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La falsa democracia de la Confech

por 21 febrero, 2014

No creen en una democracia formal, como rayado de cancha para todos. Las reglas de una democracia son buenas o malas en la medida en que benefician o no a la causa por la que se lucha. A contrario sensu, si mediante la democracia se favorece el desarrollo de las ideas que se rechazan (por ejemplo, el capitalismo), el sistema es malo y debe ser reformado.
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La renuncia de Claudia Peirano, antes de asumir como subsecretaria de Educación, como consecuencia del rechazo a su nombramiento de parte del llamado “movimiento estudiantil”, ha llevado a algunos analistas a poner en el tapete el exagerado dogmatismo de dicho movimiento. Los análisis han sido algo superficiales. Pocas veces se ha entrado al fondo de las ideas de los dirigentes estudiantiles (de los más visibles) y, por tanto, a las concepciones que inspiran sus reivindicaciones.

Una cuestión clave de entender es su particular visión de la democracia. Por supuesto, al analizar este punto en una columna de opinión se corre el riesgo de simplificar un poco las cosas, sin distinguir los matices y diferencias que conviven entre los dirigentes estudiantiles. Pero valga aclarar que aquí se hace referencia a la visión de un importante segmento, integrado por la izquierda que no adhiere a la Nueva Mayoría y que es el preponderante en la actual Confederación de Estudiantes de Chile (CONFECH).

Aclarado lo anterior, ¿en qué democracia creen los dirigentes de la CONFECH? En primer lugar, no creen en una democracia formal, como rayado de cancha para todos. Las reglas de una democracia son buenas o malas en la medida en que benefician o no a la causa por la que se lucha. A contrario sensu, si mediante la democracia se favorece el desarrollo de las ideas que se rechazan (por ejemplo, el capitalismo), el sistema es malo y debe ser reformado.

No creen en una democracia formal, como rayado de cancha para todos. Las reglas de una democracia son buenas o malas en la medida en que benefician o no a la causa por la que se lucha. A contrario sensu, si mediante la democracia se favorece el desarrollo de las ideas que se rechazan (por ejemplo, el capitalismo), el sistema es malo y debe ser reformado.

En segundo término, y al no existir un rayado de cancha común en que se pueda ganar o perder, no existen los adversarios políticos, entendidos como detentadores de ideas contrarias o distintas, pero igualmente respetables. Cobra, bajo esta visión, real sentido la división entre buenos y malos, típica de los discursos sectarios que se anidan con facilidad en regímenes autoritarios. No es casualidad que procesos como el de Venezuela, cuyos opositores son tachados de “escuálidos” por el gobierno, hayan sido defendidos por la actual directiva de la FECH. Bajo este modus operandi, la democracia lejos está de ser, además de una forma de gobierno, una forma de vida.

La tercera característica de esta “democracia estudiantil” es el rechazo al voto individual: a que las personas naturales expresen su voluntad electoral de manera autónoma, y no subsumidas en asambleas o corporaciones. La clásica definición de persona de Manlio Boecio, como “sustancia individual de naturaleza racional”, es completamente desechada. La voluntad individual tiende a dividir al pueblo, a hacerlo más egoísta y a terminar adhiriendo a las visiones ideológicas que se rechazan. La “verdadera democracia” es de asambleas o corporaciones.

Como señalé en una columna anterior, esta característica no dista mucho del sistema corporativista italiano, planteado por el régimen fascista de Benito Mussolini (1922-1943). Al fin y al cabo, la “democracia estudiantil” aquí descrita tiene como trasfondo una idea colectivista de la sociedad, en la que las personas pueden (y deben) ser anuladas en beneficio de las asambleas y corporaciones, y finalmente del Estado, fuera del cual, parafraseando al mismo Mussolini, nada debe existir.

En cuarto lugar, la “democracia de los estudiantes” es tan oligárquica como el sistema que rechazan (democracia y capitalismo liberales). La diferencia es que los “intelectuales orgánicos” de esta democracia estarían al servicio de los sectores populares, históricamente oprimidos por la oligarquía capitalista. Lo que llaman “participación ciudadana” no implica, ya dijimos, depositar un voto personal; pero tampoco, incluso a través de organizaciones de la sociedad civil, incidir ante las autoridades políticas para lograr determinados cambios sociales. La “democracia estudiantil” entiende la participación ciudadana como la supremacía de las asambleas manejadas por unos pocos iluminados, sus dirigentes, que hablan por y para las personas.

Finalmente, ¿en qué se diferencia esta visión de la del Partido Comunista? Si bien esto da para otra columna, al menos mencionemos dos elementos. Primero, en el término de la mediación del Partido: las asambleas lo reemplazarían. Segundo, en el cambio de categorías discursivas: ya no se habla, por ejemplo, de proletariado, sino de ciudadanía. Pero de ciudadanía, reiteremos, mediada por asambleas o corporaciones, totalmente controladas por unos pocos sabelotodos.

Esta es —matices más, matices menos— la visión de democracia del movimiento estudiantil. Es de esperar que durante este 2014 los medios de comunicación y algunos  sectores políticos, como la misma Nueva Mayoría, dejen de santificar a sus dirigentes, como en la práctica lo han venido haciendo desde las manifestaciones de 2011.

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