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Presencia urbana del Perú en Santiago de Chile

por 24 enero, 2014

Obviamente que hay más hitos urbanos que ligan a los pueblos de Perú y Chile. Tal vez, por un tiempo, después del próximo fallo de La Haya no exista ambiente para reconocimientos gentiles de lado y lado. Pero no cabe duda que, si se piensa a largo plazo, deberemos buscar limitar al máximo las controversias, poner paños fríos a los más afiebrados y basar nuestras relaciones en la necesidad mutua de ser buenos vecinos. Al menos yo quiero seguir disfrutando del pisco sour y del cebiche limeños… y del oasis del Santa Lucía que ayudó a crear un peruano.
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“Chile limita al norte con el Perú; y con el Cabo de Hornos limita al sur”. V. Parra

Mal que mal, líneas más allá o líneas más acá, mar de más o mar de menos, después de lo que en La Haya se resuelva, Perú y Chile seguirán como vecinos. Claro, de no mediar una solución para la mediterraneidad de Bolivia que en algún futuro termine con esa situación. Y como tales, como hermanos dicen los más entusiastas, una solución no pacífica a cualquier conflicto entre ambos debe quedar totalmente descartada. Más bien debiéramos ver, pienso, las formas de profundizar los buenos vínculos que históricamente se han cultivado (exceptuando, claro, la Guerra del Pacífico/Salitre, del siglo 19) y que se pueden ejemplificar rápidamente con algunos casos.

De partida, y sólo para enumerar y recordar lo más sabido, en Chile debiéramos estar (y creo que lo estamos) agradecidos de la acogida que Lima dio a nuestro prócer O’Higgins hasta su muerte, cuando salió al destierro en 1823. Lo mismo que, imagino, debe ocurrir en el país norteño con la ayuda brindada desde Chile a su proceso de independencia nacional. Y un fenómeno más contemporáneo dice relación con el tremendo aporte gastronómico peruano a nuestra cocina tradicional, que se expresa en innúmeros establecimientos comerciales de ese tipo diseminados por el país y en su creciente presencia en las recetas caseras.

En esto de la comida peruana en Chile me detengo un poco. Nos preguntábamos con unos amigos qué explica que el cebiche y el ají de gallina, entre otros varios platos, se hayan extendido por estas latitudes sólo desde hace unos pocos años, siendo que las relaciones culturales entre ambos países datan de tanto tiempo y no pocos chilenos con recursos han viajado desde antaño a turistear o comerciar a Lima (Diego Portales, por poner un caso notorio). Una posible explicación a ese proceso va por el lado de que, cuando un buen número de población de escasos recursos de Perú inmigra a Chile, pensando en regresar a su país apenas se den las condiciones, se traen para acá sus esperanzas y también sus modos de vida… y su exquisito arte culinario. O sea, aventuramos, son los pobres quienes han generado este intercambio cultural tan sabroso. Bon appétit!

Obviamente que hay más hitos urbanos que ligan a los pueblos de Perú y Chile. Tal vez, por un tiempo, después del próximo fallo de La Haya no exista ambiente para reconocimientos gentiles de lado y lado. Pero no cabe duda de que, si se piensa a largo plazo, deberemos buscar limitar al máximo las controversias, poner paños fríos a los más afiebrados y basar nuestras relaciones en la necesidad mutua de ser buenos vecinos. Al menos yo quiero seguir disfrutando del pisco sour y del cebiche limeños… y del oasis del Santa Lucía que ayudó a crear un peruano.

Pues bien, decía que hay muchos ejemplos de ese cambalache cultural, del que no queda ajena nuestra urbe principal. Y si a muchos santiaguinos se les viene a la memoria rápidamente la avenida Perú, que serpentea por la falda occidental del cerro San Cristóbal; o la plaza del mismo nombre, por ahí por el barrio El Golf, existen también otros tres hitos en Santiago de Chile que indefectiblemente nos evocan al país del norte.

