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La Haya: mis temores y el día después

por 16 enero, 2014

La Haya: mis temores y el día después
Si algo hay que aprender de la forma como Perú nos llevó a la Haya, es en relación a Bolivia, ya que por mucho que nos parezca sin base jurídica la pretensión altiplánica, Perú nos demostró que con constancia se puede construir un caso artificial. En el caso de Bolivia, existe además la posibilidad de que la manera como La Haya delimite la frontera marítima podría condicionar la pretensión de la playa boliviana, lo que significaría un problema mayor y no menor en el actual mal estado de nuestras relaciones bilaterales.
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Pertenezco a quienes opinan que la razón jurídica asiste en su totalidad a Chile. Las fortalezas no sólo radican en el Derecho, sino también en la seriedad de nuestro país, la falta de chauvinismo en el debate público, y en la seguridad de que se va a aceptar el resultado, cualquiera este sea, honrando la tradición de respeto a los fallos internacionales.

El éxito de Chile va a depender casi exclusivamente de que los jueces fallen en Derecho. Es lo único que nos sirve, es decir, que predomine el respeto a las normas por sobre la equidad.

Mis temores están relacionados con que a Chile le sirve sólo un resultado: que se mantenga en su totalidad el statu quo y que la Corte acepte en un cien por ciento la posición nuestra. Cualquier otro resultado, sea en un 1% o en un 99%, representa una pérdida, lo que no deja de ser un problema mayúsculo, toda vez que la base de nuestros intereses permanentes comienza en el entendimiento de que el cuestionamiento a fronteras y tratados es un tema de marca mayor, toda vez que afecta el edificio entero de nuestras relaciones internacionales y de nuestra Defensa, desde el momento que la política exterior de Chile es de paz, toda vez que está satisfecho con su arreglo territorial no ambicionando territorio alguno, incluyendo aquellos que se han perdido.

De ahí las dudas si se pudo haber evitado llegar a La Haya.

Lo único aconsejable es no especular con una sentencia que no conocemos, pero sí nos podemos poner de acuerdo en aprender de esta experiencia. De ahí que a toda costa hay que evitar recriminaciones mutuas, ya que este es un tema que atraviesa gobiernos, y lo que vamos a  presenciar el 27 de enero es la culminación de un proceso iniciado por Perú el año 1986.

Las preguntas clave tienen que ver con el futuro y se relacionan con lograr las mejores relaciones posibles entre ambos países y cómo se evita la obsesión con el pasado en nuestros vecinos. Desde nuestro punto de vista, ello pasa por el aprendizaje de las lecciones que nos dejará el fallo, cualquiera este sea.

Si algo hay que aprender de la forma como Perú nos llevó a la Haya, es en relación a Bolivia, ya que por mucho que nos parezca sin base jurídica la pretensión altiplánica, Perú nos demostró que con constancia se puede construir un caso artificial. En el caso de Bolivia, existe además la posibilidad de que la manera como La Haya delimite la frontera marítima podría condicionar la pretensión de la playa boliviana, lo que significaría un problema mayor y no menor en el actual mal estado de nuestras relaciones bilaterales.

Desde que se supo de la postergación de la lectura de la sentencia, sabemos que éste no es un dato menor, ya que el periodo de deliberación que la ha acompañado es el más extenso desde que el juez eslovaco Peter Tomka asumió la presidencia del tribunal, caracterizada por el esfuerzo de imprimirle rapidez a su accionar, promedio que se ha acercado a los seis meses después de la última audiencia. Además, la demora está siempre relacionada con la complejidad del asunto, por lo que todo indica que al menos algunos de los magistrados piensan en términos de jurisprudencia novedosa.

Debemos entender que para nuestros vecinos el tema no es sólo jurídico y/o económico, sino sobre todo es histórico, con heridas abiertas desde la Guerra del Pacífico, por lo que es improbable que este resultado, sea a favor o en contra, vaya a significar el fin de todo contencioso. Incluso el fallo podría inaugurar otros, ya que, dependiendo de  cómo se resuelva, hay temas no sólo marítimos sino vinculados con una arista terrestre (¿la pretensión marítima se inicia desde el Hito 1 o desde La Concordia?). En 1999 habíamos escuchado al canciller peruano de la época decir que la firma de las Actas de Lima implicaba el punto final a los temas pendientes del Tratado de 1929. Es decir, aunque sea poco probable, es necesario señalar que, dependiendo del fallo, este aspecto particular podría terminar en  manos del Presidente de Estados Unidos, según lo acordado en ese tratado base de nuestras relaciones mutuas.

