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Opinión

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Un Chile de certificaciones

por 1 febrero, 2014

Poder organizar los procesos educativos desde el prisma central del pensamiento crítico y la resolución de conflictos y el manejo de la e-información como ejes esperados en una máxima de todo aprendizaje, como a su vez saber plantear problemas de toda índole de cada sector de aprendizaje a modo de dar respuestas desde una propuesta educativa de desobediencia organizada del currículum formal desde las comunidades educativas autogestionadas, que construyen siempre al final del día la sociedad.
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Estamos en presencia de procesos educativos basados en actos de reflejo, tanto desde profesores y estudiantes. Por ejemplo, es sabido que se acaban las notas en las escuelas, se cierran promedios semestrales o anuales y el ausentismo escolar sube de manera brutal, porque ya no está lo que se va a buscar concretamente en las escuelas, “calificación o pseudo-certificación”, dejando en evidencia que a la escuela sólo se va a buscar (o mandan a los niños a buscar) y no a vivir, mientras los docentes trabajamos para cumplir el trámite de aquella certificación académica, porque ahí el sistema puso su excelencia y su apuesta de éxito para la sociedad, transformando un centro de aprendizaje en la ya sabida máquina de certificación que hace de la vida escolar una rutina demoledora que les aproxima al presente el  vivir en la obligación del  trabajo en una vida de adultos al tres y al cuatro.

Cuando pienso esto, no lo hago precisamente en ese 1% o 3% de privilegiados de la República de Chile, lo hago pensando en ese 99% o 97% de quienes sostienen la República de Chile. Donde en procesos de aprendizajes nos hacen competir, nos rotulan y derivan si eres bueno o malo determinando soterráneamente cuál producto social es quien tienes que ser. Es más, si hubiese sido por eso, la posibilidad de ser profesor habría sido más que un deseo truncado,  porque con mi puntaje P.A.A. no me habría alcanzado ni para la beca “Vocación de Profesor”, es más, no me alcanzó ni para postular a ninguna universidad al salir de mi querido Liceo Técnico Profesional de San Joaquín, con mi flamante título de Administrador de Empresas, en que, tomando distancia, sólo se buscaba formar un capital humano de bajo costo, pero del cual me siento tremendamente orgulloso, porque fue ahí donde profesores creyeron en mí y eran capaces de quedarse después de clases a conversar con nosotros, esto junto a la acción social parroquial donde aprendí que el protagonista de mi historia soy yo junto con otros, no que los otros me definen quién soy, llámese notas, calificaciones, puntajes o lo que sea, donde yo no soy señor de nadie y nadie es mi señor.

Porque hacia allá estamos pensados, hacia la mano de obra calificada para quienes quizás no tuvimos esa posibilidad de educación de métodos sofisticados de educación, donde otra hubiese sido la historia. ¿Se imaginan un colegio Waldorf o Montessori en Lo Espejo, la Pincoya o mi recordado San Gregorio, gratuito y financiado por SEP? En Chile, desde hace ya tiempo, la educación de calidad está supeditada a la condición económica y, sin movimientos estudiantiles desde el 2011 con mayor fuerza, esto ni en el lenguaje formal estaría mencionado.

Y con todo esto, toma más sentido que las escuelas, llegada la proximidad de las vacaciones, comienzan una estampida sujetas al paseo de fin de año, porque ahí, aun cuando pasen 8 horas al día,  la vida de los estudiantes no está. Podemos tener 45 niños en aula, pero con la ironía efectiva de tener aulas vacías.

Poder organizar los procesos educativos desde el prisma central del pensamiento crítico y la resolución de conflictos y el manejo de la información como ejes esperados en una máxima de todo aprendizaje, como a su vez saber plantear problemas de toda índole de cada sector de aprendizaje, de modo de dar respuestas desde una propuesta educativa de desobediencia organizada del currículum formal desde las comunidades educativas autogestionadas, que construyen siempre al final del día la sociedad.

¿Qué estamos haciendo en las poblaciones cuando educamos? Ahí donde la labor docente debe tener un cuidado único por entregar igualdad de condiciones en una sociedad tremendamente injusta y clasista.

Y no lo señalo a fin de resentimiento, lo expreso con la profunda verdad de ver cómo personas con mil veces mayores capacidades que yo terminaron consumidos por la angustia de la pasta base, o el flagelo de la delincuencia como una opción de vida, porque nadie fue capaz de mostrarles nada, y luego los llamamos peyorativamente "flaites", con aires de grandeza, cuando esto es el resultado de un modelo despersonalizado, deshumanizado, que hizo de los números su estilo de vida, perdiendo sangre en el cuerpo y capacidad de promoción social, y que, aún más, se les castiga enviando a los vulnerados a las periferias en verdaderos nuevos guetos sociales sin hospitales, o farmacias cercanas, donde los tiempos de traslados son de más de 2 horas y donde las casas se llueven, viviendo entre basurales y miseria, ajenos a ese tremendo crecimiento per cápita que los mismos economistas de las bienaventuranzas ni se atreven a vivir un solo día ahí, ni han pasado una sola noche de frío, o no habrán escuchado una sola balacera cada 30 minutos cerca del que debiese ser el dulce hogar, o con 15 personas viviendo en 50 mt², pero donde la caridad es bien vista, o cuando el ya joven tuvo una educación paupérrima que hace, del sabor del poco dinero por trabajar, pensar en el corto plazo y condenarse a futuro,  porque cuando tienes 16 años y ves que ganas 150.000 pesos te sientes millonario, pero cuando con eso mismo formas familias, te das cuenta de que la decisión fue algo equivocada, y aquellos adultos significativos, como padres (en mi caso) y profesores, deben conducir y decir pan para hoy, hambre para mañana, no están o no quisieron estar.