En el frontis de la Catedral de Santiago, en la Plaza de Armas, hay tres esculturas muy visibles (hoy son dos en verdad, pues la de en medio todavía no la reponen tras el terremoto del 2010). La que se posa más al norte, sobre la esquina con calle Catedral, representa a Santa Rosa de Lima, primera santa de América de la Iglesia Católica. Por ello no resulta casual que una gran cantidad de ciudadanos de origen peruano se disponga en ese sector cada día, especialmente los fines de semana: es la médula de “La pequeña Lima” en Santiago.

Unas cuadras más al oriente se encuentra el cerro Santa Lucía. Después de acceder por la Entrada Monumental de Alameda y pasar las escalas que conducen desde la Terraza Neptuno hasta la subida de Las Niñas, hay una gran ánfora metálica dispuesta encima de un pedestal nada de atractivo, salvo por su fuerte color amarillo. En la base de la escultura se puede leer una inscripción que indica el origen de la pieza: Escuela de Artes y Oficios, la predecesora de la desaparecida Universidad Técnica del Estado, hoy Universidad de Santiago de Chile. Pues bien, a ambos costados de ese jarrón se ven dos balas de cañón dispuestas verticalmente, apuntando al cielo. No tienen ninguna leyenda que indique su procedencia. Sin embargo, según la Guía de Santiago de Carlos Ossandón Guzmán, pertenecieron al monitor Huáscar, el barco de Grau capturado por la marina chilena en Angamos, el mismo que luce remozado hoy en la bahía de Talcahuano.

Y ya que lo mencionamos, veamos un tercer hito que recuerda a Perú en Santiago y que tiene que ver con la obra de Vicuña Mackenna del siglo antepasado, cuando hizo un bello paseo en el roquerío del Santa Lucía. Ocurrió que para que el sueño del intendente fuera realidad se necesitaron muchos recursos. Entonces, aparte de los que sacó don Benjamín de su propio bolsillo y de los que aportó el Estado, se realizó una especie de colecta pública entre los más acaudalados habitantes de la ciudad. Así, personajes como Luis Cousiño, Domingo Fernández Concha, José Tomás Urmeneta o el gringo Enrique Meiggs donaron cada uno entre mil y siete mil pesos de la época (1872). Pero el que sobresalió con su aporte, con quince mil seiscientos pesos de entonces, fue Mariano Ignacio Prado.

Y de dónde salió la plata donada por este Prado. Político, militar y comerciante peruano (sí, peruano), por su papel en la Guerra contra España de 1865-66, fue condecorado por el gobierno de José Joaquín Pérez (Alan García no fue el primero) y nombrado general de división del ejército chileno. Y tenía Prado derecho al sueldo respectivo si es que residía en territorio nacional, lo que hizo entre 1868 y 1873 (participando en varios negocios ligados al carbón y a ferrocarriles, entre otros). Entonces, por su amistad con la aristocracia chilena, Prado donó a Vicuña Mackenna su sueldo de general por un año. Por tanto, cada vez que usted pase o visite el cerro Santa Lucía, recordará que un ciudadano peruano fue el particular que más aportó a la creación de este paseo urbano de Santiago. Ah, como anécdota le agrego que Prado era presidente constitucional de Perú al inicio de la guerra de 1879.

Obviamente que hay más hitos urbanos que ligan a los pueblos de Perú y Chile. Tal vez, por un tiempo, después del próximo fallo de La Haya no exista ambiente para reconocimientos gentiles de lado y lado. Pero no cabe duda que, si se piensa a largo plazo, deberemos buscar limitar al máximo las controversias, poner paños fríos a los más afiebrados y basar nuestras relaciones en la necesidad mutua de ser buenos vecinos. Al menos yo quiero seguir disfrutando del pisco sour y del cebiche limeños… y del oasis del Santa Lucía que ayudó a crear un peruano.

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