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Carta Abierta a Enrique Correa

por 7 enero, 2014

Carta Abierta a Enrique Correa
Bien sé que usted ha escrito columnas y ensayos sobre la necesidad de regular el lobby, bien sé que usted es uno de los pocos que tiene la altura para reconocerse como tal, pero me parece incoherente eso con sus prácticas. El diputado Jorge Burgos ha hecho hincapié en la compleja trenza que resultaría al juntar a parlamentarios, empresas y lobbistas. En otras palabras: ¿Qué sabe la industria del lobby sobre el financiamiento de las campañas? ¿No es acaso razonable que las empresas les pregunten a los lobbistas a qué candidatos financiar? Más allá aún: ¿Qué pasa con las personas que trabajan en oficinas de lobby y pasan a ser candidatos al Congreso o funcionarios públicos?
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No acostumbro dirigir cartas abiertas ni a firmar misivas colectivas, una práctica que se ha vuelto un lugar común en Chile. Me permito hacer una excepción y utilizar este medio para expresarle mi preocupación y alertar también a la opinión pública. Los vientos están cambiando y las prácticas de ayer, hoy parecen una costumbre atávica. Ese es el motivo medular de esta misiva.

Dirijo respetuosamente a usted esta carta abierta para pedirle su apoyo, pero también para solicitarle un compromiso real con los objetivos que paso a detallar.

Pronto se cumplirán once años de tramitación de la ley de lobby. Once años de discusiones gramaticales, semánticas y sintácticas que habían visto la luz al final del túnel en mayo de 2008. En ese momento la Presidenta Bachelet Jeria decidió vetar la ley y devolver la discusión al Congreso. Hoy, cinco años después, me parece que era preferible una ley imperfecta a la nada misma. En cinco años se podría haber reformado la ley, haber discutido nuevamente las cuestiones gramaticales, semánticas y sintácticas, pero con una ley ya sobre la mesa. Lamentablemente, la situación es otra.

Don Enrique: En enero de 2013, Ciper Chile publicó un reportaje de investigación de mi autoría sobre la larga tramitación de los tres proyectos de ley sobre la materia, además de algunos detalles sobre la industria. Allí sostengo que su empresa Imaginacción es uno de los principales oferentes del servicio de lobby en el país. Es una de las primeras compañías dedicadas profesionalmente a este rubro en Chile y, en ese sentido, usted es un visionario. Usted entendió primero que nadie el giro comunicacional que se venía en los 90 y supo construir una industria de la comunicación estratégica. Hoy no hay empresa importante que no tenga un presupuesto dedicado a la creación de imagen y la influencia en la opinión pública. Hoy no hay un proyecto de ley en cuya tramitación no influya el lobby.

Llegó la hora de asumir que hay un ciclo que se acabó y con él también debemos enterrar ciertas prácticas y ciertas lógicas. Quiero apelar a su espíritu comunitario, a su propia comprensión del rol que usted juega en la comunidad. Usted es una de las personas más influyentes de estos últimos 30 años. Eso es innegable y yo le pido, don Enrique, que ponga esas herramientas al servicio de las buenas causas. Le pido que rememos para adelante por la transparencia y por la igualdad ante la ley, según la cual los ciudadanos tienen derecho a recibir igual trato de sus autoridades. No puede haber privilegiados, preferidos ni favoritos en una democracia.

No considero que haya algo nocivo en todo esto. Usted presta un servicio y el mercado se lo paga. Sin embargo, las condiciones en las que se desenvuelve la industria son del todo irregulares. Por un lado, no tenemos ley de lobby; por otro, el financiamiento de la política es secreto y se permiten las donaciones de empresas y, como guinda de la torta, la elite ha decidido ignorar el problema. Hasta hace un tiempo, el peligro de captura de las instituciones públicas chilenas parecía bajísimo. Hoy, así lo admiten algunos académicos, están todas las condiciones para que eso ocurra. No quiero sonar alarmista, pero aquí hay un problema que debe ser encarado con seriedad y coherencia.

