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El desafío del próximo rector de la U. de Chile

por 5 febrero, 2014

No es posible llamarnos Universidad Pública si la prioridad está en conseguir financiamiento mientras nos restamos de decisiones relevantes para el país: la crisis y la discusión respecto al rol del Hospital J. J. Aguirre, la definición respecto a la recuperación de un canal de televisión, y los principios del proyecto de educación son asuntos que no se resuelven simplemente con un buen “management”: se requiere un posicionamiento claro y una orientación diferente.
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Comenzó la campaña para la Rectoría de la Universidad de Chile. En pocos meses será la elección, y los académicos de las distintas Facultades e Institutos podrán votar para escoger a quien regirá los destinos de la Casa de Bello. Será la primera elección después del 2011, por lo que los proyectos y visiones que se enfrenten afectarán no sólo lo que ocurra al interior de la Universidad, sino qué tan decidido y relevante será el posicionamiento que tendrá la institución en el debate sobre una educación pública, gratuita y de calidad.

Desde que el Estado dejó de hacerse cargo de sus Universidades en 1981, progresivamente la Universidad de Chile ha tenido que mimetizarse con su entorno mercantilizado para subsistir, buscando vías de autofinanciamiento y competencia. En su interior, esto repercute en desigualdades entre sus unidades académicas, que lleva a competir a disciplinas más o menos rentables para el mercado, que también se autofinancian. Esto se traduce, por ejemplo, en que hoy, mientras Ingeniería construye canchas de squash, el Instituto de Asuntos Públicos (INAP) lleva años vagando de sede en sede.

No es posible llamarnos Universidad Pública si la prioridad está en conseguir financiamiento mientras nos restamos de decisiones relevantes para el país: la crisis y la discusión respecto al rol del Hospital J. J. Aguirre, la definición respecto a la recuperación de un canal de televisión, y los principios del proyecto de educación son asuntos que no se resuelven simplemente con un buen “management”: se requiere un posicionamiento claro y una orientación diferente. Para ello, es necesario avanzar en una mayor democracia interna, que permita construir soluciones y alternativas de la mejor forma en que estas pueden realizarse: con la participación de todos los actores involucrados de la comunidad universitaria.

No es posible llamarnos Universidad Pública si la prioridad está en conseguir financiamiento mientras nos restamos de decisiones relevantes para el país: la crisis y la discusión respecto al rol del Hospital J. J. Aguirre, la definición respecto a la recuperación de un canal de televisión, y los principios del proyecto de educación son asuntos que no se resuelven simplemente con un buen “management”: se requiere un posicionamiento claro y una orientación diferente.

Es cierto que no todo es tan malo. El proyecto de generación eléctrica en Huatacondo, los ciclos gratuitos de música o el Museo de Odontología son algunos notables ejemplos que muestran la enorme potencialidad que tiene la Chile. Pero son iniciativas que responden mucho más a voluntades de algunas personas o grupos que a políticas institucionales. Un Rector cuya prioridad sea devolverle a la Universidad su rol histórico podría hacer una diferencia tremenda para que estas iniciativas que nos hinchan el pecho sean cada vez más la norma y menos la excepción.

También es cierto que la mayor culpa de esta situación la tiene el Estado, pues en su abandono ha forzado una situación en la que juntar los pesos es la prioridad número uno. Pero nuevamente el cómo se resuelva la elección de Rector será crucial: en un contexto en que el país estará discutiendo una reforma educativa, y frente a un programa tan ambiguo como el de Michelle Bachelet en educación, se requiere una rectoría que asuma un rol activo, cuya prioridad sea forzar que tales ambigüedades se resuelvan en favor de que la educación sea un derecho. Tener una Rectoría que se dedique a sobarle la espalda al gobierno sería tremendamente estrecho. Hoy el Rector de la Chile no puede reducirse a ser “el hijo regalón” del próximo gobierno: debe ser un verdadero guardián de la educación pública.

Durante mucho tiempo no ha sido posible levantar alguna candidatura a la Rectoría que responda a tales principios, y la comunidad académica (sin participación de otros estamentos) se ha visto forzada elección tras elección a escoger entre distintas alternativas de administración gerencialista. Hoy han ido cobrando presencia, no una, sino dos precandidaturas que podrían asociarse a una vocación transformadora: Ennio Vivaldi y Gonzalo Díaz. Este escenario es difícil de entender, dada la importancia de esta elección, y lo difícil que ha sido durante todos estos años articular a los sectores de izquierda y progresistas de la comunidad académica y universitaria.

Tener una sola candidatura de izquierda no es solamente importante para mejorar las perspectivas electorales: es la única forma de ir construyendo un proyecto alternativo de Universidad, de ir organizando a los académicos con vocación transformadora y de defensa de la educación pública, para que, una vez pasada la elección, sea cual sea el resultado, exista un grupo humano con proyecciones a corto y largo plazo. Para esto urge que ambas candidaturas dialoguen, se pongan de acuerdo y se fusionen. Que ambos candidatos expongan sus voluntades y condiciones para lograr esta convergencia, y así deponer la candidatura propia y apoyar la ajena.

En la salida de su rectoría, Víctor Pérez entregará una Universidad saneada económicamente, que ha exigido un ambiguo Nuevo Trato, pero que ha conservado la mayor parte de sus inequidades internas, y en muchos aspectos (desde la orientación de su conocimiento hasta el trato a sus estudiantes deudores) sostiene contradicciones que poco logran diferenciarnos de una universidad privada. Que la Universidad de Chile vuelva a ser Universidad realmente Pública dependerá, en buena medida, de la madurez y generosidad de Ennio Vivaldi y de Gonzalo Díaz.

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