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Derecha Culposa e Izquierda Virtuosa

por 24 febrero, 2014

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En mi anterior blog compuse algunas variaciones sobre el tema de la defunción de la derecha, predicha por mí desde el momento en que ella proclamó como su candidato presidencial a Sebastián Piñera hace más de cuatro años; y señalé lo determinante que para precipitar ese fúnebre desenlace ha sido la actividad reciente de dicho actor político.

Los hechos de estos días siguen dándome la razón. Ayer he leído sin sorpresa en “La Tercera” (22.02.14, p. 8) la agenda de “Amplitud”, es decir, de los cuatro parlamentarios piñeristas escindidos de RN, agenda cuyo contenido único consiste en seguir denigrando al Gobierno Militar. En otras palabras, serán continuadores y profundizadores de la tarea de zapa emprendida por su mentor con motivo de los 40 años del Once.

La primera actividad memorable de “Amplitud” tendrá lugar el 25 de febrero, en el aniversario del asesinato de Tucapel Jiménez, fecha en que harán llegar una carta al diputado PPD e hijo de dicho dirigente de la ANEF. La diputada Rubilar explica: “Para nosotros el asesinato del padre de Tucapel el año 1982, junto con el caso Degollados, representan de forma nítida cómo el Estado violó los derechos humanos durante la dictadura”.

¿Alguien puede imaginarse a parlamentarios DC o PS proponiéndose como agenda hacer campaña para resaltar crímenes cometidos por el MIR o el FPMR? Inimaginable. Es la gran diferencia entre la izquierda y la derecha. Tal vez sea la que explique por qué, mientras la primera triunfa en las elecciones con una candidata que fue ayudista del MIR y conviviente del vocero del FPMR durante el período de exterminio más sangriento desarrollado por este último, nadie, pero absolutamente  nadie (aparte de este blog, naturalmente, lo que no altera el calificativo “nadie”) se lo recuerde, mientras la segunda sufre estruendosas derrotas en medio de no menos estruendosos mea culpas (que contribuyen a que la ciudadanía se aleje de ella) debido a su “complicidad pasiva” en la gesta antiterrorista.

En otras palabras, “Amplitud” parece haber nacido para terminar de completar el asesinato de la imagen pública de la derecha. Y con argumentos falsos, como el del caso Degollados, en el cual está históricamente documentado y probado que el Gobierno Militar nada tuvo que ver y, al contrario, sí tuvo la iniciativa para dilucidarlo y sancionar a los culpables, incluyendo a uno que no lo era, como el general Mendoza, al cual por su “responsabilidad de mando” se destituyó de la Junta.

En el caso Jiménez sí hubo actuaciones indefendibles de la Dirección de Inteligencia del Ejército, y ha sido un baldón para el régimen; pero ningún partidario del Gobierno Militar se rebajaría al nivel de cinismo de un Guillermo Teillier para enorgullecerse de semejante crimen, como el diputado PC lo hiciera, confesando su autoría intelectual (que quedó impune) en el caso del asesinato aleve de cinco escoltas del Presidente Pinochet. Eso es lo que establece la diferencia moral que hay entre una izquierda orgullosa y una derecha culposa y autoflagelante.

Por otra parte, nada estaría más lejos de la indignación moral de “Amplitud” que preocuparse del mayor escándalo ético de nuestro tiempo, como lo es el juzgamiento y condena ilegal, inconstitucional y arbitraria de los presos y procesados políticos militares atropellando no sólo la normativa interna aplicable sino los propios tratados internacionales suscritos por el Estado de Chile, que lo obligan a hacer respetar el debido proceso. El libro-denuncia de dicho escándalo nacional, obra del abogado Adolfo Paul Latorre, cuya primera edición de mil ejemplares ya se vendió completa, compara la situación de ilegalidad que viven esos presos y procesados políticos (sañuda y también ilegalmente perseguidos bajo la administración Piñera, que procedió contra ellos con mayor odiosidad que los anteriores gobiernos de la Concertación) con la que soportaron los agricultores chilenos bajo la Reforma Agraria, sin el resultado de que estos últimos fueran sometidos a prisión, pero sí con el de que fueran privados ilegalmente de sus tierras con un pago nominal y miserable. Personaje destacado participante en ambas persecuciones contrarias a derecho fue Patricio Aylwin, autor tanto del parcial y sesgado instrumento de condena urbi et orbi contra los militares, el Informe Rettig, y de la famosa “Ley Aylwin” de fines de los años ’60, que privó a los agricultores del derecho a reclamar ante Tribunales por la ilegalidad de las confiscaciones agrarias y que, de paso, anuló más de 80 sentencias ya pronunciadas y favorables a ellos que habían emitido los Tribunales. Atropelló al derecho “en la medida de lo posible” dos veces en un cuarto de siglo, para sus propios fines políticos.

Entre las paradojas de la última semana también se cuenta el anuncio de que RN rendirá un homenaje a Sebastián Piñera cuando deje su cargo. La solitaria voz del senador electo Manuel José Ossandón se ha alzado para señalar la improcedencia de tal homenaje y, de paso, para anticipar que el saliente Presidente y sepulturero de la derecha “se llevará” también a “Amplitud” a sus ministros de mayor confianza, la vocera de gobierno, Cecilia Pérez, y su “mano izquierda” (porque es zurdo) Rodrigo Hinzpeter. Y, agrego yo, seguramente también al twitero de confianza que emplea para disparar contra quienes lo critican, el ministro Mañalich (es sólo una corazonada).

Mientras la difunta derecha experimenta, no obstante esa condición, los estertores derivados de tanta autoflagelación, la izquierda se muestra cada vez más orgullosa de sus estandartes de lucha. Ha ejercitado un travestismo político genial, convirtiéndose, de agresora (“milicias armadas con enorme poder militar”, denunciadas por Aylwin el ’73) en agredida; de victimaria (casi todos los partidos de la UP se armaban para matar oponentes, según Altamirano) en víctima; y de totalitaria (“socialismo marxista total” prometía Allende a Debray) en demócrata. Y aún hoy sigue describiendo la violencia y el exterminio como el ejercicio de una “virtud”, según dice el columnista Carlos Peña en “El Mercurio”: pues si bien condena que hayan quemado al matrimonio Luchsinger McKay, describe el episodio terrorista como un acto de “barbarie virtuosa”, dada la causa que respalda.

Así, el sabio pueblo chileno, mientras entierra a la derecha por sus pecados, con la entusiasta colaboración de no pocos derechistas, entrega la plenitud de los poderes a una izquierda amnistiada de sus barbaridades, que goza de perdón y olvido, y se muestra dispuesta a poner en práctica todas sus “virtudes”.

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