Don Enrique: Hay un detalle adicional. Su empresa Imaginacción mantiene una política de confidencialidad con sus clientes. Esto difiere, por ejemplo, de la política de sus principales competidores. La empresa Azerta, fundada por el señor Gonzalo Cordero Mendoza, y la empresa Extend, fundada por la señora María de la Luz Velasco Silva, tienen en sus sitios web una lista de sus clientes. No es posible saber si esas listas son totales o parciales, pero al menos existen. A lo que voy, Don Enrique, es a que usted está en una posición particularmente privilegiada en esta industria. Me parece que se equivoca al considerar que este es un asunto meramente privado entre usted y sus clientes.

Aquí hay bienes públicos en juego y hay preguntas fundamentales que no encuentran respuesta. Bien sé que usted ha escrito columnas y ensayos sobre la necesidad de regular el lobby, bien sé que usted es uno de los pocos que tiene la altura para reconocerse como tal, pero me parece incoherente eso con sus prácticas. El diputado Jorge Burgos ha hecho hincapié en la compleja trenza que resultaría al juntar a parlamentarios, empresas y lobbistas. En otras palabras: ¿Qué sabe la industria del lobby sobre el financiamiento de las campañas? ¿No es acaso razonable que las empresas les pregunten a los lobbistas a qué candidatos financiar? Más allá aún: ¿Qué pasa con las personas que trabajan en oficinas de lobby y pasan a ser candidatos al Congreso o funcionarios públicos?

Don Enrique: Mi intención no es irritarlo ni acusarlo de nada. Quiero nada más señalarle el lado menos agradable del panorama. En enero de 2013, luego de varios meses y más de veinticinco entrevistas, publiqué ese reportaje como forma de contribuir a poner el tema en la agenda pública. En diez años ninguno de los dos diarios impresos de la plaza había publicado siquiera un reportaje sobre el tema, no porque los periodistas sean malos o no reporteen, sino porque, como bien usted sabe, la cultura informativa que tenemos impide hablar de ciertos asuntos. No quiero con esto adular mi propio trabajo, sino mostrar los límites de nuestra industria informativa, los silencios de nuestra prensa.

Chile es el único país que tiene industria profesional de lobby y no tiene ley. Sé que las agencias de comunicación estratégica no son los únicos lobbistas, también están los Gremios, los Sindicatos, las ONGs, los centros de estudio, las organizaciones sociales y mis colegas abogados. Sin embargo, es poco equitativo considerar que debemos tratarlos a todos igual y una ley de lobby es justamente aquello que necesitamos para distinguir a unos de otros. Pero hay quienes prefieren esta confusión, hay quienes prefieren el descampado jurídico que tenemos hoy. En 2008, el mismo Burgos dijo una frase que resume el punto: “El lobby mató al lobby”.

Por fortuna, ese reportaje publicado en enero permitió abrir un frente de investigación que otros colegas también han seguido. Hoy hay más información sobre la mesa y se comprende la importancia de este tema. Antes se decía que “la gente no entiende estos temas complicados”, pero poco a poco se percibe cómo hay una nueva inteligencia colectiva que los ciudadanos utilizan para informarse y comprender su entorno. Ya no resulta tan fácil la prestidigitación utilizada con tanto éxito en el pasado. Si la clase política perdió la brújula no fue por incapacidad, fue por indiferencia y conformismo. La antigua Concertación, hoy Nueva Mayoría, tiene una segunda oportunidad. Han renovado sus banderas, han encontrado nuevas causas, pero pocos de sus dirigentes hablan sobre el asunto del lobby y el financiamiento de las campañas. En el programa de gobierno de la Presidenta electa no se lee un diagnóstico sobre el rol de la industria de la influencia en la vida pública nacional, tampoco se leen medidas claras para avanzar hacia una mejor regulación del asunto.

