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La fiesta de los codazos

por 18 diciembre, 2013

La fiesta de los codazos
En cuestiones políticas las luchas por el poder en todo tiempo y lugar no dan ni piden tregua. Pues las inestabilidades de los elencos gubernamentales, las crisis o los ajustes de gabinete son cosa viva y recurrente y, por lo mismo, casi siempre habrá ocasión de librar una que otra batalla para conquistar algún cargo o posición de poder en el aparato público.
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Los políticos mexicanos más conspicuos, quienes han debido desenvolverse por siempre en un medio ambiente de carácter selvático, encarnizado y distante de toda clase de comedimientos, son universalmente reconocidos como consumados maestros en el difícil arte de sobrevivir en política. De medrar a su amparo y posibilidades todo cuánto es posible y, por sobre todo, de conocer como pocos y  al dedillo las fórmulas más eficaces para encaramarse en posiciones de poder.

Semejante experiencia los ha llevado a ser autores de una serie de expresiones, en la forma de códigos inviolables y sabios consejos, que son en sí mismos verdaderos compendios de conocimiento vivo y probado en materia de táctica y estrategia de copamiento del aparato público. No en vano, es también muy mexicana esa admonición que reza: “Quien vive fuera del presupuesto (del Estado), vive en el error”.

En cuestiones políticas las luchas por el poder en todo tiempo y lugar no dan ni piden tregua. Pues las inestabilidades de los elencos gubernamentales, las crisis o los ajustes de gabinete son cosa viva y recurrente y, por lo mismo, casi siempre habrá ocasión de librar una que otra batalla para  conquistar algún cargo o posición de poder en el aparato público.

No cabe duda que los momentos estelares de estas pugnas, a veces públicas otras  soterradas, coinciden con los prolegómenos de la instalación de un nuevo gobierno. Pues bajo estas especiales y sensibles circunstancias, para una legión de expectantes candidatos a servidores públicos la ocasión representa no pocas veces “la madre de todas las batallas”.

Contradiciendo flagrantemente a toda clase de recomendaciones mexicanas, cuenta la leyenda que el ex presidente Ricardo Lagos, a poco se resultar electo, decidió tomarse un breve y  merecido descanso en compañía de doña Luisa  Durán en un tropical reducto vacacional sudamericano. El destino preciso de la pausa reparadora del ex mandatario se trató de mantener bajo la más estricta reserva, por razones más o menos obvias. Pero todo el sigilo aplicado para manejar el asunto evidentemente no fue suficiente ni eficaz, pues no sirvió para evitar que una mañana, a la hora del desayuno precisamente, al  matrimonio presidencial se les apareciera, como saliendo desde la nada y haciéndose los encontradizos, una pareja compuesta por un connotado político chileno y su mujer, quienes  sonrientes y  relajados les contaron que “por esas cosas de la vida y del  azar” habían tenido la magnífica y coincidente idea de vacacionar exactamente en el mismo país y lugar, en el mismo hotel y por las mismas fechas.

Por lo mismo, es para entonces cuando se experimenta el momento en que suelen desatarse todas las avideces hasta entonces anestesiadas  y será cuando aparezcan, como de la nada, los apetitos y  las pasiones más viscosas y enconadas. Es aquella una circunstancia cíclica en que, al menos momentáneamente, se resquebrajan transversalmente las lealtades y las complicidades, cuando se debilita la camaradería y la amistad cívica suele esfumarse. Se trata de un momento de carácter un tanto lúgubre, en que la acción política suele revelarse en todas sus miserias y mezquindades. Pero también, para ser justos, es también aquella una oportunidad propicia para observar manifestaciones de genuina grandeza, desprendimiento personal y gestos de auténtico y desinteresado espíritu de servicio a un determinado proyecto colectivo.

Todo proceso de recambio gubernamental, por definición, trae consigo fuertes remezones. Se trata de una coyuntura transicional que pone en movimiento poderosas y ocultas fuerzas tectónicas que confrontan y desplazan placas, tanto en las profundidades políticas como en la superficie visible. Dicho proceso provoca, por lo mismo, potentes temblores y hasta algún tsunami. Fenómenos que suelen derribar más de alguna bien montada y afianzada estantería, personal o institucional.

Como se sabe, aquellas dinámicas disruptivas y desestabilizadoras tienen lugar incluso en la transición entre gobiernos de un mismo signo, tal y como ocurrió, por ejemplo, entre una y otra administración de la fenecida Concertación. Pero los  sismógrafos y las alertas se disparan con oportunidad del advenimiento de un proceso de desalojo de una fuerza política en el poder, y su reemplazo por otra de signo contrario, tal y como está ahora mismo a punto de acontecer.

