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Secretismo, traición y Bachelet

por 10 febrero, 2014

Secretismo, traición y Bachelet
Si bien el secreto, en el mundo desde el cual proviene, puede ser una forma de mantener la autoridad y el control, en particular en la designación de funcionarios, escasamente resulta efectivos en el actual ecosistema político.
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No hay dos eventos que le hayan provocado más daño a la cultura democrática y a la convivencia interna en el Partido Socialista que el XXIII Congreso (1971)  y el XXVII Congreso (2005). Por pura coincidencia ambos se desarrollaron los últimos días del mes de enero. El segundo, no sólo rompió para siempre amistades y trayectorias políticas surgidas en los peores años de la dictadura, sino que, también, el serio esfuerzo que realizaba aquella directiva por sacudirse del burocratismo, el aparatismo y la cooptación que el PS había heredado desde los convulsos años 60 y que se oficializó en el Congreso de La Serena de 1971, oportunidad en que la mesa liderada Aniceto Rodríguez, responsable del triunfo de Allende, fue acusada de “guatones”, y barrida en ese certamen. Tal como se repitió en 2005, cuando un grupo ajeno al proyecto Bachelet –que por entonces tenía como candidato a José Miguel Insulza– se tomó la colectividad con la complicidad de Ricardo Núñez.

En La Serena 71 se formalizó –al margen del proyecto institucional que encabezaba Allende– la creación  de un frente interno encargado de la organización, y de una comisión de defensa de la que dependerían  un aparato militar y una estructura de inteligencia. Esa fue la culminación de un largo proceso incubado a partir de 1965 que, influido por la revolución cubana, terminó en la bolchevización del PS que, hasta entonces, se había caracterizado por ser un partido bastante asambleísta, de mucha deliberación y discusión de tesis profundas sobre la naturaleza democrática del socialismo local que encabezó el rector de la Universidad de Chile, Eugenio González (“No concebimos la política como medio de encumbramiento personal, tampoco como ocasión de popularidad y vanagloria. Menos aún como empresa de utilización del poder”) y que se tradujo en el programa de 1947, o el largo intercambio epistolar (“La polémica socialista-comunista”) que tuvo Raúl Ampuero con el secretario general del PC y que llenó la discusión pública a lo largo de los 50 y 60 en un rico debate que siempre diferenció al socialismo criollo de los partidos estalinistas: “Ya hemos planteado la inconveniencia de erigir en autoridad ideológica indiscutible a cualquier partido en particular, precisamente cuando las transformaciones sociales se producen con velocidad vertiginosa en nuestra época”.

La militarización del PS

El cambio en el paradigma democrático que a lo largo de varias décadas construyó el PS lo expresó muy bien el polémico Documento de Marzo que evacuó la dirección clandestina en 1974 y que, entre otras cosas, responsabilizó a la propia organización por la derrota de 1973, debido a su falta de una conducción única, centralizada y homogénea –“ausencia de una columna vertebral marxista leninista”– y propuso algo totalmente ajeno a su cultura política: “Avanzar hacia mayores niveles de unidad con el PC”, lo que no era otra cosa que la fusión con el partido de la hoz y el martillo. Por tal motivo aquel texto fue catalogado por una inmensa mayoría de dirigentes como “liquidacionista”. La feroz dictadura y la sobrevivencia clandestina no hicieron otra cosa que fortalecer el militarismo y sus derivados (el secreto, la compartimentación y la obediencia debida) proceso que la actual Presidenta vivió en carne propia.

Fue común, además, que muchos cuadros del PS recibieran instrucción militar, fuese en la URSS, Cuba o hasta en la misma Corea del Norte, y es muy probable que la Mandataria no haya escapado a ese proceso, en especial si ella militó en la fracción que se quedó tras la cortina de hierro y donde las características de bolchevización, lejos de extinguirse, se fortalecieron. Una temprana y dramática experiencia amorosa juvenil la hizo vivir en carne propia “La vida de los otros” y sufrió en primera persona la traición que tuvo como protagonista a su propio novio, Jaime López, número uno de la organización tras la caída de Lorca y a quien los sobrevivientes responsabilizan por la delación de dos directivas clandestinas sucesivas que terminaron en condición de desaparecidos. 

Hay que recordar que ella fue parte del grupo de ayudistas del malogrado Carlos Lorca, que luego fue detenida junto a su madre y llevada a Villa Grimaldi por haber otorgado protección a una joven del MIR, motivo por el cual Manuel Contreras estuvo a punto de convertirla en otra víctima fatal del terror. En su exilio en la RDA trabajó en el frente interno que, bajo la fórmula de los encargados del partido, revisaba hasta la correspondencia de los militantes, lo que llevó a decir a Rodríguez Elizondo que aquella práctica fue el ejemplo más visible de “la criptografía y paranoia” que se apoderó del PS en el exilio.

