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La derecha y el eterno discurso del terror

por 6 diciembre, 2013

A falta de argumentos y de estar ad portas de una derrota político cultural, la derecha recurre a la construcción de imaginarios como una forma de defender su proyecto hegemónico, y para aquello caricaturiza y denuesta al adversario político. En todo caso, los resultados de todo esto, ya los sabemos, así quedó democráticamente demostrado por ejemplo en 1938, 1970 y 1988.
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Días atrás, a través de las páginas de El Mercurio, se reproducían las palabras de la historiadora Lucía Santa Cruz, la cual señalaba que el programa de Michelle Bachelet era el primer escalón para el “establecimiento del socialismo en Chile”. En esa misma línea, otros dirigentes políticos e intelectuales de derecha han comentado que el programa de la Nueva Mayoría busca convertir a Chile en una especie de segunda Venezuela (parece que ya se olvidaron de Cuba). Qué decir de la candidata Evelyn Matthei, la cual ha indicado que las propuestas en materia valórica de la abanderada de la “izquierda” buscan debilitar la familia y atentar contra la vida.

Si se concatena cada una de estas expresiones y comentarios, en el fondo existe un denominador en común, instituir –vía discurso y propaganda– una cultura del miedo y el terror en la población en vista de la segunda vuelta presidencial. Ahora, ¿esta práctica política es nueva en nuestra historia, especialmente de parte de la derecha? Por supuesto que no. En determinadas coyunturas eleccionarias o momentos políticos del Chile contemporáneo y reciente, la derecha chilena, sus dirigentes, intelectuales y medios de comunicación afines, han recurrido al mismo discurso y campaña del miedo y el terror, especialmente cuando su proyecto hegemónico se ve amenazado o cuestionado por determinadas fuerzas o movimientos transformadores.

Rememoremos sólo algunos ejemplos de estas viejas prácticas. Con ocasión de la campaña presidencial de 1938, el Frente Popular (alianza de radicales, comunistas y socialistas) y su candidato Pedro Aguirre Cerda, debieron enfrentar los constantes ataques de la derecha y su candidato Gustavo Ross Santa María, quienes anunciaban los “peligros” y “desastres” que significarían para el país que un Frente Popular llegara al gobierno, en clara alusión a lo que había ocurrido con la experiencia del Frente Popular en España y la consecuente guerra civil.

A falta de argumentos y de estar ad portas de una derrota político cultural, la derecha recurre a la construcción de imaginarios como una forma de defender su proyecto hegemónico, y para aquello caricaturiza y denuesta al adversario político. En todo caso, los resultados de todo esto, ya los sabemos, así quedó democráticamente demostrado por ejemplo en 1938, 1970 y 1988.

Décadas más tarde, en plena Guerra Fría y con ocasión de la campaña presidencial de 1964, los sectores opositores a la candidatura de Salvador Allende, montaron una intensa campaña del terror, señalando –entre otras cosas– que el país debía elegir entre dos opciones, una democrática y otra totalitaria (la de izquierda). Asimismo, el peligro que podía significar para Chile una opción de corte marxista, dando a conocer imágenes de soviéticos y cubanos atacando iglesias, mujeres y niños. Similar estrategia se repitió para la elección presidencial de 1970, cuando la Unidad Popular llegó al gobierno. Estrategia opositora que se prolongó durante los tres años de conducción socialista, hasta el derrocamiento de Salvador Allende.

Producido el golpe de Estado de 1973, el discurso binario, maniqueo y la campaña antimarxista se desplegó con toda intensidad. Las alusiones a los enemigos, antipatriotas e indeseables, fueron recurrentes por aquellos días para calificar a todos aquellos que eran vistos por la dictadura como opositores al nuevo régimen. Este discurso de la política visto como una guerra, operó durante todo el Régimen de Augusto Pinochet, en algunos momentos con mayor intensidad que en otros, por ejemplo: con ocasión del golpe militar; para la consulta de 1978, en la cual se llamaba a respaldar a Pinochet “frente a la agresión internacional desatada en contra de nuestra patria”; el plebiscito de 1980, retornar a los mil días negros de la Unidad Popular o seguir un camino patriótico, por lo tanto, decir “Sí a la Constitución de la libertad”; las protestas de 1983 a 1986, en las cuales Augusto Pinochet y sus colaboradores civiles no dudaron en reiterar (en más de una ocasión) que estábamos en una guerra, entre el marxismo y la democracia, aludiendo que ellos eran los depositarios de los valores y principios democráticos del país.

Mismo escenario, se repitió para el plebiscito de 1988, cuando la dictadura señaló que apoyar la opción No, significaba volver inexorablemente al gobierno de la Unidad Popular, es decir, al caos, colas, desorden, estatismo, tomas, intervenciones y desempleo, entre otras cosas.

En consecuencia, ha pasado el tiempo y en la actual coyuntura eleccionaria, la derecha nuevamente vuelve ha desempolvar aquellas viejas estrategias de campaña, esta vez para señalar que un eventual gobierno de Michelle Bachelet significará la instauración del socialismo en Chile, con todas las (nefastas) consecuencias que eso acarrea.

En el fondo, a falta de argumentos y de estar ad portas de una derrota político cultural, la derecha recurre a la construcción de imaginarios como una forma de defender su proyecto hegemónico, y para aquello caricaturiza y denuesta al adversario político. En todo caso, los resultados de todo esto, ya los sabemos, así quedó democráticamente demostrado por ejemplo en 1938, 1970 y 1988.

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