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Un fantasma recorre la derecha

por 13 enero, 2014

Los representantes de la derecha, desorientados por la propaganda, ideológicamente debilitados, absurdamente “arrepentidos”, lo único que hacen en estos días es prometer que se alejarán de sus propios valores, doctrina, logros e historia. Se atropellan para irse “hacia el centro”, donde creen que está la salvación (y los votos que se les fueron). Se superan unos a otros con tal de parecerse más a sus adversarios, creyendo que ahí está la elusiva “popularidad”.
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Leyendo las declaraciones de los dirigentes de la UDI y las versiones periodísticas de lo tratado en su último consejo directivo ampliado, como asimismo el extenso “manifiesto político” de catorce páginas de Andrés Allamand, publicado en “El Mercurio”, seguido, a mayor abundamiento, de una entrevista al mismo senador electo, todo ello explicando la derrota en las pasadas elecciones (derrota graficada en un cuadro estadístico según el cual ese sector casi volvió al caudal más bajo de votos que ha registrado desde 1990 en una primera vuelta presidencial, 24,4 % en 1993 y 25% en 2013), es posible encontrar toda suerte de razones atendibles para explicar el desastre, con una sola excepción, la de la principal, pues nadie menciona siquiera a “la madre del cordero”.

En efecto, en esos ríos de tinta y mares de oratoria no hay una sola mención a la causa fundamental de lo que le ha sucedido a la derecha, que es su identificación con el Gobierno Militar y la figura de Augusto Pinochet y la calculada campaña de desprestigio y “asesinato moral” de su principal exponente. Pues bajo el mandato de éste las huestes de la derecha desplegaron sus capacidades y esfuerzos para gobernar, ya fuere desde cargos en el Ejecutivo, en las Comisiones Legislativas, Intendencias, Gobernaciones y Alcaldías, y así reconstruir el país devastado por el socialismo marxista.