Cruenta decisión cuando los vulnerados son un número y no personas que se la tienen que bancar a pesar de los números azules, los que además ven en la escuela el lugar para que sus hijos surjan, pero que el Estado y sus derivados en responsabilidad les ofrecen un sistema de aprendizaje anacrónico y de migajas, validado por personeros intelectuales capaces de rasgar vestiduras para defender el modelo.

Pero, aun así, en las poblaciones los profesores nos vamos enfrascando en actos de autocomplacencia del ejercicio, danzando la rutina del beso de la muerte por cada estudiante que desatendí, porque no estoy contento con mi elección profesional y otro sinfín de argumentos que me ha tocado escuchar, que, con todo respeto, si usted va a asegurar su pan, por el bien de la dignidad docente y de los estudiantes, cámbiese de trabajo.

Los profesores, desde nuestro trabajo y convicción, debemos formar procesos curriculares capaces de empujar a toda autoridad hacia la obligación de consultar a nosotros para decisiones país. Somos una profesión celadora de la justicia social por sobre todo. Ya sea trabajando en La Pintana o en Vitacura, hemos de preservar la dignidad de las personas en nuestra acción profesional. Y más aún, hemos de dar herramientas a quienes sostenemos la República de Chile, en crecimiento real y explotación máxima de las habilidades y capacidades de los estudiantes, porque el talento no tiene cuna, ni credo ni raza que lo pueda monopolizar. Se reparte de manera genuinamente heterogénea y democrática.

Es allí donde las papas queman que hemos de formar para la sociedad de la información y no para el modelo industrial de desarrollo.

Levantar la dignidad de la pedagogía desde nosotros, los protagonistas de la transformación de la sociedad, precisamente para eso: Aportar a ser sociedad y no núcleos sociales inconexos.

Poder organizar los procesos educativos desde el prisma central del pensamiento crítico y la resolución de conflictos y el manejo de la información como ejes esperados en una máxima de todo aprendizaje, como a su vez saber plantear problemas de toda índole de cada sector de aprendizaje, de modo de dar respuestas desde una propuesta educativa de desobediencia organizada del currículum formal desde las comunidades educativas autogestionadas, que construyen siempre al final del día la sociedad. No se trata de pasar de una cultura del "Morandé con Compañía" a "La Belleza de Pensar", se trata de deconstruir lo que actualmente quieren que aprendamos como la competencia o, lisa y llanamente, el atomizar aquello que naturalmente somos, “personas en colaboración”, no al revés. Porque cuando ayudas a alguien no es un acto de bondad y de autocomplacencia de tu ser, es un acto en el cual nuestra especie ha fundado su evolución y ha permitido, por ejemplo, ser familias o clanes o llámele como guste, pero lo cierto es que, si aprender es inherente a la escuela y las instituciones, la colaboración es centro de aquel acto inherente, y no corresponde ni a religión ni a moralismos, al contrario, estas fundan su base en este proceso natural de los seres humanos, y en el que la  educación formal, no sé si consciente o inconscientemente, ha ido apartando esa acción elemental de su constructo.

Por esto, quienes tratamos de hacer educación en los distintos frentes, no debemos considerar nunca estos temas como nuestra arma de dignidad, pues la educación y la pedagogía es nuestro acto sublime de humanidad para el encuentro con otros en un crecimiento holístico y ecoconsciente donde la dignidad es transversal y no punta de lanza. Más aún en los sectores vulnerados, donde los Contenidos Mínimos Obligatorios se convierten en una máxima a la cual incluso pocas veces se llega.

Al terminar el año escolar y ad portas del que se avecina, no hipotequemos los procesos educativos donde nosotros somos pilares fundamentales. Pues sería irresponsable esperar que llegue lo que pedimos por acto de magia, el derecho no se pide, se toma porque es derecho, ahí está. Por lo tanto hemos de tomar aquello que nos corresponde desde la coherencia de nuestros actos profesionales, hemos de responder para construir un proyecto social en un país en que el neoliberalismo lo quiere consumir todo sobre la base del exitismo.

Hemos, desde el acto de construcción de la educación, de hacer que los valores universales del hecho de Ser persona en un ecosistema el camino para aprender más allá del modelo de producción de turno, industrial, digital, el que sea. Cuando seamos capaces de hacer y articularnos para crear procesos con sabor a tierra y corazón humano, ni el puntaje, ni la nota, ni la certificación será lo que prime, sino que el Soy el Soy junto con otros, nos hará pueblos, república, Estado, cuerdos, justos, responsables. Porque:

“No puedo ser profesor si no percibo cada vez mejor que mi práctica, al no ser neutra, exige de mí una definición. Una toma de posición. Decisión. Ruptura. Exige de mí escoger entre esto y aquello. No puedo ser profesor a favor de quienquiera y a favor de no importa qué”.

Paulo Freire

“Una educación con vistas a una visión y reflexión compleja de la realidad, colaboraría con los esfuerzos que tienen por objetivo la atenuación de la crueldad y la regeneración de la paz”.

Edgar Morín

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