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Regalos: un enigma en nuestras comunidades

por 3 enero, 2014

Es innegable que un regalo encierra varios enigmas, si los llegamos a comprender, también explicaríamos la cohesión de nuestras comunidades en los avatares de la modernidad.
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La experiencia es común, cuando hemos nacido también llegan los regalos. Algunos cambian de color porque manifiestan el género. Si es un hombre, abunda el azul y el café; si es una mujer, el rosado y el celeste. El blanco queda para reducir la imprecisión de la información.

Pero también nosotros damos regalos cuando un nuevo tiempo está por venir. Claro que ahí el regalo varía, ya no se trata de la primera prenda de vestir o de la música que acompañará el crecimiento. Ahora los regalos son abrazos bien dados, y esas palabras que afloran como una rogativa que demanda algo a alguien que está más allá. Incluso, se podría experimentar un rito insólito en las primeras horas de un nuevo año. Todo dependerá de la calidad de las relaciones del año que está terminando.

Así, los regalos adoptan distintas formas, pero todos se igualan al reproducir una rutina de interacciones que se multiplica por miles, y que son el fundamento de la cohesión de una comunidad. En breve, se trata de tres acciones: dar, recibir y devolver, las cuales vienen a gestar la obligación y la reciprocidad. Y es bastante difícil encontrar a alguien que no sepa administrarlas, o sea, nadie es quien es, sin habitar una comunidad.

Por ejemplo, si somos invitados a almorzar, podemos aceptar o rechazar. En la primera elección, nos incluimos en la comensalidad y nos obligamos con lo que nos hizo común. Por el contrario, al rechazar la invitación, indicamos que nos mantenemos al margen, fuera de los contenidos de las obligaciones y que no queremos ser parte de esa forma de habitar el mundo.

Es innegable que un regalo encierra varios enigmas, si los llegamos a comprender, también explicaríamos la cohesión de nuestras comunidades en los avatares de la modernidad.

Además, existen otras cualidades del dar, recibir y devolver; y hay dos que siempre me han llamado la atención.

La primera, es la que hacen nuestros antecesores, debido a que ellos figuran un futuro deseado, posiblemente improbable, donde una descendencia no conocida, gozaría del resultado de sus esfuerzos. Esta posibilidad me parece extraordinaria porque convierte actividades funcionales a la situación de explotación, por ejemplo: trabajar en largas jornadas por un bajo salario, en obligaciones que sostienen la continuidad comunitaria. En ese entendido, están gobernadas por una razón trascendente. Una asesora de hogar que trabaja puertas adentro en la comuna de Vitacura, podrá decir: “Yo no trabajo para mí, trabajo para darles a mis hijos”, mientras ellos están en Chimbote, en Perú.

La segunda cualidad es la ofrenda a los dioses, y es interesante no sólo porque los regalos se hacen a la tierra, ríos, árboles, montañas, lagos, mares o a los artefactos inanimados construidos colectivamente, sino porque los que dan esperan que lo ofrecido sea aceptado, y como signo de esa expectativa está la devolución. Entonces, la comunidad ata lo sagrado a su moral, y lo realiza a través de su representación situada históricamente.

Es innegable que un regalo encierra varios enigmas, si los llegamos a comprender, también explicaríamos la cohesión de nuestras comunidades en los avatares de la modernidad.

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