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El empoderado Kramer

por 17 febrero, 2014

Tal como lo hiciera Chaplin en la mítica película llamada El Gran Dictador, y donde, al igual que Kramer, el maestro del cine mudo utiliza el recurso de la imitación para palanquearse a un personaje de proporciones icónicas, como lo es Adolfo Hitler. En esa película Chaplin fue subversivo con su personaje del vagabundo, ya que por primera vez le da voz para pronunciar aquel discurso antibélico y humanista frente a la parodia del ejército nazi.
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Está pelúo ser subversivo fuera del estereotipo del revolucionario que pone bombas o asalta bancos. Los tiempos están difuminados, si uno hace algo contra el sistema, el sistema lo toma y lo convierte en suyo. Por suerte hay subversivos inteligentes que saben cómo utilizar al mismo sistema de manera paradójica para desenmascararlo y de pasadita agarrarlo para el leseo como lo hizo Stefan Kramer en su última película El Ciudadano Kramer.

El humorista destruye a la política convencional disfrazándose de político, imitando a la política, con actuaciones magistrales representando las malas prácticas partidistas (épica imitación de Carlos Larraín y de Camilo Escalona). Kramer dice lo que piensa, de manera puntuda y disfrazada de sano humor para toda la familia, ocupando una mercadotecnia que ha llevado a la película a ser una de las más vistas del 2013. Eso sí que es ser subversivo.

Tal como lo hiciera Chaplin en la mítica película llamada El Gran Dictador, y donde, al igual que Kramer, el maestro del cine mudo utiliza el recurso de la imitación para palanquearse a un personaje de proporciones icónicas, como lo es Adolfo Hitler.  En esa película Chaplin fue subversivo con su personaje del vagabundo, ya que por primera vez  le da voz para pronunciar aquel discurso antibélico y humanista frente a la parodia del ejército nazi.

El discurso del humorista en medio de un debate televisado para medio Chile –en una realidad paralela que es El ciudadano Kramer– está lleno de sentido político. Tal como lo hiciera Chaplin en la mítica película llamada El Gran Dictador, y donde, al igual que Kramer, el maestro del cine mudo utiliza el recurso de la imitación para palanquearse a un personaje de proporciones icónicas, como lo es Adolfo Hitler.  En esa película Chaplin fue subversivo con su personaje del vagabundo, ya que por primera vez  le da voz para pronunciar aquel discurso antibélico y humanista frente a la parodia del ejército nazi.

Kramer es subversivo, juega con fuego, todos lo apañan, pero pocos se sientan a hacer un análisis profundo de lo que dice su película. Es para verla y reverla, el hombre hace un diagnóstico más asertivo que el que cualquier analista político podría hacer de la siempre sucia y grasosa máquina política.

Es hora de ser subversivo a la manera de Kramer. De manera inteligente, destruyendo el sistema en su propia mentira. Una vez un cabro ácrata me dijo “voy a dejar de fumar, desde los 12 que fumo. Lo voy a hacer y será un acto revolucionario”. Bien por él. Inteligente.

Si usted está acelerado por la vida tomando café hasta más no poder y le toca la bocina a quien se ponga por delante, su acto revolucionario será relajarse, simple, creativo y fácil. Una queridísima ciudadana ancuditana siempre me dice que su acto revolucionario será escribir cuentos para niños acerca del cuidado de las semillas. Yo no sé si Monsanto tenga la sensibilidad para escribir cuentos para cabros chicos. Son estos pequeños actos subversivos e inteligentes, paradójicos y admirables los que causan verdaderos daños a la estructura, como lo que hace Stefan Kramer, el empoderado Kramer.

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