pródigo de la sociedad del simulacro o, al revés, su negación lisa y llana. Desde dentro del parlamento, con sueldos millonarios, choferes y cámaras, será difícil mantener esa tensión.

Así las cosas: ¿Qué es lo real en Chile? ¿La violencia fundante que aparece de vez en cuando como encapuchados? ¿La violencia doméstica y el mal vivir que se ha instalado en el país? ¿El poder del dinero que, a través del financiamiento de las campañas, lo controla todo? ¿La abstención en período de elecciones, la desconfianza, el abuso, la angustia? Ni la crónica de Fuentes ni la teología política de Atria, entonces, terminan por cuajar una explicación coherente de la influencia que tiene la Constitución de 1980 sobre la sociedad chilena. El fraude inicial que diagnostica el profesor de la UDP es el punto de partida del simulacro institucional, al cual le seguiría una transición simulada. Las trampas que observa Atria son sólo parte de la cancha, y la Concertación fue parte del problema y no de la solución, aunque al profesor de la UAI le cueste reconocer esto. La oferta de Bachelet, en suma, es terminar con el simulacro, terminar con el cogobiermo y hacer las reformas, “ahora sí que sí”. Esto es un reconocimiento tácito de que antes hubo otra lógica, que todavía no termina por explicarse.

Atria y Fuentes, con todo, sospechan algo que no terminan por pronunciar. Ambos sospechan que hay algo perverso en el asunto constitucional y que esa perversión es estructural. Fuentes busca graficarlo con el inicio y los procedimientos de Pinochet para bloquear toda oposición. Recuerda las frases de Frei Montalva y de la izquierda luchando contra el proceso que era indetenible. Atria pretende mostrar las trampas de la Constitución como si fuera una cancha tramposa. Cita frases y metáforas que exculpan a la Concertación, pero ignora toda aquella que indique lo contrario. Atria y Fuentes no observan la estructura global de la sociedad del simulacro, nacida jurídicamente desde el Plebiscito de 1980, pero parida originalmente con el Golpe de Estado televisado de 1973. Y sostenida a través de numerosos mecanismos institucionales, sociales y microfísicos.

Simulacro y perversión coinciden en su gramática. El simulacro es “hacer como si”, por ejemplo, hacer como si me hacen un penal, para que el árbitro cobre. El perverso en clave siconanalítica “hace como si” y reproduce este comportamiento en todas sus relaciones. El simulacro es perverso, porque supone que un conjunto de dirigentes han hecho como si, y ahora prometen que ahora sí que sí. La sociedad del espectáculo es la industria de los simulacros, por lo que sus rostros comienzan a confundirse. No es casual que, desde 2009, el principal agente que cuestiona al duopolio es un director de cine casado con una animadora de matinales. Ambos díscolos y rebeldes, pero de innegable raigambre televisiva: Chile, los rostros están fatigados.

Hoy los políticos están obsesionados con el porcentaje de conocimiento, con la aprobación y los atributos blandos. Por mientras la Constitución es el centro de la discusión, y su influencia es rastreable en cada rincón de la sociedad chilena. No son pocos los que huelen la perversión de este organigrama institucional y se llenan de metáforas y analogías para expresarlo. Las cachetadas de payaso parecen estar al descubierto y la futura presidenta Bachelet dice querer abolirlas. Veremos si debajo de los quórums calificados hay arena de playa. Los escépticos tienen derecho a pensar que la sociedad del simulacro agota todos los mundos posibles, pero eso obliga a reformular el lema del mayo de París. Detrás del grupo de ciudadanos que pide una nueva Constitución puede haber un nuevo sentido: Seamos imposibles, pidamos lo real.

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