Estas escaramuzas confrontan a fuerzas, tendencias y grupos de poder intrapartidarios entre sí, y a continuación y de modo simultáneo, al conjunto de las fuerzas integrantes de la coalición triunfante recíprocamente. Pero es visible que a la postre estos conatos también reflejan aspiraciones de carácter personal, aunque confluyentes con un interés o proyecto colectivo. No por otra razón es que de continuo, quienes originalmente han sido promovidos a una determinada responsabilidad por sus propios partidos, llegado el caso, exijan hasta con un dejo de fastidio respeto por su independencia y autonomía en el ejercicio de sus cargos, con el argumento de estar detentando tal o cual responsabilidad por mérito propio y exclusivo.

En la superficie, durante los primeros y tímidos finteos y “rounds de estudio”, lo que se observa es un conjunto de enrevesados movimientos de aproximación, directos y oblicuos, en dirección al poder constituido y a punto de formalizarse. Un poco más tarde, hemos de asistir al despliegue de un enmarañado elenco de señales codificadas y manifestaciones verbales y gestuales, implícitas o explicitas, relativas a la propia “disponibilidad”.

En la fase decisiva es común que no se repare en recursos de toda índole para producir el efecto deseado. Abundarán las triquiñuelas, las zalamerías y por sobre todo los codazos a los eventuales adversarios. Se trata de un baile de máscaras, escenificado a vista y paciencia de todos, pese a lo cual casi nadie ajeno a la contienda llega siquiera a percibir su ocurrencia. Pues precisamente de eso se trata, de hacer todo lo necesario, e incluso más, pero sin ser demasiado obvio ni parecer excesivamente ávido, entusiasta o exhibicionista con el fin que se persigue.

“El que se mueve no sale en la foto”, es una de las más conocidas de estas expresiones del prolífico libreto de raigambre mexicana. Una noción no siempre convenientemente internalizada por quienes debieran, y que precisamente la propia Michelle Bachelet ha recordado con un dejo de humor y advertencia en reciente entrevista a una revista de papel cuché.

La frase aconseja perentoriamente no exponer en demasía las propias pretensiones. En otras palabras, advierte sobre la inconveniencia de importunar con requiebros, mucho menos públicos, a quien no se debe molestar nunca jamás en momentos tan sensibles, pues aquella conducta implica el inminente riesgo de ser tachado de cargante, falto de criterio y ambicioso, lo que  conlleva el inminente peligro de “caer en desgracia”. Y aquello, ya se sabe, no conduce más que a largos y laberínticos pasadizos  y a puertas cerradas a machote.

“Nadar a lo muertito”, es otra expresión típicamente mexicana que tiene un sentido de recomendación coincidente a la anterior, y que para el caso pone el acento en dejarse llevar por la corriente y los acontecimientos, sin manotear en lo absoluto. Al igual que aquella otra, también de naturaleza acuática, que aconseja “Navegar con bandera de pendejo”, la cual tiene que ver con la idea de mantener un cuidadoso bajo perfil, aparentando indiferencia y desdén, o con la vieja táctica de bajar hacia las profundidades, literalmente de “submarinearse”, para hacerse invisible en momentos delicados. Pero con el periscopio arriba, obviamente, para poder observar con detalle todo cuanto ocurre alrededor.

Tras un proceso eleccionario presidencial ha de emerger un cierto elenco de gobierno. Y normalmente las alternativas de su configuración, antes, durante y después, son materia de enjundiosas especulaciones, especialmente periodísticas o de conciliábulos de café escenificados a lo largo y ancho de Chile. Pero la historia política nacional dicta que casi nunca es posible desentrañar con todo detalle, veracidad y precisión, cómo  fue que se llegó a un determinado resultado en materia de elenco gubernamental, pues en más de una ocasión las razones que se tuvieron en cuenta respecto a una o varias designaciones, han de permanecer ocultas por siempre bajo un pesado manto de duda y misterio.

Hay una enorme  cantidad  de historias, recientes o remotas, que hablan de personajes que eran figuras cantadas para asumir una determinada responsabilidad gubernamental, pero que por razones insondables fueron postergados o simplemente tachados “ad infinitum” en sus pretensiones.

Y se sabe de auténticas leyendas urbanas que tratan de dar cuenta de las supuestas razones que se habrían tenido en consideración para haber designado a aquel, en lugar de aquel o aquella otra. Y es bien sabido que, cuando alguien pinta demasiado para un determinado cargo, al punto que todo el mundo da su designación como un hecho irrebatible, y aquella designación no llega a consumarse, será el candidato defenestrado quien será puesto a dar explicaciones a su círculo de las razones de su propia derrota. Y, por supuesto, nunca faltaran quienes lo culpen personalmente de su propio fracaso, tejiendo toda clase de conjeturas explicativas, sin excluir las peores hipótesis.