Como aspecto muy positivo, felizmente nos encontramos en un escenario donde se puede descartar todo enfrentamiento bélico, por lo que  Chile debe proponerse como país lo siguiente, cualquiera sea el fallo del 27 de enero:

Primero, pensar en la posibilidad de que sea necesaria la presentación de un recurso de aclaración ante el propio tribunal, si es que hay aspectos que no quedan del todo entendibles.

Segundo, que a diferencia de lo planteado por el Presidente Humala, si el fallo trae consigo cambios que no son menores, simplemente no es posible una “ejecución inmediata”, ya que hay consecuencias sobre todo para nuestra pesca, tanto artesanal como industrial. Esto además es de sentido común, ya que, si Chile llegara a ganar, no hay nada que ejecutar, ya que todo se mantendría igual.

Tercero, lo más importante es empezar a conformar una mirada estratégica de las relaciones de nuestro país, de la que hoy carecemos, lo que se demuestra no sólo en estos elementos de política exterior, sino también en la incapacidad de abordar como país elementos de seguridad nacional tales como la situación de las zonas extremas, el hecho que la población apenas se esté reproduciendo, la previsible escasez de energía, una obsoleta estructura centralista en perjuicio de las regiones y los gobiernos locales, sólo por mencionar algunos. Una visión estratégica también incluye la necesidad de un proceso de toma de decisiones que reduzca la excesiva separación que ha existido históricamente entre la parte uniformada y la civil del Estado.

Cuarto, enfrentar el hecho de que las diferencias con nuestros vecinos no son primordial ni exclusivamente de tipo jurídico, sino de fuerte raíz histórica, lo que incluye una visión educacional de memoria selectiva que pone acento en las guerras, y no en el esfuerzo de la naciente república chilena para conformar la Expedición Libertadora, como tampoco el apoyo posterior a Perú en su conflicto con España, que terminó en ataque a un indefenso Valparaíso. Por lo tanto, hay mucho que avanzar en la forma como se educa a las nuevas generaciones, como también en entender que las relaciones entre los países no son sólo ni exclusivamente económicas, sino que están fuertemente influenciadas por una variedad de elementos, ya que buenos negocios se han hecho también entre ambos países en periodos donde no ha existido un hecho tan inamistoso como esta demanda.

Quinto, Chile debe actuar en forma más proactiva y no sólo reactiva, como lo ha estado haciendo por demasiado tiempo. Ello pasa por una acción más abierta en lo político, donde sin complejos se exponga nuestra posición ante el mundo, incluyendo organismos internacionales. Por lo demás, es lo que hacen nuestros vecinos, lo que no me merece crítica alguna sino sana envidia, ya que sólo defienden sus intereses. Lo mismo se puede decir de la forma como Perú se preocupa de su sur en comparación a lo que hacemos con nuestro norte, y, en el otro extremo geográfico, tenemos a  Argentina y su eficaz inversión patagónica en comparación a nuestro descuido.

Sexto, Chile necesita plantearse una urgente reforma y modernización de ese instrumento que es el Ministerio de Relaciones Exteriores (en la década del noventa me tocó organizar desde la Universidad una comisión que entregó una propuesta donde distintos actores identificaban 14 puntos, sin que se conociera respuesta). Chile no ha expresado con claridad cuáles son los intereses no negociables, las líneas rojas que no se deben cruzar; en qué condiciones está disponible para comprometer tropas para acciones de la comunidad internacional y en cuáles no está. En el fondo, Chile debe actuar siempre en la forma más conveniente a sus intereses, como lo hacen tantos países en el mundo y en la región, lo que debe trasladarse a una total coherencia en nuestras votaciones en los organismos internacionales cuando el tema que se discute tiene que ver con elementos similares, es decir, fronteras, territorios y paz.  También, pasa por la decisión de país de buscar ser más respetados, aunque ello a veces signifique no ser igualmente queridos. La raya para la suma es pensar siempre primero en Chile y sus intereses.

