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¿El primer paso hacia el socialismo?

por 11 diciembre, 2013

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La Consejera del Instituto Libertad y Desarrollo Lucía Santa Cruz causó revuelo con su afirmación de que el programa de Michelle Bachelet, particularmente su promesa de avanzar hacia la gratuidad en la educación, era un escalón hacia el establecimiento del socialismo en Chile. De poco sirvió que respondiera a sus críticos que ella se había limitado a citar una afirmación de Karol Cariola, diputada electa y secretaria general de las Juventudes Comunistas. Al parecer la historiadora Santa Cruz, cuya obra más difundida pareciera ser un libro de recetas de cocina, carece de la sensibilidad por el contexto situacional del discurso político que caracteriza a historiadores de las ideas como J.G.A. Pocock y Quentin Skinner.

La respuesta de Tomás Moulian devolvió el asunto al plano de la seriedad. La educación gratuita es absolutamente compatible con la existencia de una sociedad capitalista, señaló, apuntando hacia Europa. Que Moulian haya logrado restituir empleabilidad en el discurso público nacional a este concepto –el capitalismo– podría ya ser considerado como un saldo favorable de esta anécdota. A las palabras de Moulian, por cierto, cabría haber agregado que no es sólo la educación gratuita lo compatible con el capitalismo. También lo son otros derechos sociales como la salud gratuita y la seguridad social solidaria, y diversos derechos específicamente laborales como la vigencia efectiva de la negociación colectiva y del derecho a huelga, entre muchos otros dispositivos institucionales inexistentes en Chile pero presentes en numerosas sociedades capitalistas.

Ahora bien, hasta aquí el análisis permanece en los confines de lo politológico, de lo comparativo, sin penetrar en el ámbito de lo político, de lo semántico. Pues en esas sociedades capitalistas, la gratuidad en el acceso a ciertos bienes primarios –los derechos sociales– pueden significar dos cosas muy distintas entre sí. Por un lado, puede que ellos sean un germen de socialismo, tanto en el sentido simbólico-cultural de que mediante un proceso de pedagogía lenta (Atria) dichos derechos sociales enseñen qué es el socialismo, como en el sentido socio-causal de que ellos sienten las condiciones para la emergencia futura del socialismo. Por el otro, puede que la gratuidad en la educación, y los derechos sociales en general, no sean un paso hacia nada más que hacia sí mismos, un punto de partida y de llegada, como hasta el momento pareciera haber sucedido en la Europa capitalista.

Nuestro análisis debe entonces avanzar hacia el ámbito de la semántica política. Al margen de si estáticamente la gratuidad en la educación es compatible con una sociedad capitalista, ¿significa ella un paso hacia el socialismo? La respuesta tendría que ser un cauto depende. Partamos observando que la gratuidad en la educación, de ser vista como un paso hacia algún lado, no sólo puede ser vista como un paso hacia el socialismo, sino también hacia varias otras concepciones de lo que caracterizaría a una sociedad ordenada según criterios de justicia. Así, la educación gratuita podría ser vista como un paso hacia un republicanismo que entienda la libertad como ausencia de dominación al interior de la sociedad. También ella podría ser entendida como un paso hacia un liberalismo que entienda a la justicia como imparcialidad. Incluso ella podría ser concebida como un paso hacia un liberalismo que, privilegiando en general la concepción negativa de la libertad (libertad como ausencia de interferencia) por sobre la concepción positiva de la libertad (libertad como posibilidad efectiva de acción), de todas maneras se tome en serio la idea de igualdad de oportunidades, contexto conceptual más que idóneo para respaldar la gratuidad en la educación.

Lo cierto es que la única concepción de lo justo político que es incompatible con la gratuidad en la educación es el anarcocapitalismo que sirve de feble justificación al neoliberalismo. En ese sentido, la gratuidad en la educación es, indiscutiblemente, un paso hacia lo lejos, away, del neoliberalismo anarcocapitalista. Tan sólo eventualmente puede llegar a ser un paso hacia algún lugar; tan sólo eventualmente dicho lugar será el socialismo, habida consideración de que hay muchos otros destinos compatibles con la gratuidad en la educación.

Ahora, la discusión política de la interrogante sobre la relación entre gratuidad en la educación y socialismo es semántica no sólo en el sentido de que supone adscribirle un significado a la medida en cuestión –la gratuidad–, sino también, y sobre todo, al eventual punto de destino, el socialismo. La primera cuestión depende intensamente de la segunda. Esto, porque habremos sabido si la gratuidad era un paso hacia el socialismo sólo cuando hallamos llegado a él, o bien cuando lleguemos a algún otro estado de cosas irremediablemente incompatible con el socialismo –el fin de los tiempos– sin que jamás hayamos presenciado su llegada. Así, la pregunta central es cuál es la sociedad socialista, y en qué es incompatible, distinta, de la sociedad capitalista. Respondiendo a estas preguntas podremos saber si la gratuidad en la educación nos encamina en esa dirección.

La discusión sobre qué es el socialismo dada desde la adhesión a dicho proyecto –desde el punto de vista interno al socialismo, podríamos decir– tiene larga data, y admite, como todo concepto político, esencialmente discutido, una enorme variedad de respuestas. No corresponde pretender zanjar este debate aquí. En todo caso, sí podemos, a lo menos, poner sobre la mesa algunos elementos para la reflexión.

En primer lugar, esta discusión debe reposicionarse en el espacio público, en la senda de lo que han hecho Cariola y Moulian. Hay que volver a hablar de socialismo en público. En segundo lugar, este volver a hablar de socialismo desde perspectivas que se identifican con tal concepto deben buscar neutralizar políticamente la crítica que no sólo no se identifica con el mismo, lo que es desde luego legítimo, sino que además lo caricaturiza, lo que es inaceptable. Por eso, arrebatos como los de Lucía Santa Cruz deben ser denunciados como lo que son, ejercicios violentos de marginación del proyecto político de la izquierda que continúan discursivamente la violencia física empleada por la dictadura cívico-militar contra los cuerpos de los militantes de izquierda.

Por último, no dejemos pasar la oportunidad de bosquejar una respuesta a la pregunta central. ¿Qué es el socialismo? Y, ¿por qué la gratuidad en la educación podría ser un paso hacia él? Nos parece que una concepción modernista del socialismo debe ver los múltiples dispositivos culturales y tecnológicos surgidos durante la modernidad como instrumentos para la emancipación humana de las dependencias materiales y sociales que le impiden a los individuos realmente existentes alcanzar su realización plena. Una de los disposiciones sociales históricamente más denunciadas por el socialismo es la estratificación social –la sociedad de clases–, la cual, como ha documentado entre otros Bourdieu, a menudo emplea precisamente a los dispositivos educacionales como espacio de reproducción y amplificación.

Por eso, la gratuidad en la educación será un paso hacia el socialismo si, y sólo si, contribuye a horadar, aun cuando sea lentamente, la estratificación social intergeneracional que reina en las sociedades capitalistas. Que eso llegue a ocurrir depende, desde luego, de medidas que establezcan gratuidad y calidad en la educación; pero no sólo de ello. Es, en todo caso, una meta políticamente relevante, y que puede constituir un objetivo programático que le de conducción de largo plazo a proyectos políticos de izquierda. Quizás en ese proceso, algún día podamos retrospectivamente mirar al presente y conjeturar que algún rol le cupo a Lucía Santa Cruz en el establecimiento del socialismo en Chile.

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