Fueron titulares de esa tarea prácticamente todos los dirigentes y parlamentarios de RN y la UDI que a la época tenían edad de trabajar. Y hay que añadir que, a ese efecto, realizaron una labor brillante y habrían sido merecedores, ellos también, y no sólo los altos oficiales uniformados, de haber recibido al cabo del mandato gubernativo la medalla al mérito “Misión Cumplida”, resumen y testimonio de la transformación del Chile al que le quedaba “harina y leche para pocos días más” (Salvador Allende, 1973) en “la joya más preciada de la corona latinoamericana” (Bill Clinton, 1997).
Ya ni siquiera la derecha reconoce que el Gobierno Militar fue, merced a su injerencia en él, un gobierno de derecha (rasgo que, por lo demás, lo salvó del fracaso de sus similares de otras latitudes). Pues en los documentos y discursos de la actual catarsis derechista se afirma que antes del gobierno de Piñera (como si éste hubiera sido de derecha, lo cual ciertamente no ha sido), es preciso remontarse al de Jorge Alessandri como el inmediatamente anterior de tal condición, saltándose olímpicamente los 17 años en que estuvieron en el poder con la misma frescura excluyente con que lo hace la exhibición de los Presidentes de Chile ostentada en un panel del izquierdista y venido a menos café “Torres” de la capital.
Pues, en efecto, vivimos en un país de derecha que es un lujo latinoamericano, legado por el Gobierno Militar tutelado por la derecha del país, y a mucha honra para ella. Justamente por ser un lujo de país los DC y socialistas llegados al poder a lo largo de veinte años no se atrevieron a desmantelarlo y se limitaron sólo a “rayarle la pintura”, llegando hasta a vanagloriarse de algunos de sus logros fundamentales, como la salud privada (Frei Ruiz-Tagle ante el Congreso norteamericano) o la Constitución de 1980, que les gustó tanto que se la apropiaron, como lo hizo Ricardo Lagos con bastante frescura, al poner su firma al pie de ella en lugar de la de su legítimo inspirador, Augusto Pinochet. No resisto volver a reproducir el discurso de Lagos cuando consumó esa confiscación impaga, en 2005 (aunque a Lagos no le gusta que se le recuerde, como la mayoría de las cosas que ha escrito, dicho y hecho). Así discurseó entonces:
"Felicitémonos por este paso trascendente, hoy es un gran día  para Chile. El Congreso Pleno ha ratificado un conjunto de cambios a la Constitución, que Chile venía reclamando desde hace muchos años.
“La sociedad chilena, que nunca ha perdido su espíritu democrático, venía construyendo desde hace años una práctica democrática que no se reflejaba en la Constitución.
“Hoy, el nuevo texto constitucional se pone a la altura del espíritu democrático de todos los chilenos.
“Todos sabemos que la Constitución nacida como expresión de un régimen autoritario no expresaba a la mayoría de los chilenos y mucho menos era expresión de unidad nacional".
"Hoy tenemos, entonces, en Chile un día de alegría, de unidad, de reencuentro con nuestra historia. Como Presidente de todos los chilenos agradezco a todos los ciudadanos que lucharon por contar con una Constitución a la altura de nuestro espíritu libertario, agradezco a todos los partidos que pusieron su empeño en esta tarea, agradezco al Congreso Nacional, a todos sus miembros que han hecho posible que desde ahora Chile pueda mostrar al mundo un texto constitucional que lo hace participar plenamente de las naciones democráticas".
Hoy él, como tantos (casi todos) ha quemado lo que ayer adoró y se juega por la vacua e impredecible AC.
Pero volvamos a lo nuestro: la derecha debería estar orgullosa de los pilares básicos de su legado: el ideario valórico y socioeconómico que inspiró al Gobierno Militar, vaciados en la Carta y otros derivados de las garantías de su texto: primero, la familia como pilar fundamental de la sociedad, obviamente fundada en la institución que la Humanidad eligió desde sus albores como la más apropiada  para construir una vida en comunidad fructífera y progresista, el matrimonio de un hombre con una mujer, garante de la integridad de los hijos y la prosperidad de las sucesivas generaciones.
¿Por qué los revolucionarios hoy dispuestos a arrasar con todos los valores permanentes de nuestra sociedad han puesto el grito en el cielo ante la verdad expuesta por Miguel Otero en un encuentro estudiantil, en el sentido de que el hogar fundado en el matrimonio es el que engendra los mejores hijos? Porque Otero ha puesto el dedo en la llaga, ha dado en el blanco de la principal arma marxista contra la integridad y solidez de la sociedad: el arma que busca destruir la familia normal como su núcleo fundamental.
Segundo: la derecha debería estar orgullosa de haber rescatado de las garras totalitarias el derecho de propiedad, base de todo progreso real contemporáneo.
Y también debería estar orgullosa de haber sido parte de un régimen que derrotó a la delincuencia y al terrorismo. ¿Alguien se imagina que el caos en la Araucanía, la ilegal anarquía portuaria actual, la proliferación impune de los incendios intencionales, las “tomas” generalizadas, los saqueos de los “encapuchados”, el reinado sin contrapeso de la delincuencia y la impunidad del terrorismo podrían haber existido bajo el Gobierno Militar? ¿Alguien concibe que bajo ese régimen un matrimonio pudiera ser asaltado y quemado dentro de su hogar con casi total impunidad? ¿Alguien creería que entonces pudieran haber salido libres los que colocaron un centenar de bombas terroristas o el asesino comprobado de un carabinero en la Araucanía?
Ése era otro país, pacífico y progresista, donde los únicos que tenían razón para temer eran los delincuentes y los terroristas, que es como debe ser. Era un país donde se creaban fuentes de energía eléctrica suficientes para abastecer el crecimiento, no como hoy, bajo un gobierno que de hecho es de centroizquierda, además de personalista y débil, el cual, para no caer en las encuestas, suspende centrales generadoras y ni siquiera va a poder decir en dos meses más, cuando se vaya, “el último apaga la luz”, porque casi no va a quedar luz.
La derecha debería estar haciendo en estos días un recuento orgulloso de los cinco pilares que posibilitaron el crecimiento de dos dígitos anuales a fines del Gobierno Militar, obra de sus ideas y sus funcionarios, pilares que cinco gobiernos de signo opuesto no han podido derribar:
I. La previsión privada, que puso a disposición del crecimiento los fondos de jubilación que antes derrochaban los políticos en lujos propios e indebidos;
II. La salud privada, que liberó enormes recursos del Estado, permitiendo que creciera la inversión en clínicas y mejorara la atención para millones de chilenos;
III. Las universidades privadas, que crearon un polo de atracción para enormes inversiones educacionales nacionales y extranjeras, las cuales dieron cabida a un millón de estudiantes que antes no tenían acceso a la universidad, si bien la absurda persecución al lucro desatada bajo este “V Gobierno de la Concertación” ha implicado una enorme destrucción de valor y paralización de inversiones en ese campo, hoy en lamentable declinación;
IV. El FUT o incentivo tributario al ahorro privado, que permitió un salto gigantesco en la inversión, el empleo y el crecimiento, progresos que la Concertación en sus cinco gobiernos no quiso o no pudo anular, pero que se apresta a derogar en el próximo, con el entusiasta apoyo de los destructores de progreso por antonomasia, los comunistas;
V. Y “last but not least”, porque económicamente puede haber sido lo más importante, el respeto a la propiedad privada de las concesiones mineras, que ha permitido un auge sin precedentes en esa actividad y que ha sido la base de los aumentos de crecimiento y empleo bajo el actual gobierno, el cual, como dijera el profesor Ernesto Fontaine, realmente no ha hecho nada por el crecimiento y el empleo, sino al contrario (alza de impuestos), pero se ha beneficiado sobremanera del auge de los commodities, gracias a la institucionalidad que dio seguridad a los inversionistas bajo Pinochet.

