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Chile en el Consejo de Seguridad de la ONU

por 8 enero, 2014

Nuestra posibilidad de incidir en este contexto pasa por buscar una nueva concertación con “países afines” para fortalecer el multilateralismo, y así promover la defensa de principios centrales de nuestra política exterior (democracia, derechos humanos, solución pacífica de controversias, respeto al derecho internacional, responsabilidad de proteger, etc.) hoy puestos en jaque en un escenario internacional que carece de liderazgos, donde el poder está más disperso que nunca, y donde priman intereses domésticos de corto plazo.
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Por tercera vez en estos años de democracia, Chile ingresó al Consejo de Seguridad de la ONU, este 1 de enero del 2014. El mundo, sin embargo, ha cambiado dramáticamente desde el fin de la Guerra Fría, y contrariamente a las visiones optimistas que predominaban a comienzos de los años noventa, hoy existe una apreciación más “sombría” respecto a las posibilidades de cooperación para enfrentar los acuciantes dilemas que afectan la paz y seguridad internacional. La mejor prueba de ello, es que una guerra civil en Siria, donde se han cometido crímenes atroces, se prolonga ya por dos años, sin que hasta ahora exista una capacidad de acción colectiva para poner fin a este conflicto. Lo cierto es que las expectativas de una nueva era de cooperación entre las grandes potencias (que fue la inspiración inicial de quienes crearon la ONU en 1945) no se cumplieron, y lo que hoy vemos son nuevamente rivalidades geopolíticas basadas en una mirada estrecha de los intereses nacionales.

La paradoja de todo esto es que tanto los dilemas clásicos de seguridad, así como las nuevas amenazas que afectan la paz  internacional, requieren de acciones concertadas entre países que tienen una mayor gravitación internacional .

Por otra parte, el Consejo de Seguridad tiene un problema creciente de representatividad, que no ha sido resuelto hasta ahora. Su actual composición de miembros permanentes refleja una realidad (la de 1945) que ya no existe. Pero, además, estas potencias continúan haciendo un uso abusivo del veto, que no responde al “espíritu” con el cual este fue concebido cuando se fundó la ONU. Ahora, en efecto, existen también ciertos hitos importantes y positivos, como el acuerdo unánime en la Cumbre de Jefes de Estado del 2005 para incorporar la doctrina de la “responsabilidad de proteger”, en casos donde se cometan masacres y crímenes contra la humanidad.

Nuestra posibilidad de incidir en este contexto pasa por buscar una nueva concertación con “países afines” para fortalecer el multilateralismo, y así promover la defensa de principios centrales de nuestra política exterior (democracia, derechos humanos, solución pacífica de controversias, respeto al derecho internacional, responsabilidad de proteger, etc.) hoy puestos en jaque en un escenario internacional que carece de liderazgos, donde el poder está más disperso que nunca, y donde priman intereses domésticos de corto plazo.

Y si bien está fue invocada en la intervención en Libia del 2011, las rivalidades entre las grandes potencias y la extralimitación que hubo de este mandato, han impedido nuevos consensos para actuar en otras crisis regionales. Permanece entonces pendiente la gran pregunta que hizo el destacado internacionalista Stanley Hoffmann en su libro Primacía u Orden Mundial: ¿podrán las grandes potencias acordar reglas básicas para el uso de la fuerza, y así garantizar una paz estable en el mundo contemporáneo? Y es que como dijo en su momento el (segundo) Secretario General de la ONU, Dag Hammarskhold, la ONU no fue creada “para traernos el cielo, sino para salvarnos del infierno”.

Y el infierno en nuestra época han sido sobre todo las guerras civiles y “limpiezas étnicas” en conflictos al interior de los Estados.

En este sentido, lo más grave es la incapacidad de diversas entidades internacionales para actuar “preventivamente” antes de que estallen las diversas crisis que hemos visto en estos años. Pero lo cierto es que este es el escenario que enfrentará Chile al asumir ahora, nuevamente, una posición en el Consejo de Seguridad.

Nuestra posibilidad de incidir en este contexto pasa por buscar una nueva concertación con “países afines” para fortalecer el multilateralismo, y así promover la defensa de principios centrales de nuestra política exterior (democracia, derechos humanos, solución pacífica de controversias, respeto al derecho internacional, responsabilidad de proteger, etc.) hoy puestos en jaque en un escenario internacional que carece de liderazgos, donde el poder está más disperso que nunca, y donde priman intereses domésticos de corto plazo. Este es el desafío que enfrentará nuestro país, y si podemos contribuir a un mundo donde el apego a ciertas reglas básicas de convivencia sean respetadas, nuestra presencia en el Consejo se habrá entonces justificado.

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