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Abstencionistas, neutrales, indiferentes e idiotas

por 29 noviembre, 2013

Qué penoso y vergonzante resulta que los abstencionistas de hoy no tengan en consideración cuánto nos costó a los chilenos recuperar nuestro derecho a elegir y a autodeterminarnos soberanamente como pueblo. Cuánta cárcel, cuánto exilio, cuánta muerte hay tras este derecho rescatado a votar. Un derecho que hoy parece tan menor y despreciable para quienes nos llaman a ser neutrales, pasivos y abstencionistas en un momento tan clave y decisivo para nuestro país, en el cual ellos prefieren tomar palco.
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En la antigua Grecia, llamaban “idiotas” a los ciudadanos que sólo velaban por su interés particular y privado y que, en consecuencia, se mostraban indiferentes, reacios y refractarios a hacerse cargo de cualquier modo de los asuntos concernientes al interés de la comunidad. Tal conducta era considerada en aquella civilización, cuna de la democracia, como una demostración suprema de irresponsabilidad y, por sobre todo, de egoísmo. Y aunque para entonces ser calificado de idiota representaba un reproche de naturaleza estrictamente cívica o política, el concepto no alcanzaba todavía la definición más actual, que alude a un cierto estado precario de salud mental, de la cual se deriva la consiguiente calidad de agravio que actualmente se le atribuye al vocablo.

Y aunque el concepto actualmente ha sido despojado de su antiguo y original significado, no aparece del todo inapropiada su utilización para calificar como auténtica idiotez la conducta de todos quienes parecen creer que los asuntos públicos en general, incluido el derecho y el deber de participar en la elección de las autoridades, son cuestiones que no les conciernen, ni de lejos, sea en un sentido general o bajo determinadas y especificas coyunturas políticas. Más todavía cuando quienes así razonan y actúan asumen esta posición con un cierto dejo de superioridad. Como queriéndonos decir "puesto que yo no me involucro activamente en política, en general, o me abstengo en esta pasada, poseo una cierta categoría superior respecto a quienes sí lo hacen", pues paradójicamente estos sujetos estiman que los políticos, sin excepción, no hacen otra cosa que promover su propio, subalterno y mezquino interés personal o de grupo.

“La política es sucia y corrupta, yo no me meto en política”, dicen algunos, con un rictus de asco y mirando a quien les reconviene por su indiferencia  y neutralidad cívica con un dejo de desprecio y por encima del hombro. Muy seguros de haber marcado conveniente distancia con una actividad punto menos que delictual.

Qué penoso y vergonzante resulta que los abstencionistas de hoy no tengan en consideración cuánto nos costó a los chilenos recuperar nuestro derecho a elegir y a autodeterminarnos soberanamente como pueblo. Cuánta cárcel, cuánto exilio, cuánta muerte hay tras este derecho rescatado a votar. Un derecho que hoy parece tan menor y despreciable para quienes nos llaman a ser neutrales, pasivos y abstencionistas en un momento tan clave y decisivo para nuestro país, en el cual ellos prefieren tomar palco.

“Todos los políticos son iguales”, replica otro, tratando de justificar su inacción e indiferencia con el argumento de que al final da exactamente lo mismo una opción que cualquier otra. E insinuando que la política y los políticos en general representan en verdad una especie de puesta en escena, una suerte de conspiración protagonizada por una cofradía que abarca e implica a todo el espectro político conocido. Desde los anarcos y ultrones por la izquierda, hasta la extrema derecha y los poderes fácticos empresariales, en cuyo entramado el neutral e indiferente no tiene opción ninguna de hacer parte. Ni tampoco le interesa en lo más mínimo.

“Me da lo mismo quien gane las elecciones,  igual tendré que seguir trabajando”, me dice rotundo un taxista. Como si acaso fuera dable de esperar que alguien le ofreciera un programa de gobierno consistente en una siesta permanente o algo semejante. "Para qué vivir entonces, si de seguro todos vamos a morir", le replico, y el sujeto me mira por el retrovisor con cara de pregunta.

