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Perfil de uno de los asesores más estrechos de Bachelet

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Robinson Pérez: el último guerrillero

por 29 noviembre, 2013

Robinson Pérez: el último guerrillero
Gutiérrez, más la fracción de Pérez y otros grupúsculos, darán vida entonces al PS Salvador Allende, que tendrá escasa resonancia pública, presentándose a algunas elecciones universitarias –la Fech, por ejemplo, con Juan Pablo Scroggie, proveniente de la familia Alessandri–, aunque no durarán mucho: el paro del 2 y 3 de julio de 1986, más el intento de asesinato de Pinochet dos meses después, acaban con la vía insurreccional y, por supuesto, con la fracción socialista de Robinson Pérez, que, por entonces, había articulado un pequeño centro de estudios –Andes– donde alcanzan a publicar algunos números, y donde el personaje en cuestión se dedicaba a su especialidad: los análisis de coyuntura.
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Eduardo Gutiérrez en su libro Ciudades en las sombras relata una reunión llevada a cabo en Moscú en 1980, a la que asiste como miembro del comité central del interior del PS (Chile) y que se desarrolla en conjunto con el secretariado exterior (la dirección de Almeyda), bajo la estricta supervisión del PCUS, y con un doble propósito: evaluar la acción de los socialistas en Chile en el contexto de la evidente institucionalización del régimen de Pinochet, y como telón de fondo la presión del PC soviético para que aquella fracción aprobase la invasión de la URSS a Afganistán, como ocurrió finalmente. Gutiérrez relata que al llegar a Berlín se encuentra con “muchos compañeros que no conozco: Fidelia Herrera, Rolando Calderón, María Elena Carrera”, [y] “otros son camaradas  de la Juventud Socialista  del año 70: Gregorio Navarrete y Robinson Pérez”. El primero, de prominente revolucionario pasó a ser hoy un próspero empresario en la actual Rusia y amigo personal de Vladimir Putin. El otro, en tanto, es el asesor principal de la próxima Presidenta de Chile, a quien conoce desde su exilio en la “ciudad de las brumas”.

Robinson Pérez, ex militante de la Organa (la facción más dura de los Elenos) durante la UP, se transformó en el exilio en uno de los hombres más cercanos a Almeyda y en esa condición llegó a formar parte de la  selecta corte del ex ministro de Relaciones Exteriores de Allende en Berlín. También, en esa condición fue uno de los encargados de la revista Cuadernos de Orientación Socialista (COS), que se editaba periódicamente en la RDA. Allí, por ejemplo, escribía ya en 1980, en el número uno de la publicación, un texto que pareciera tener mucha vigencia hoy, El dilema del PDC: “En los últimos meses se han acentuado las diferencias y tensiones internas en la Democracia Cristiana”, comenzaba señalando el artículo. Quienes lo conocieron hablan de él como un tipo muy lúcido y brillante intelectualmente –razón por la cual lo habría reclutado Almeyda–, aunque “con algunas dificultades con el cable a tierra”.

En la paranoia del exilio, algunos llegaron a plantear que su caída en desgracia en el círculo de Almeyda estuvo dada por la presentación de un supuesto plan descabellado para derribar a la dictadura: con apoyo de buques de guerra de los socialismos reales, la insurgencia chilena, a cuya cabeza vendría el aparato militar del PS (y por supuesto, él mismo), se tomaría el puerto de Valparaíso y, una vez reducida la marina chilena, se avanzaría sobre Santiago, hasta provocar la caída de la dictadura. Pérez y un pequeño grupo que lo apoya  entonces, son expulsados de la organización por “actividad fraccional”.

