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Lo que es bueno para la economía no siempre es bueno para la sociedad

por 7 enero, 2014

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En ideología se ha convertido, a estas alturas, la noción de que la principal prioridad de un país debe ser la economía. Que ninguna decisión se puede tomar al margen de su lógica, una bastante veleidosa considerando que más que ser una ciencia exacta la economía se acerca bastante a las ciencias sociales. Su marcada dependencia del comportamiento humano individual y colectivo, aún insondable a pesar de los avances de la técnica, la mantienen anclada a una permanente incertidumbre.

Por ello extraña que a pesar de no estar todo dicho en este ámbito y de que los economistas mantienen divergencias en diversas materias, en mantra se ha convertido el que todas las decisiones deban adoptarse pensando casi exclusivamente en la rentabilidad. Económica, principalmente, lo cual se entiende en el caso de las empresas.  Y en su defecto, en la rentabilidad social, que en el caso del modelo chileno de gestión pública es la propia rentabilidad económica pero vista en un horizonte de tiempo más lejano y con beneficiarios más amplios y difusos.

Este sistema –basado en una metodología llamada “evaluación social de proyectos”- es el que se escogió para discernir entre las diversas opciones que existen al momento de invertir los limitados recursos públicos, pero lamentablemente su aplicación a rajatabla ha tomado un cariz eminentemente monetarista.

El problema subyace en que no siempre lo que es bueno para la economía es bueno para el país y la sociedad. No todo crecimiento económico tiene efectos sociales globales positivos (el armamentismo es el mejor ejemplo de ello) y un PIB alto no asegura beneficios integrales, como está más que demostrado en el caso de Chile donde el índice de Gini (que mide la desigualdad en la distribución de los ingresos) es el peor entre los países de la OCDE, con los cuales nos gusta medirnos.

Muchos ejemplos se han dado para demostrar que no siempre lo que es bueno para la economía es bueno para un país y su gente.
Porque bajo esta premisa, que escuchamos recurrentemente, se podría plantear que los contratistas no financien lo cascos de sus trabajadores, el ahorro permitiría emplear varios obreros más. Y que tampoco les entreguen arneses para operar en altura, también bajaría el desempleo si el menor egreso lo transforma en nuevas contrataciones.

Sigamos.
Autoricemos nuevamente el peligroso asbesto, las casas serán más baratas. No nos compliquemos la importación de juguetes con tolueno, son muchas las familias que se ganan el pan con su venta.

Bajo este prisma, abolir la trata y el trabajo forzado de hombres y mujeres originarios de África fue una muy mala decisión para los balances de los colonizadores.  ¿No me cree? Eche un vistazo a cómo la esclavitud permitió forjar la economía moderna y luego conversamos.

El premio Nobel de economía Robert Fogel aclara que muchas grandes y positivas decisiones del mundo se basan en aspectos morales y valóricos, y no económicos. “La industria del tabaco es muy rentable. Ayuda a las exportaciones de ciertos países en vías de desarrollo. Y tiene un efecto positivo, porque acorta la esperanza de vida y hace que los fumadores cobren menos tiempo la pensión” sentenció hace un tiempo Kenneth Warner, decano de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Michigan.

Alguien podría decir que si uno incorpora las externalidades económicas negativas del tabaquismo (tratamientos en salud, por ejemplo) los números no serían azules. Tal afirmación elude el tema de fondo en esta discusión, que es que aunque perjudiquen la economía no es correcto tomar decisiones reñidas con la concepción valórica de una sociedad.

Por ello, ha sido difícil para este gobierno entender por qué la ciudadanía no premió la Alianza con una segunda parte considerando sus autopublicitados positivos resultados económicos. Y aunque sea necesario que en materia fiscal a Chile y a los chilenos nos vaya bien, hay otros ámbitos también esenciales. Eso es la política, no la mera administración de balances, e ingresos y egresos monetarios.

Así lo demuestran la historia del mundo y de Chile. ¿Sabía usted que la mayor caída que ha registrado la Bolsa de Santiago fue luego del triunfo del No en el plebiscito del 5 de octubre de 1988?

Ahora lo sabe.  Porque si fuera por algunos economistas, todavía estaríamos en dictadura.

(*) Texto publicado en El Quinto Poder.cl

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