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Soledad Alvear y la luz amarilla

por 25 noviembre, 2013

Debería la Democracia Cristiana entrar con toda profundidad en el debate, aún pendiente, sobre los grandes temas que preocupan a la ciudadanía. Para ello tiene un sólido sustento en sus principios fundacionales, que ahora, más que nunca, se encuentran plenamente vigentes frente a un neoliberalismo agotado. Los grandes cambios sólo se podrán construir con una Democracia Cristiana abierta a las transformaciones que se reclaman. En nuestro país es imprescindible un profundo debate de ideas.
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La inesperada derrota electoral en la circunscripción Oriente de Santiago, dejó por primera vez desde la vuelta a la democracia a la DC sin senador, lo que unido a que el partido carece de esa representación en el resto de Santiago, Valparaíso y Concepción, arroja una evidente preocupación sobre el destino de los grandes liderazgos que el partido debe tener de acuerdo a la mínima correlación de fuerzas que exhibe en la Cámara de Diputados y al papel que le corresponde como auténtico articulador en el Chile actual.

Las preguntas que aparecen en el horizonte son básicamente aclarar por qué se ha perdido una senaduría que parecía muy segura. Cabe recordar que, en 1990, fue elegido con abrumadora mayoría Eduardo Frei Ruiz Tagle, y que posteriormente, cuando él fue elegido Presidente, ganó para ese mismo escaño Alejandro Foxley sin grandes dificultades. Soledad Alvear  accedió a ese cupo luego de haber declinado su postulación presidencial a favor de Bachelet el año 2005, y los sectores de izquierda la enfrentaron con una candidatura relativamente débil.

Debería la Democracia Cristiana entrar con toda profundidad en el debate, aún pendiente, sobre los grandes temas que preocupan a la ciudadanía. Para ello tiene un sólido sustento en sus principios fundacionales, que ahora, más que nunca, se encuentran plenamente vigentes frente a un neoliberalismo agotado. Los grandes cambios sólo se podrán construir con una Democracia Cristiana abierta a las transformaciones que se reclaman. En nuestro país es imprescindible un profundo debate de ideas.

Ahora las cosas cambiaron radicalmente. Sin ninguna deuda que pagar, la izquierda enfrentó con su mejor candidato a la Senadora Alvear y puso en la competencia a un Diputado reconocido por su honestidad, calidad y eficiencia en el Congreso y en las canchas electorales. Aún así la buena gestión de Soledad Alvear permitía asegurarle un éxito más o menos claro. Operó para su derrota un segundo aspecto que debe ser analizado con la máxima preocupación. Consiste en que la competencia en la derecha, de una fuerza y profundidad inusitada, llevó a un candidato que tiene características de un caudillo, un estilo que recuerda un poco a Arturo Alessandri, y este candidato Ossandón sin duda penetró en los votos que normalmente votaban por Alvear y contribuyó con ello a  su derrota.

Los hechos que hemos descrito permiten concluir que lo ocurrido no es responsabilidad de la Senadora Alvear ya que hizo una correcta campaña con medios que parecieron inferiores que el resto de los candidatos. No es justificable buscar responsabilidades distintas a las que hemos señalado, pero sin duda  faltó un apoyo más institucional en la DC  y un poco menos de confianza y habría  sido muy útil que Eduardo Frei, por ejemplo, se involucrara directamente en una campaña tan emblemática.

El buen resultado del PDC en materia de diputados y la circunstancia de tener una representación en ambas  cámaras,  más o menos acorde con su fuerza electoral, puede impedir dar un vistazo más profundo al hecho que nos preocupa y que consiste en que sectores de la propia derecha comiencen a horadar el electorado social cristiano y ello puede ser un fenómeno irreversible.

En todo caso, la palabra final la tendrá la propia militancia y los miles de adherentes de un partido que no parece  presentar signos tan decadentes como algunos auguran y que, sin la menor duda, parece ser por los próximos años claramente el que dispone de la llave maestra en el escenario político para los grandes acuerdos. Para tal finalidad debería la Democracia Cristiana entrar con toda profundidad en el debate, aún pendiente, sobre los grandes temas que preocupan a la ciudadanía. Para ello tiene un sólido sustento en sus principios fundacionales, que ahora, más que nunca, se encuentran plenamente vigentes frente a un neoliberalismo agotado. Los grandes cambios sólo se podrán construir con una Democracia Cristiana abierta a las transformaciones que se reclaman. En nuestro país es imprescindible un profundo debate de ideas. Las campañas electorales, por su rápido ritmo, tienden a quedarse en una multiplicación de consignas, que a nadie entusiasman y explican la alta deserción. La abstención electoral que expresa un nihilismo político hace evidente en términos manifiestos una “crisis de legitimidad”. Tal situación debiera llevar a los partidos con base ideológica a realizar un serio y responsable autoanálisis. ¿Por qué en las universidades los partidos no tienen presencia alguna? ¿Por qué tendencias anárquicas alcanzan éxitos electorales en el movimiento estudiantil? ¿Cuáles son los fenómenos sociales y políticos que están en el fondo de tan difícil situación?

Es hora de mirar con atención la luz amarilla.

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