viernes, 19 de octubre de 2018 Actualizado a las 18:10

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¿Quién falló en La Haya?

No es tiempo de nacionalismos extemporáneos e inconsecuentes que se escandalizan frente a diferendos limítrofes, pero que jamás dicen una palabra ante el saqueo de los recursos naturales y la privatización de los recursos estratégicos del país. Se terminó el primer capítulo de La Haya, pero con ello no se terminan los problemas de Chile en su relación con el vecindario. Es hora de tener una política exterior a la altura de los tiempos, que resguarde ante todo los intereses de los pueblos.
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La Corte Internacional de Justicia (CIJ) de La Haya puso fin al proceso judicial que tenía a Chile y Perú enfrentados. Se terminaron meses de ansiedad y especulación, tras un fallo público que ambos países deben acatar e implementar. Con esto, se cierra un capítulo importante de la historia de la política exterior chilena. Y aunque el dictamen fue menos malo de lo que muchos vaticinaban, el resultado no da para evaluaciones autocomplacientes fundadas en la soberbia. Muy por el contrario, esta derrota política y jurídica debe verse como un fuerte llamado de atención para nuestro país, y debe dar pie a una profunda revisión de la relación que mantiene Chile con la región y sus países vecinos.

Hay que sacar lecciones de lo acontecido. Chile perdió en La Haya. Hay que ser categóricos en esto. Y aunque había condiciones para una sentencia más desfavorable, mirar el vaso medio lleno es no hacerse cargo de lo que esta situación reflejó. Chile perdió con este fallo y la responsabilidad directa recae en quienes han desarrollado la política exterior chilena durante las últimas décadas.

Que Chile comparta frontera con tres países y con los tres tenga problemas limítrofes, es algo que llama fuertemente la atención.

En un contexto en donde se ha relegado a un segundo plano la integración regional y se han privilegiado únicamente los negocios y los Tratados de Libre Comercio con Estados Unidos y Europa, donde se ha exacerbado un discurso soberbio sobre el éxito económico chileno y de la apertura indiscriminada al mundo, denostando a los países de la región que desarrollan políticas distintas, era muy difícil esperar que Perú y Bolivia siguieran un camino distinto a la judicialización de sus conflictos. Es su última alternativa y la han tomado, pues Chile no les dio nunca otra opción. Algo parecido a lo que hace Chile con sus pueblos originarios.



No es tiempo de nacionalismos extemporáneos e inconsecuentes que se escandalizan frente a diferendos limítrofes, pero que jamás dicen una palabra ante el saqueo de los recursos naturales y la privatización de los recursos estratégicos del país. Se terminó el primer capítulo de La Haya, pero con ello no se terminan los problemas de Chile en su relación con el vecindario. Es hora de tener una política exterior a la altura de los tiempos, que resguarde ante todo los intereses de los pueblos.

¿Qué espera Chile que hagan los bolivianos? ¿Que se aburran y dejen de plantear sus legítimas aspiraciones? Chile nunca les ha ofrecido una alternativa política que permita cerrar de una vez y para siempre los temas pendientes… ¿por qué debieran, pues, desistir de las aspiraciones que consideran legítimas? En definitiva, ha quedado más que demostrado que negar el problema no hace que este desaparezca.

La experiencia de La Haya nos debiera tener ya preparando una propuesta para resolver las aspiraciones bolivianas. Alternativas existen. Lo que ha faltado es voluntad política.

La inminencia de un nuevo dictamen “salomónico” de la Corte Internacional de Justicia frente a la demanda presentada por Bolivia, sugiere prestar mayor atención al llamado que diversos sectores de la sociedad civil hemos hecho en torno a desarrollar una política exterior con un énfasis puesto en la integración política, social y cultural.

En efecto, hoy más que nunca resulta evidente que Chile debe negociar con Bolivia, anticipándose así a un fallo que –intentando dejar conformes a ambas naciones– no necesariamente logrará los mismos resultados que los que se podrían alcanzar en caso de una negociación directa entre las dos partes.

El precedente de los acuerdos de Charaña es el mejor pie para una negociación que satisfaga las aspiraciones bolivianas, y que permita a Chile una mejor integración con la nación altiplánica y una mayor inserción política en la región. En este punto hay que ser claros al afirmar que existen fórmulas mixtas que permitirían a Bolivia acceder a una salida soberana al mar, sin sacrificar esencialmente soberanía territorial en la zona septentrional de nuestro país.

Ciertamente, en estos esfuerzos el rol de Perú es clave. El gobierno de Ollanta Humala ha sido insistente en señalar que el fallo del pasado lunes 27 de enero pone fin a los problemas limítrofes con sus vecinos. Por ende, es esperable que, en los esfuerzos de dar solución a la pretensión boliviana de una salida soberana al mar, Perú sea también un activo colaborador sin poner objeciones a estos acuerdos, como sí ocurrió en la década del 70. En definitiva, si no existen situaciones pendientes entre Perú y Chile, es de suponer que nuestro país debiera poder libremente definir su propuesta a Bolivia, sin oposición peruana.

Quedan aún muchas interrogantes abiertas. ¿Seguiremos dejando a las zonas aisladas del país a su merced, en una situación de abandono que las ha llevado a sentirse más integradas a sus países vecinos que a Chile, como pasa en el sur con Argentina y en el norte con Perú?, ¿tendremos una política exterior integral e integracionista, o seguiremos velando más por el desarrollo de grupos económicos chilenos cada vez más transnacionalizados?

Por último, ¿seguiremos negando las aspiraciones de Perú y Bolivia o construiremos una propuesta que permita satisfacer los intereses de los tres países y ponga término a nuestros problemas limítrofes?

No es tiempo de nacionalismos extemporáneos e inconsecuentes que se escandalizan frente a diferendos limítrofes, pero que jamás dicen una palabra ante el saqueo de los recursos naturales y la privatización de los recursos estratégicos del país. Se terminó el primer capítulo de La Haya, pero con ello no se terminan los problemas de Chile en su relación con el vecindario. Es hora de tener una política exterior a la altura de los tiempos, que resguarde ante todo los intereses de los pueblos.

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