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El fin del ciclo de la PSU

por 13 diciembre, 2013

La evidencia muestra que la gran brecha en la distribución del ingreso hace que la PSU sea un elemento que no favorece la llegada de los jóvenes de estratos más carenciados al nivel universitario, pues quienes han tenido acceso a un buen nivel de conocimientos pueden hacerlo y, según todas las estadísticas, salvo excepciones, son los colegios más caros los que tienen mayor porcentaje de egresados con acceso a las universidades.
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Terminar con la PSU no es más que cumplir el compromiso que se hizo cuando se instauró, que iba a ser una prueba transitoria, la que –como suele ocurrir en nuestro país– se fue quedando. A pesar de todas las críticas a la PAA, esta medía aptitudes, no únicamente contenidos como ahora, por lo que era mucho menos segregadora.

Sin embargo, se puede aprovechar el rechazo que ha suscitado la PSU para avanzar hacia un sistema de selección universitaria que añada otros elementos como habilidades, aptitudes, competencias blandas y, por cierto, vocación.

En atención a lo anterior, me parece apropiado asumir que la actual prueba PSU ha cumplido un ciclo y conviene transitar a una nueva modalidad de selección universitaria, ya que la PSU es una prueba que no ha satisfecho a nadie (no podía dada su transitoriedad) y por ello se proponen arreglos parciales, como el caso del ranking de notas, que son sólo “parches”, que no logran resolver la cuestión de fondo: medir las condiciones del alumno para ser un profesional de excelencia, ni menos dar cuenta de la vocación de quienes rinden este examen para un campo específico de estudios.

 

La evidencia muestra que la gran brecha en la distribución del ingreso hace que la PSU sea un elemento que no favorece la llegada de los jóvenes de estratos más carenciados al nivel universitario, pues quienes han tenido acceso a un buen nivel de conocimientos pueden hacerlo y, según todas las estadísticas, salvo excepciones, son los colegios más caros los que tienen mayor porcentaje de egresados con acceso a las universidades.

Hago notar que no es una medición justa, pues al estar midiendo especialmente contenidos, reproduce las  grandes diferencias sociales de nuestro país; esto es, que las escuelas a las que acuden escolares de mayor nivel socioeconómico pueden tratar todo el programa y asistir a un buen preuniversitario, lo que no pueden escolares de sectores más modestos.

La evidencia muestra que la gran brecha en la distribución del ingreso hace que la PSU sea un elemento que no favorece la llegada de los jóvenes de estratos más carenciados al nivel universitario, pues quienes han tenido acceso a un buen nivel de conocimientos pueden hacerlo y, según todas las estadísticas, salvo excepciones, son los colegios más caros los que tienen mayor porcentaje de egresados con acceso a las universidades.

En síntesis, propongo comenzar pronto con una nueva medición para ingresar a la educación superior, cuidando que posibilite observar “habilidades reales” para ser un profesional adecuado a la carrera escogida, vocación y condiciones psicológicas. Esto permitiría tener menos deserciones y mayores niveles de satisfacción con las carreras elegidas por parte de los alumnos. También una mayor satisfacción en la vida laboral y, por lo mismo, un mayor compromiso con el país. Finalmente, esta nueva forma de selección debería evitar que solamente un 1% de los estudiantes de colegios municipalizados obtengan puntajes sobre los 750 en la PSU, como ocurre en la actualidad.

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