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El curioso caso de los jóvenes viejos

por 29 noviembre, 2013

Es el curioso caso de Kast y sus amigos. Los señalados nuevos líderes de la candidatura de Matthei que han sido presentados como la derecha “joven y liberal”. Y dejando a un lado algunas imágenes paganas que difícilmente se nos borrarán de la retina de la mínima estética política –como, por ejemplo, la de verlos entonando coralmente junto a un grupo de colaboradores de la dictadura un patético “sí se puede”–, su aparición merece un par de comentarios y no –lamentablemente– muchos más.
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No eres partidario del acceso a la educación de modo gratuito y de calidad. Tampoco de que los ciudadanos se doten de una nueva Constitución, menos de que eso se haga de modo participativo en una Asamblea Constituyente.

Te parece mala idea subir sustantivamente los impuestos en medio de una de las sociedades más desiguales del mundo. Menos reformar el Plan Laboral de la dictadura y otorgar derecho de huelga efectivo a los trabajadores.

De hecho, no te molesta la desigualdad, sólo te incomoda la pobreza. Y la única defensa que te motiva es la de las inversiones y crees que la mayor reforma al modelo chileno es corregir la ley de protección al consumidor.

Y, en fin, defiendes todo aquello que –salvo la excitación por los uniformes– habría defendido Pérez de Arce si tuviera 40 años menos.

Después de todo eso te surge una duda punzante: ¿eres joven o viejo?

Una respuesta realmente sorprendente es que quizás ninguna de las dos, sino ambas.

Pero ¿cómo se puede ser un joven viejo?

Es el curioso caso de Kast y sus amigos. Los señalados nuevos líderes de la candidatura de Matthei que han sido presentados como la derecha “joven  y liberal”. Y dejando a un lado algunas imágenes paganas que difícilmente se nos borrarán de la retina de la mínima estética política –como, por ejemplo, la de verlos entonando coralmente junto a un grupo de colaboradores de la dictadura un patético “sí se puede”–, su aparición merece un par de comentarios y no –lamentablemente– muchos más.

Es el curioso caso de Kast y sus amigos. Los señalados nuevos líderes de la candidatura de Matthei que han sido presentados como la derecha “joven  y liberal”.

Y dejando a un lado algunas imágenes paganas que difícilmente se nos borrarán de la retina de la mínima estética política –como, por ejemplo, la de verlos entonando coralmente junto a un grupo de colaboradores de la dictadura un patético “sí se puede”–, su aparición merece un par de comentarios y no –lamentablemente– muchos más.

De partida, sus ideas no tienen nada de nuevas. Son las mismas recetas propias del hechizo neoliberal –más mercado, menos Estado– que Chile lleva aplicando por décadas y cuyo resultado es un país crecientemente más rico y escandalosamente desigual.

Y lo peor, ni siquiera parece que sean liberales. Desconfían profundamente de la libertad de las personas y su capacidad para dotarse de sus propias reglas, de ahí que rechacen que sean los propios ciudadanos los que decidan, en ejercicio de su autonomía, cómo quieren vivir en comunidad.

A su idea de libertad le queda grande ya no sólo una Asamblea Constituyente, sino todo lo que no sea consumo. La libertad para nuestros “jóvenes viejos” funciona para elegir a qué mall ir de compras o a qué Isapres darás tu dinero. Pero ahí –en el acto del consumo– se agota todo.

De hecho, desde que aparecieron estos “jóvenes viejos” el discurso de su candidata efectivamente dio un giro: ahora es inverosímilmente evangélico y conservador. Su gobierno, ya lo sabemos, no hará nada “que contravenga a la Biblia”.

¿En qué discurso político joven y liberal cabe la idea de que la acción de gobierno tendrá como límite el no contravenir las prescripciones de una religión?

Y es que ahí está el corazón de la cuestión: estamos frente a jóvenes profundamente conservadores, jóvenes cuya alma política envejeció antes de tiempo. No hay mucho más que esperar de ellos: defenderán el modelo económico igual que si tuvieran cien años. Nada que se parezca a una derecha inclusiva, abierta a las minorías y sensible a un mínimo de derechos sociales.

No hay drama, en todo caso, para nuestros “jóvenes viejos”. No están solos. A su lado, en la triste foto de la política chilena de estas décadas, estarán rodeados de “viejos viejos”, esos a los que la edad les fue apagando con la misma velocidad, tanto la sed de cambios, como la fuerza de sus músculos.

Y esos están repartidos por todos lados. Desde Novoa a Escalona.

Al final, la idea de que estos jóvenes representan una nueva derecha no pasará –lamentablemente– de una estrategia de desesperación electoral de la candidata teológica.

Vinos viejos en odres nuevos, creo que se dice.

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