Pero la derecha ha olvidado todo eso. Bajo la marea de la mentira institucionalizada de los cinco gobiernos de centroizquierda ha permitido que se le lave el cerebro al país y que se lo laven a ella, llegándose al extremo de que muchos derechistas piden perdón y “se arrepienten”, tal como el cardenal Midszenty de Hungría, tras el lavado de cerebro que le prodigaron los soviéticos, les pedía perdón públicamente por haber cometido los falsos delitos que sus captores rojos le imputaban.

El peor pecado de esta derecha ha sido haber permitido, cuando no actuando lisa y llanamente en calidad de portavoz y cómplice, la falsificación histórica más escandalosa que ha presenciado el país, con motivo de los 40 años de la Segunda Independencia Nacional. Fue un suicidio político, una autodestrucción encabezada por Sebastián Piñera, que puso en marcha la ejecución de la estrategia de Goebbels: “una mentira mil veces repetida, pasa a ser verdad”. La reiteración hasta el cansancio de la mentira histórica ha sido la causa básica de la demolición electoral de la derecha, y fue realizada con su propio concurso y encabezada por el propio individuo que ella eligió para conducir los destinos del país.

Los representantes de la derecha, desorientados por la propaganda, ideológicamente debilitados, absurdamente “arrepentidos”, lo único que hacen en estos días es prometer que se alejarán de sus propios valores, doctrina, logros e historia. Se atropellan para irse “hacia el centro”, donde creen que está la salvación (y los votos que se les fueron). Se superan unos a otros con tal de parecerse más a sus adversarios, creyendo que ahí está la elusiva “popularidad”.
La derecha les está dando al país, al mundo y a los que conocemos la verdad histórica objetiva un espectáculo lamentable, como si en los recintos en que debate su desesperada condición de sector huidizo, carente de memoria y personalidad propias,  no estuviera apareciendo a la vista de todo el mundo, omnipresente y a cada paso, un fantasma, el de una figura a la cual la única que no ve es ella, y de la cual nunca, por más que lo procure e intente, se va a poder desligar. El fantasma de quien ella inspiró, apoyó y ayudó a fundar el exitoso Chile actual; Chile actual que, también con la complicidad de ella, de sus indefiniciones, desmayos y cobardías, está destinado a ser lanzado por la borda a partir de menos de dos meses más, en cumplimiento del sino histórico nacional de darnos cada cuarenta años un balazo en el pie.
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