Fue común, además, que muchos cuadros del PS recibieran instrucción militar, fuese en la URSS, Cuba o hasta en la misma Corea del Norte, y es muy probable que la Mandataria no haya escapado a ese proceso, en especial si ella militó en la fracción que se quedó tras la cortina de hierro y donde las características de bolchevización, lejos de extinguirse, se fortalecieron. Una temprana y dramática experiencia amorosa juvenil la hizo vivir en carne propia La vida de los otros y sufrió en primera persona la traición que tuvo como protagonista a su propio novio, Jaime López, número uno de la organización tras la caída de Lorca y a quien los sobrevivientes responsabilizan por la delación de dos directivas clandestinas sucesivas que terminaron en condición de desaparecidos.

Como se sabe, López al igual que toda la dirección de la JS de la época, leían La Orquesta Roja y admiraban al personaje central de la trama: Leopold Trepper. Según Jaime Gazmuri, en El sol y la bruma, aquella era la primera lectura obligatoria en la clandestinidad, el primer manual. A ese proceso de formación política en que estuvo inmersa hay que agregar su origen familiar militar y no sabremos nunca cuántas de sus convicciones fueron transmitidas por su padre, a quien ella reiteradamente ha dicho admirar. En recientes declaraciones, por ejemplo, ha insinuado que le gustan frases como aquella que subraya que “quien se mueve no sale en la foto”. Gonzalo Martner –quien la contradijo públicamente-, Camilo Escalona – que se sobregiró en su papel de factótum– y Juan Carvajal – quien se autoerigió como el responsable de su popularidad– han conocido, entre otros, muy de cerca la seriedad con que la Presidenta se toma esta frase.

Quienes la conocieron como parte del comité central o de la comisión política en los años 90, la recuerdan más bien por su silencio que por sus intervenciones. Una mujer despierta e inteligente, pero de escasa expresión. Por el 2003, cuando ella ya era una figura pública, Carmen Lazo, en uno de sus constantes viajes a Rancagua, me confesó que alguna vez la propuso para la comisión programa del PS, pero que ella no aceptó pues consideraba que había otros más indicados para esa tarea. Su propia vida cotidiana  está más bien llena de silencios y complicidades, donde no abunda la actividad social más allá del círculo afectivo de amistades.

También hay que recordar que la Presidenta electa ostenta una profesión donde se fortalece el trabajo individual y en solitario.

Y si bien el secretismo puede resultar eficiente en la clandestinidad, en el ejercicio de la profesión y en el mundo militar, llevado a la política postmoderna –hija de las redes sociales y el peso de la opinión pública–, puede  resultar desastrosa.

El ecosistema político

Si bien el secreto, en el mundo desde el cual proviene, puede ser una forma de mantener la autoridad y el control, en particular en la designación de funcionarios (antes casi siempre filtrados, a veces desde la propia Moneda, para chequear nombres y aceptación), escasamente resulta efectivo en el actual ecosistema político. En efecto, en una actividad donde el diálogo, el debate y el “copuchenteo” son consustanciales, por lo demás, en un mundo cristiano como el nuestro, donde la confesión es uno de los rituales básicos de socialización, así como el intercambio de información, dicha práctica puede ser desastrosa tal como le ocurrió recientemente, tanto que se designó a Mahmud Aleuy como el encargado del recontrachequeo. Y es que en la seguidilla de errores que hemos visto se constata una y otra vez la omisión presidencial que la lleva a no valorar ni respetar leyes naturales del ecosistema político, que no sólo la han dejado mal parada antes de iniciar su gobierno, sino cuyos efectos negativos pueden aún prolongarse peligrosamente en el tiempo.

La Presidenta electa, cuyo carisma no es discutido por nadie, se enreda fácilmente cuando introduce en la política una lógica ajena a la naturaleza de este ecosistema, evidenciando, con ello, un profundo desprecio por las formas y ritos de hoy. A estas alturas cabe preguntarse ¿cuál ha sido su ganancia por imponer el secretismo en las nominaciones? Cero y, sin embargo, los costos han resultado altísimos: ante la opinión pública, con el mundo estudiantil, para su propia imagen y para qué hablar de los partidos políticos cuyos dirigentes cada vez más explícitamente marcan mayor distancia con ella. En tal sentido, la evidencia indica que ha sido una práctica poco efectiva y contraproducente. Cabe ahora interrogarse si la actual mandataria insistirá en el secretismo y la máxima lealtad con lógica de agencia de inteligencia en un ambiente cada vez más público e informado. La reciente nominación de Aleuy parece que, más que hacerla reflexionar en torno a lo oportuno de esta conducta llevada a las esferas del gobierno, ha fortalecido su creencia en la burocracia hermética como instrumento de gobernabilidad. Está por verse si tal insistencia le traerá algún beneficio político o, definitivamente, será el Talón de Aquiles que la acompañará durante toda su administración.

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