Bajo la presidencia de Carlos Ibáñez del Campo se dio el caso que el gobierno realizó la importación de una importante cantidad de camionetas, las cuales eran ferozmente disputadas por diversas reparticiones públicas y, consecuentemente, por los diversos partidos que las dominaban. Por esos mismos días, el Presidente Ibáñez estaba siendo acosado por los líderes partidarios, quienes le presionaban sin piedad para que designara a algunos de los propios en los diversos ministerios. Ante lo que el Presidente vislumbró como una disyuntiva “de Estado”,  pronunció una frase para zanjar el asunto, la cual quedó en los anales de la política chilena por su carácter simple y rotundo, frase que hasta hoy se rememora en sus reverberaciones más actuales: “El que toca ministerio, no toca camioneta”.

Y como comprobación de que en todas partes se cuecen habas, cuentan que, en Brasil, un presidente recién electo recibió la llamada de un partidario y amigo cercano, quien le confidenció que muchas personas le estaban llamando para saber si eran ciertos los rumores de su inminente designación como ministro. Agregó el apesadumbrado amigo que ya no sabía qué hacer ni qué decir y que, por lo mismo, le llamaba para solicitar consejo sobre cómo proceder ante semejante e incómodo asedio. Dicen que el Presidente le respondió lo que sigue: “Despreocúpese, mi querido amigo, diga a todos quienes le pregunten que aquello es un invento sin fundamento. Y quédese tranquilo, déjelo por mi cuenta, si hace falta yo mismo lo respaldare públicamente desmintiendo esos falsos e interesados rumores”.

Del caudillo argentino Juan Domingo Perón, cuentan que en una ocasión, mientras era presionado intensamente para designar a un cierto personaje en un alto cargo, procedió a elogiarlo efusivamente ante los abogados de su causa. Dijo que se trataba efectivamente de un candidato muy meritorio, experto y políticamente sólido, y cuya lealtad con el proyecto político del gobierno, y con el propio Presidente no podía ser puesta en duda. Dicen que a continuación Perón hizo una breve pausa dejando en vilo a sus interlocutores que esperaban ansiosos su dictamen favorable, para exclamar como en un suspiro: “Lástima que se quede con los vueltos”.

De entre la nutrida colección de anécdotas sobre estas cuestiones, nada de baladíes, pero inevitablemente reveladoras y hasta jocosas, hay que mencionar inevitablemente aquella frase pronunciada por un reconocido prohombre de la política chilena, quien, al ser interrogado sobre sus propias pretensiones políticas, afirmó con toda rotundidez y seriedad: “No puedo, no quiero ni  debo, pero si me lo ofrecen….” O aquella otra de talante parecido, que hemos escuchado en distintas versiones, más de una vez: “No tengo ninguna clase de ambición personal, por el contrario, pero si mi nombre suscita el consenso…”.

Contradiciendo flagrantemente a toda clase de recomendaciones mexicanas, cuenta la leyenda que el ex presidente Ricardo Lagos, a poco se resultar electo, decidió tomarse un breve y  merecido descanso en compañía de doña Luisa  Durán en un tropical reducto vacacional sudamericano. El destino preciso de la pausa reparadora del ex mandatario se trató de mantener bajo la más estricta reserva, por razones más o menos obvias. Pero todo el sigilo aplicado para manejar el asunto evidentemente no fue suficiente ni eficaz, pues no sirvió para evitar que una mañana, a la hora del desayuno precisamente, al matrimonio presidencial se les apareciera, como saliendo desde la nada y haciéndose los encontradizos, una pareja compuesta por un connotado político chileno y su mujer, quienes  sonrientes y  relajados les contaron que “por esas cosas de la vida y del azar” habían tenido la magnífica y coincidente idea de vacacionar exactamente en el mismo país y lugar, en el mismo hotel y por las mismas fechas.

La fiesta de los codazos con sus prosaicas manifestaciones está a punto de comenzar. Ya sus sones estridentes comienzan a oírse en lontananza y los bailarines se disponen a saltar a la pista dispuestos a mostrar sus mejores aptitudes.

Será esta una fiesta en que se habrá de presenciar danzas de tono y estilo versallesco, y otros ritmos más animados, incluso con visos de auténticas riñas callejeras. Hagamos votos para que prime el comedimiento, el altruismo y la generosidad. Pero yo no haría ninguna clase de apuestas a este respecto.

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