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Nicolás Eyzaguirre y la realidad social de Chile

por 22 enero, 2014

Independiente de las excepciones que existen como en todos lados, nuestra sociedad siempre ha sido una sociedad de castas, de miradas por sobre el hombro a quien no sea del mismo lugar o que no haya estudiado en el mismo colegio. Y como castas que son, logran autorreproducirse hasta el final sin ningún pudor al respecto.
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Nunca fui un alumno muy agradable para el profesorado. Al contrario, muchas veces fui un estudiante más bien rebelde durante mi época escolar. No entendía el método con el cual me querían enseñar, encontraba a los profesores tipos bastante poco ilustrados y nada de motivadores, pero principalmente sentía que el formato era más bien carcelario, castrador y muchas veces represivo.

Me paseé por algunos colegios entre Vitacura, Las Condes y Providencia -un periplo cercano de donde siempre viví- y en ese recorrido me encontré de todo: tipos simpáticos, chicas hermosísimas y personajes realmente tarados. Estos últimos, tal vez a diferencia de lo que me sucedía a mí, no entendían el lugar en el que estaban metidos no por algo de pensamiento o rebeldía, sino porque sabían que independiente de todas las pruebas y las distintas trabas que tenían en todo sentido, habían ganado hace rato debido al lugar en el que estaban.

Por lo general estos tipos no eran buenos alumnos ni de muchas luces -cosas que no van necesariamente de la mano-, pero sí eran queridos por la profesora y los demás compañeros porque daban grandes fiestas y ponían su casa, o su membresía a un club, a disposición para cualquier evento que fuera necesario. Y así iba creando lazos con los demás y los demás iban creando redes con él.

Muchas veces el colegio era más bien un lugar de veraneo. Muchos estudiaban y otros hacían como si lo hicieran, porque lo más importante era visitar la casa de playa -por lo general en un balneario de moda- de la persona que tuviera el apellido más conveniente, más interesante para el futuro, ya sea para perpetuar la especie o para formar grandes cercanías: grandes conexiones.

Pero eso no sucedió solamente en los lugares en los que yo me desenvolví, sino en los que se desenvolvieron mis padres, mis tíos y un gran número de personas que conocí y que conozco hasta el día de hoy. Siempre el apellido fue importante, porque podrías saber de dónde venía la persona con la que te juntabas, y, por ello, si compartía lo mismo que tú, tus mismas costumbres, tu mismo lugar de origen y tu misma casta. Y si venía de una superior a la tuya, aún mejor.

Por esto es que siempre mis compañeros se juntaron con los tipos más de moda, porque sus padres, al igual que los de todos los que estábamos en esa sala, estaban comprando más que sabiduría, o cualquier tipo de aprendizaje, estatus, redes sociales y futuro en alguna que otra empresa. Cosa para la cual no era necesario ser tan brillante o suficientemente aplicado.

Por esto es que los dichos de Nicolás Eyzaguirre y sus compañeros del Colegio Verbo Divino -dichos en los que daba a entender que la mayoría de los tipos más pelotudos de su clase eran todos gerentes de grandes empresas- no dista mucho de la realidad, de lo que realmente sucede en Chile. La meritocracia es un invento de estos mismos muchachos para hacer creer que todos pueden entrar a donde ellos están, o sea del lugar que sus padres les compraron pagando grandes sumas desde que eran bien chicos.

Independiente de las excepciones que existen como en todos lados, nuestra sociedad siempre ha sido una sociedad de castas, de miradas por sobre el hombro a quien no sea del mismo lugar o que no haya estudiado en el mismo colegio. Y como castas que son, logran autorreproducirse hasta el final sin ningún pudor al respecto. Así fueron criados, así los enseñaron a crecer, a desarrollarse y a trabajar. A tener el poder desde niños, para no soltarlo nunca más.

La demostración empírica de lo que digo es la retractación de Eyzaguirre una vez dicho lo señalado. Con una carta a El Mercurio pidió disculpas de algo que él sabe que es totalmente cierto, pero como cierto es también que esos compañeros con los que él convivió ganaron finalmente y lograron su objetivo: hacer de sus redes algo irrompible, impenetrable.

* Publicado en El Quinto Poder

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