“Yo no soy de derecha ni de izquierda”, solemos escuchar de los neutros e indiferentes, tratando de justificarse. Como si no fuese evidente que quien hace semejante afirmación casi siempre piensa y actúa como de derecha.

El apoliticismo del que tantos y con tan malas razones se ufanan, que es como decir la indiferencia, la neutralidad, el egoísmo y el abstencionismo, no son actitudes de las cuales alguien puede sentir ninguna clase de orgullo. Pues en verdad cabe estimar al apoliticismo como una lacra social que es preciso erradicar.

Una sociedad despolitizada, abstencionista e indiferente, es una sociedad indemne e indefensa. El apoliticismo es un veneno que, como está ampliamente demostrado, no suele acarrear más que desgracias públicas. Como el caudillismo, el populismo y a la postre hasta la dictadura y el fascismo.

Y  aunque puedan resultar de algún modo comprensibles, mas no justificables, este tipo de actitudes de parte de los ciudadanos de a pie, especialmente en vista del descrédito y pérdida de legitimidad creciente de la actividad política en general, y de la partidaria en particular, por obra y gracia de sus propios gestores, no resulta admisible que estas conductas sean promovidas y estimuladas por quienes fungen o pretenden actuar como líderes políticos.

Quienes como Roxana Miranda, Marcel Claude y Marco Enríquez-Ominami, hasta hace muy poco y en sus respectivas calidades de aspirantes a la Presidencia no escatimaban recursos para llamar a sus potenciales partidarios a concurrir a votar, ahora desde la derrota han devenido sorpresivamente en abstencionistas entusiastas y consumados. Para lo cual aparecen esgrimiendo argumentos peregrinos y mentirosos, como aquel según el cual las opciones políticas encarnadas por Matthei y Bachelet serían más o menos lo mismo, razón por la cual lo que cabría sería adoptar una actitud abstencionista, distante y neutral.

Aquellos hasta hace poco le hablaban al país, los que argumentaban desde el compromiso hacia una mejor política, más inclusiva y participativa. Quienes convocaban a no quedarse en casa y a salir a votar por ellos, quienes proclamaban hasta ayer la necesidad imperiosa de activarse políticamente, de movilizarse, de comprometerse y tomar partido, hoy se dan una voltereta circense  y nos invitan a la neutralidad, la indiferencia, la pasividad y la falta de compromiso. Pues no es otra cosa, al final de cuentas, el abstencionismo que proclaman como actitud política ciudadana frente a la segunda vuelta presidencial.

Es muy grave por sí mismo el oportunismo, la incongruencia y la mezquindad que este llamamiento implica, propio de malos perdedores y peores aspirantes a conductores políticos de masas, con cuya postura se revelan reacios a respetar las reglas elementales de la democracia. Pero es todavía peor que así procedan, con la declarada intención de intentar restar legitimidad y base social y electoral al gobierno de la Nueva Mayoría, que con toda probabilidad emergerá de las urnas el día 15 de diciembre.

Desean que el abstencionismo sea grande, para hacer números sobre el padrón electoral, el cual hoy elevan hasta el infinito para tratar de restar representatividad a la fuerza vencedora en primera vuelta. Pero ni reparan en que ese mismo e hipotético universo electoral que proponen, de ser efectivo, haría todavía más magros sus propios resultados.

Qué penoso y vergonzante resulta que los abstencionistas de hoy no tengan en consideración cuánto nos costó a los chilenos recuperar nuestro derecho a elegir y a autodeterminarnos soberanamente como pueblo. Cuánta cárcel, cuánto exilio, cuánta muerte hay tras este derecho rescatado a votar. Un derecho que hoy parece tan menor y despreciable para quienes nos llaman a ser neutrales, pasivos y abstencionistas en un momento tan clave y decisivo para nuestro país, en el cual ellos prefieren tomar palco.

Y hasta se ríen, majaderean y se burlan estos abstencionistas de última hora. Cómo se les nota que no estuvieron cuando las papas quemaban. Lástima por ellos, pero ya supimos claramente cuánto efectivamente pesan en materia de adhesión popular.

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