Su ruptura con Almeyda comenzó cuando en el mismo medio (COS, N° 10/febrero de 1982), publicó un capítulo lleno de citas y de reflexiones en la vieja lógica de análisis de la izquierda marxista (correlación de fuerzas/Grupo dominante/la Burguesía) que bajo el paraguas de la “Realidad nacional”, tituló “Tendencia de la lucha política en Chile”. En la columna, además de describir con muchos datos la inminente crisis del régimen, planteaba, en especial en el punto 5 –Hacia la radicalización de las masas–, que en Chile era más bien la clase obrera sin conducción la que estaba poniendo en problemas al régimen y sugiere por tanto avanzar “en la lucha política en otros escenarios”, pues “las 170 acciones violentas y armadas contra la dictadura militar que se llevaron a cabo durante el año pasado (1981) revelan con claridad que en el país existe una fuerza político-militar incipiente que enfrenta al régimen y que lentamente se generalizará la violencia”. Por último en tono irónico y seguramente como una casi abierta crítica a sus máximos dirigentes señalaba que “más de dos años de análisis críticos y seminarios no han resuelto mucho, en cambio… en el movimiento [la lucha en la calle] es mucho más fácil ir abordando y resolviendo los problemas existentes”. De allí en adelante su rastro se pierde en la revista y hasta su extinción en el número 26 (1987) su nombre no volverá a aparecer. A excepción, claro, de que haya escrito un provocador artículo en el Número 13 (enero/1983) bajo el pseudónimo de Alejandro Cifuentes, cuyo título habla por sí mismo: “La perspectiva insurreccional: un desafío para la conducción política”, siendo el motivo que provocó su caída definitiva.

Los viejos almeydistas indican que, en la lógica del giro copernicano que pretendía dar esa fracción –el puente entre el PC y el PDC y la “política de la “larga espera”–, aquellos exabruptos no se ceñían al formato de los dirigentes tanto del exterior (Almeyda), como del Interior (Correa, Solari), y Pérez acabó siendo separado de sus funciones y virtualmente expulsado de la colectividad. En la lógica de la izquierda en la época –sin medios de comunicación ni estructuras democráticas–, se ciñó sobre su figura, una campaña del terror que, en el contexto de la RDA, permitió que su nombre estuviera casi prohibido. Algo así como el innombrable. Es más, en la paranoia del exilio, algunos llegaron a plantear que su caída en desgracia en el círculo de Almeyda estuvo dada por la presentación de un supuesto plan descabellado para derribar a la dictadura: con apoyo de buques de guerra de los socialismos reales, la insurgencia chilena, a cuya cabeza vendría el aparato militar del PS ( y, por supuesto, él mismo), se tomaría el puerto de Valparaíso y una vez reducida la marina chilena, se avanzaría sobre Santiago, hasta provocar la caída  de la dictadura. Pérez y un pequeño grupo que lo apoya  entonces, son expulsados de la organización por “actividad fraccional”.

Enseguida, con los pocos recursos que logra reunir monta un pequeño aparato partidario en Bélgica que se conoció como “El PS Bruselas” y que coincide en el tiempo con la mayor dispersión del socialismo chileno. Luego del Pleno de Buenos Aires de 1984 donde –según Gutiérrez– Almeyda y una parte de la Dirección interior alternan la correlación de fuerzas internas y terminan acusando a “Los Comandantes” de “práctica fraccional”, lo que significa su separación de la vocería y luego de la Comisión Política de la organización.

Gutiérrez, más la fracción de Pérez y otros grupúsculos, darán vida entonces al PS Salvador Allende, que tendrá escasa resonancia pública, presentándose a algunas elecciones universitarias –la Fech, por ejemplo, con Juan Pablo Scroggie, proveniente de la familia Alessandri–, aunque no durarán mucho: el paro del 2 y 3 de julio de 1986, más el intento de asesinato de Pinochet dos meses después, acaban con la vía insurreccional y, por supuesto, con la fracción socialista de Robinson Pérez, que, por entonces, había articulado un pequeño centro de estudios –Andes– donde alcanzan a publicar algunos números, y donde el personaje en cuestión se dedicaba a su especialidad: los análisis de coyuntura. Pero llegó la transición (y con ello la negociación) y para este grupo “sustentar esta última tesis significó que las posiciones de izquierda más radicales quedaran fuera de los márgenes de la negociación y su posterior desaparición como alternativas viables”. La mayoría de estos subgrupos, por distintas vías reingresó al PS durante los 90. A Robinsón Pérez se le vio coqueteando con los Renovados, sin que éstos le prestaran mayor atención. Se supo después que hacía informes como analista para algún ministerio político, hasta que durante el gobierno de Bachelet, junto a otros antiguos “Berlineses”, aterriza en la oficina de Juan Carvajal y desde allí teje la red que lo tiene hoy transformado, junto a otra ex revolucionaria (María Angélica Álvarez, la Jupy), en protagonista del círculo más íntimo de la próxima Presidenta y quien controla lo que se dice y no se dice desde el Comando. Es la historia de uno de los últimos rebeldes que, ya tarde en los 90, inició su descenso desde la sierra.

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