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El aborto como utopía política

por 2 diciembre, 2013

La discusión, hay que decirlo, no va por el tema del aborto terapéutico, cuestión aceptable por simple lógica y compasión; lo erróneo es querer meter como aborto terapéutico el aborto resultado de una violación. ¿No será justo no hacer revivir a la niña, al ver a su hijo, la ofensa recibida?, la bondad de las personas es mayor a la maldad de algunos. Pero este aborto por causa de violación es equivalente al aborto a todo evento, al aborto como control natal.
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Una niña de 13 años fue violada durante seis o siete años por su abuelo, y resulta que lo central no es la depravación del sujeto, no es la repulsión del incesto; tampoco el pedir aumento de penas al violador consanguíneo ni el horror ante el descuido de unos padres. Al contrario y como ya es corriente, se propone terminar “el problema” de la niña matando al fruto del delito, el niño que está por nacer, el cual, quiérase o no, no pidió ser concebido y que, como todo infante que ya existe, se esfuerza por nacer.  Nadie quiere proponer ideas de cómo apoyar a la niña madre, cómo acompañarla en su desarrollo psicológico, corporal y social; de qué modo puede proseguir sus estudios. Grupos pseudoprogresistas y pseudoilustrados quieren “liberarla” de un ser humano. Es decir, al dolor de un embarazo indeseado, suman la culpa de un homicidio.

Voces autorizadas por la experticia en farándula, otras autoproclamadas liberales y progresistas de izquierda, sostienen que el aborto es aplicable en este caso. Lo más repugnante es cuando se acusa a las autoridades y a los opositores del aborto de violar los derechos humanos de las mujeres.  Para todos los que sufrimos reales violaciones de nuestros derechos humanos básicos, la vida incluida, darle carácter de derecho humano a la privación de la vida de otro es monstruoso, aunque sostenerlo no sea políticamente correcto ni esté de moda.

Es interesante examinar la conexión izquierda con aborto y ver cuán progre es la reivindicación que se enarbola. La izquierda en Europa a comienzos del siglo XX proclamó el “maternalismo” como su propuesta para las mujeres trabajadoras, es decir, mejorar las condiciones de las madres que trabajaban fuera del hogar, es la lucha por guarderías, salas cunas, escuelas, permisos para lactancia, todavía no hay nada parecido al peri o postnatal. Esta propuesta se afianzará luego de la sangrienta Primera Guerra Mundial en que la población quedó bastante menguada. Ni siquiera Alexandra Kollontai, la extravagante amiga de Lenin, logró imponer el aborto como medio de control natal (porque los abortistas contemporáneos quieren el aborto a todo evento, en lo posible con cargo al Estado, gratuito y, obvio, de calidad). El aborto fue una demanda de burgueses individualistas; para el pueblo un embarazo y un parto son acontecimientos sociales y en que, una vez conocido el bebé, todos se regocijan y lo quieren.

La discusión, hay que decirlo, no va por el tema del aborto terapéutico, cuestión aceptable por simple lógica y compasión; lo erróneo es querer meter como aborto terapéutico el aborto resultado de una violación. ¿No será justo no hacer revivir a la niña, al ver a su hijo, la ofensa recibida?, la bondad de las personas es mayor a la maldad de algunos. Pero este aborto por causa de violación es equivalente al aborto a todo evento, al aborto como control natal.

La matanza de niños como resultado del goce sexual fue, hasta los noventa, idea de excéntricos (Otto Gross o seguidores herejes del psicoanálisis) con poca sustentación comunitaria, insociales que querían vivir en comunidades cerradas para unos pocos y selectos; es el espíritu de secta en donde las leyes las ponen unos iluminados y los demás, sumisos, acatan.

Fue en 1969 cuando las inglesas se organizaron para, desde una visón izquierdista, por la “liberación de la mujer”, en un sentido paralelo a los Frentes de liberación anticolonialistas de la época; mejores condiciones para las trabajadoras, para las madres y, sobre todo, para democratizar las relaciones entre hombres y mujeres. Esto coincide con el surgimiento de la izquierda revolucionaria,  que estimuló experiencias políticas directas, una vivencia contracultural de los jóvenes, más una revisión del marxismo, la fenomenología y el psicoanálisis. Con todo, la Ley del aborto de 1967 en Inglaterra es un dato anterior que no muestra avances en la condición de la mujer en materia de sindicalización, igualdad salarial; de otro modo, conceder el aborto no implicó cambios en las condiciones de las asalariadas, pues era una demanda de una clase diferente. El problema con la izquierda en general comienza cuando se pasa de los movimientos de liberación femenina al feminismo, en que se politizan nuevos temas que se suman a los temas históricos de las mujeres. Al tradicional maternalismo centrado en la crianza de los hijos, su escolarización adecuada, las guarderías, las condiciones de trabajo, la carrera laboral, la vivienda, la protección del embarazo, la asistencia a las mujeres abandonadas, la salud, se añade lo que Eva Illouz ha descrito tan bien en su obra: la aparición del capitalismo emocional. Las emociones que las feministas en su época comenzaron a relevar, la soledad, la sensación de no estar realizadas, la angustia, todo aquello que las vincula con los demás, como maridos, compañeros sentimentales, hijos o padres, deben ser modificados por la terapia. Es la búsqueda de la satisfacción y la autorrealización, es ponerlas como centro de una felicidad cada vez más deseada pero, al mismo tiempo, elusiva e inalcanzable. En su versión burda el capitalismo emocional es antimasculino.

No son pues ideas progresistas de ninguna clase, aunque cuando la izquierda se sintió derrotada con la extinción de la Unión Soviética y del así llamado socialismo real, se quedó sin banderas (lo que le debió haber ocurrido nunca a la tradición socialdemócrata ni a la izquierda revolucionaria), el feminismo tuvo nuevas banderas que agitar. Aunque ello significara la renuncia a querer transformar el mundo, que es el verdadero objetivo de la izquierda.

Por ello es posible que se ponga como propósito, en nombre de derechos individuales, egoístas y burgueses el homicidio de fetos. Si ser progresista es querer profundizar la democracia y los derechos humanos, el derecho a la vida debe ser respetado siempre. Muchos abortistas argumentan que los ricos y poderos abortan cómo y cuándo quieren; quiero seguir creyendo que los pobres no son envidiosos ni seguidistas de sus adversarios.

La discusión, hay que decirlo, no va por el tema del aborto terapéutico, cuestión aceptable por simple lógica y compasión; lo erróneo es querer meter como aborto terapéutico el aborto resultado de una violación. ¿No será justo no hacer revivir a la niña, al ver a su hijo, la ofensa recibida?, la bondad de las personas es mayor a la maldad de algunos. Pero este aborto por causa de violación es equivalente al aborto a todo evento, al aborto como control natal. Sí, porque hace ya varios años que se ha construido un concepto, la violación intramatrimonial (bueno, quizás haya que incluir la violación intraconvivencial para ser más realistas); legitimada esta figura, se legitima toda clase de aborto.

Así, pues, el abortismo no es más que una concepción reaccionaria; de un progresismo que se rindió al pensamiento ajeno y sin ideales, meramente utilitario, que tiene al ser humano como un medio.

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