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Los dilemas de una derecha herida

por 10 enero, 2014

Cuando armamos Evópoli, no lo hicimos para hacer más de lo mismo. Ofrezcamos optimismo, capacidad de renovarse y tender puentes, de hacer una oposición constructiva, de mirar hacia el futuro. Renovemos las ideas y las formas de hacer política, hagamos un país más inclusivo y justo, sin decir que eso es sólo patrimonio de algunos. Es tiempo de tender puentes y no de trincheras. Los errores ya no están en lo que no hicimos, sino en lo que no fuimos capaces de convencer que podríamos hacer.
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Perder una elección no es gratis. Hay dolor, por no poder prolongar una obra que no obstante todos los errores de cualquier obra humana, tiene una quilla encaminada en la dirección correcta de hacer un Chile más próspero, justo y moderno. Pero no se acaba el mundo, pues esas son las reglas del juego democrático que Chile ha aceptado con singular éxito por más de dos décadas.

Para la coalición gobernante se abre ahora un periodo especialmente crítico, donde la derecha se enfrenta a dos grandes dilemas, de cuya solución pueden aparecer tremendas oportunidades, pero también riesgos de perderse en el camino. He de aclarar que escribo esta columna a título personal, desde la misma mirada que desde hace un año teníamos cuando fundamos el movimiento Evópoli: darle una mirada social y optimista a la política, desde una agenda inspirada en principios libertarios.

Los dos grandes dilemas de la derecha, hoy, son la autocrítica y la forma de hacer oposición.

-El dilema de la autocrítica. ¿Autoflagelantes o autocomplacientes? Ninguna de las anteriores. En la derecha probablemente las aguas parecen estar separándose entre los pro-Gobierno o pro-Piñera y los que no lo son. Probablemente se instale como deporte la crítica al Gobierno y a su Presidente, ya que es la forma más fácil de olvidar los propios errores y de tomar una aparente distancia, que probablemente al mismo electorado le resulte difícil e incluso molesta de entender. A la derecha le cuesta el juego de las lealtades y se debate muchas veces entre la obsecuencia y el interés propio, plagado de personalismos. Una derecha libertaria debe saber conciliar una conciencia crítica, basada en principios (y no en el rating), con la solidaridad y disciplina que los proyectos colectivos necesitan.

Cuando armamos Evópoli, no lo hicimos para hacer más de lo mismo. Ofrezcamos optimismo, capacidad de renovarse y tender puentes, de hacer una oposición constructiva, de mirar hacia el futuro. Renovemos las ideas y las formas de hacer política, hagamos un país más inclusivo y justo, sin decir que eso es sólo patrimonio de algunos. Es tiempo de tender puentes y no de trincheras. Los errores ya no están en lo que no hicimos, sino en lo que no fuimos capaces de convencer que podríamos hacer.

¿Qué aporta una autocrítica de reality sobre apoyar o denostar lo que el gobierno hizo? Tampoco sirve repetir lugares comunes como: “Lo hizo muy bien en la economía y en el empleo, pero muy mal comunicacionalmente”. Son hechos de la causa por todos conocidos. El dilema de la autocrítica se debe resolver en el plano de las ideas, en primer lugar, y en el de la praxis política, en segundo.

En el plano de las ideas –antes de que fuera Gobierno– la derecha dejó de hacer la pega y concentró tanto su discurso en la economía, que dejó de entender y tener propuestas para una sociedad nueva que tiene otras necesidades y que mira con desconfianza la política, la economía y sus instituciones. La educación, la salud, el medio ambiente, la regionalización, los derechos humanos y las libertades individuales, son temas que la derecha dejó de mirar con profundidad desde hace décadas. Sin “relato” las acciones, aunque fuesen acertadas, no tenían símbolos, no conectaban entre sí, perdiendo fuerza y convicción. La política sin convicciones no se distingue mucho de una lista de supermercado.

En una sociedad abierta, las ideas sirven para construir un mejor país, para ser optimista y propositivo, para tender puentes. Qué absurdo resulta definir a la derecha al lado de la libertad y la izquierda al lado de la justicia. Eso está bien para el s. XIX, pero no para el XXI. No se puede pretender que las personas aspiren a mayores grados de libertad, si la cancha no está pareja y es justa para todos; si no hay pisos mínimos, que por cierto en Chile todavía están lejos. La autocrítica debe ser mirando hacia el país, apoyando cambios como los que éste espera en educación, pobreza y calidad de vida, y no mirándose el ombligo tratando de endosarse culpas que poco aportan a estas alturas.

En cuanto a la praxis política, la autocrítica tiene que abocarse a mejorar el sistema político. Es necesario modificar el sistema binominal y la ley de partidos políticos de manera de darles más competitividad y transparencia a los procesos eleccionarios, poner incentivos a que se discutan ideas, se renueven los rostros y que la acción política sea convergente al centro y no al oportunismo. Si alguien tiene algo que aportar, debe poder hacerlo en igualdad de condiciones. Hoy es como jugar al futbol arriba de un cerro: los que están arriba tienen todas las de ganar y eso no es justo ni representativo.

-El dilema de la forma de hacer oposición. ¿Trinchera u oposición constructiva? Es fácil ser trinchera cuando el sistema binominal permite que con menos del 33% cada coalición mantenga su representación parlamentaria. Esto promueve las actitudes partisanas y, al no tener espacio dentro de las coaliciones para competir en igualdad de oportunidades, se producen fugas que debilitan la credibilidad del sistema democrático e impiden el debate de las ideas. Esto hace que muchas veces se abandone la vocación de mayoría y la lógica republicana. Del mismo modo que la soberbia y el milenarismo de pensar que con grandes mayorías no se necesita tender puentes y que se puede gobernar así eternamente. Esos dos actitudes son de trinchera y dejan la arena política plagada de estereotipos y fachadas, en circunstancias que la buena política siempre ha provenido de la capacidad de armar consensos, de tender puentes, de pesos y contrapesos y, en definitiva, de gobernar sin perder de vista que el bien común es patrimonio de todos.

Cuando armamos Evópoli, no lo hicimos para hacer más de lo mismo. Ofrezcamos optimismo, capacidad de renovarse y tender puentes, de hacer una oposición constructiva, de mirar hacia el futuro. Renovemos las ideas y las formas de hacer política, hagamos un país más inclusivo y justo, sin decir que eso es sólo patrimonio de algunos. Es tiempo de tender puentes y no de trincheras. Los errores ya no están en lo que no hicimos, sino en lo que no fuimos capaces de convencer que podríamos hacer.

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