Séptimo, si algo hay que aprender de la forma como Perú nos llevó a la Haya, es en relación a Bolivia, ya que por mucho que nos parezca sin base jurídica la pretensión altiplánica, Perú nos demostró que con constancia se puede construir un caso artificial. En el caso de Bolivia, existe además la posibilidad de que la manera como La Haya delimite la frontera marítima podría condicionar la pretensión de la playa boliviana, lo que significaría un problema mayor y no menor en el actual mal estado de nuestras relaciones bilaterales. Por lo tanto, la lección es no subestimar de manera alguna lo que está haciendo Bolivia, que crece además en el tribunal de la opinión pública internacional que condiciona actitudes de gobiernos, y lo que se supera únicamente con mucha actividad por parte de Chile, ya que implica tratados totalmente firmados, y es de imaginar lo imposible que habría sido la Unión Europea si se hubiese seguido por el camino del Presidente Morales. Pero ello pasa por nuestra actitud de explicar lo que no necesariamente otros tienen la obligación de saber o entender, y también usar de forma distinta a nuestros recursos diplomáticos.

Octavo, las lecciones no son sólo para el Estado sino también para la sociedad chilena, ya que es notoria la diferencia con nuestros vecinos, quienes tienen una mucho más acabada comprensión de su versión que nosotros de la nuestra. Contribuye un excesivo secretismo y la falta de debate público en temas internacionales, y donde la contribución de partidos políticos, medios de comunicación y universidades es escasa. Especial responsabilidad existe en la televisión, ya que no deja de llamar la atención que mientas más viajan y comercian los chilenos, menor presencia existe de temas internacionales en la programación y en los noticiarios. De hecho, los comentarios especializados han prácticamente desaparecido también en las radios. Aún más, no sólo poca gente participa en la definición de la política exterior sino que casi no ha figurado en los últimos debates presidenciales. De hecho, tengo mi propio testimonio, ya que como candidato el tema sólo me fue preguntado como algo importante en Arica, no teniendo mayor respuesta comunicacional el esfuerzo de intentar poner este y otros temas internacionales en el debate. Aún más, en los propios foros de ANATEL, en días seguidos, distinguidos periodistas me preguntaron por el caso puntual de un mismo diputado, no apareciendo La Haya en parte alguna. Esto también contribuye a la falta de debate e interés público.

Noveno, Perú posee claridad en sus definiciones estratégicas y, por lo tanto, Chile debiera pedir dos declaraciones, no a los medios de comunicación, sino definiciones que deben ser hechas con la solemnidad que exige el Derecho Internacional. La primera es que este fallo de La Haya es la última reclamación del país del norte, no existiendo por lo tanto ninguna pendiente. La segunda declaración necesaria es la que proporcione seguridad que Perú no va a interferir en ningún acuerdo o negociación bilateral con Bolivia, ya que en el pasado esto no ha ocurrido.

En resumen, los dados están echados. Sólo falta esperar el fallo, acatarlo y, si es desfavorable, solicitar las aclaraciones respectivas y un plazo prudente de ejecución.

Por sobre todo no mirar hacia atrás, no caer en la descalificación o en una guerrilla política, sino mirar hacia adelante, aprovechando la parte positiva de que Chile goza de unidad en estos temas y que, en el horizonte de las mejores relaciones que sean posible, aceptar que las económicas son las más estrechas de nuestra historia y que las militares y policiales han sido más estables que las políticas y diplomáticas.

Sin embargo, a partir del día después, aprendamos algunas lecciones, tales como avanzar hacia una mirada estratégica de nuestras relaciones, que todo otro país sepa con claridad cuáles son nuestros declarados intereses en política exterior (como ya se hizo en Defensa), que se reduzca el secretismo y exista mayor discusión pública en temas internacionales (que no sólo participen aquellos que están de acuerdo), que se va a tomar una actitud menos pasiva en el tema fronterizo (incluyendo Bolivia), y que el país deje en claro en el futuro que acciones inamistosas van a tener consecuencias, descartando por cierto todo lo militar.

Por último, que el país entienda que, en una sociedad democrática, el debate de nuestras relaciones internacionales, político, académico y comunicacional es algo positivo, y que tener la razón en lo jurídico no siempre es suficiente.

Es la lección que nos deja La Haya, cualquiera sea el resultado.

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