Don Enrique: Van once años de tramitación de una ley que es más que una ley. Una buena regulación del lobby permitiría construir el primer escalón para abrir el espacio público en Chile y devolverle su prestigio a los ojos de los ciudadanos. Hoy el Parlamento es la segunda institución peor evaluada y la distancia entre los representantes y los representados crece cada día más. En buena medida, eso se debe a que la ciudadanía percibe que sus representantes no responden a ellos, sino a quienes les pagan las campañas. Llegó la hora de salir de esta bicicleta de influencias, financiamientos secretos y proyectos de ley confeccionados a medida de los más poderosos. Necesitamos una ley con registros públicos amplios, que permitan conocer las gestiones realizadas ante las autoridades públicas. Sin ir más lejos, en enero de 2013, el diputado Montes declaró que la Ley de Pesca que benefició a siete familias había sido “un picnic del lobby”. ¿Por qué no mejor invitar a todos los ciudadanos a un gran picnic democrático?

Llegó la hora de asumir que hay un ciclo que se acabó y con él también debemos enterrar ciertas prácticas y ciertas lógicas. Quiero apelar a su espíritu comunitario, a su propia comprensión del rol que usted juega en la comunidad. Usted es una de las personas más influyentes de estos últimos 30 años. Eso es innegable y yo le pido, don Enrique, que ponga esas herramientas al servicio de las buenas causas. Le pido que rememos para adelante por la transparencia y por la igualdad ante la ley, según la cual los ciudadanos tienen derecho a recibir igual trato de sus autoridades. No puede haber privilegiados, preferidos ni favoritos en una democracia.

Cuando los hay, es señal de que algo anda mal. No veo cómo se pueda avanzar en materias de salud, educación, previsión, u otras sin antes tener una ley de lobby. Incluso en la eventualidad de que ocurriera una Asamblea Constituyente, esta debe ser un ejercicio de deliberación soberana y no el resultado de las influencias. Pareciera que en Chile se legisla al ritmo de los bienes privados y no de los bienes públicos. Si la credulidad se deterioró, es que en diez años de tramitación aprendimos que lo insostenible se puede sostener mucho tiempo.

Si la confianza se deterioró, es que en diez años entendimos que el poder se ha privatizado. Hoy, casi once años después, no se le puede pedir a la ciudadanía la misma ingenuidad. No se les puede tratar como lesos, como si hubiera temas que sólo algunos entienden. Por eso sorprende que en Chile se funden tantos y tantos think tanks, de los cuales se conoce poco sobre la procedencia de su financiamiento. Sorprende que se hable tanto de “crear nuevas ideas” como si éstas pudieran sembrarse como papas o crecieran en los árboles como naranjas. La democracia y la política, ambas ideas muy antiguas, exigen que entendamos los problemas públicos como tales. Esas ideas antiguas a ratos parecen estar en cuestión en Chile, pareciera que los problemas públicos ya no son públicos, sino privados.

¿Cuánto más se puede sostener un equilibrio tan precario y a la vez tan aplaudido por la elite misma?

Don Enrique: Le hablo como abogado. Le hablo como periodista. Le hablo como ciudadano. Le hablo como a un igual y lo hago con respeto: Juéguesela por una ley de lobby, juéguesela por una nueva ley de financiamiento de la política, juéguesela por la transparencia, por la coherencia y por la igualdad ante la ley. No seamos maximalistas, vamos paso a paso. Hoy martes 7 de enero de 2014 sesionará nuevamente la comisión mixta que evaluará el proyecto de ley de lobby. Si pasa ese trámite y si el Presidente y los senadores así lo quieren, podríamos tener ley antes que acabe este gobierno. De no ser así, juéguesela por convencer a los nuevos ministros, a los parlamentarios y a la Presidenta electa. No podemos dejar pasar otros diez años.

Dígales que tenemos la oportunidad de disolver la actual opacidad y lograr algo mejor. Nadie como usted tiene la capacidad y el prestigio necesarios para hacer esta gestión de un modo exitoso, tal como ha hecho tantas veces en el pasado. Me permito solicitar, con respeto, su concurso en esta acción saludable para todos. Hagamos de este problema un problema público, no privado. Es el primer paso que servirá de testimonio para que todos podamos creer que iniciamos juntos una nueva etapa. Es una oportunidad para todos. Lo es para su generación, aquella que alguna vez soñó la primavera. Y también para la mía, que todavía se pregunta en qué lugar han escondido las flores.

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Envíada por Rodrigo Reyes S | 16 octubre, 2018

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