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La opinión pública y la batalla democrática

por 26 febrero, 2014

La mayor parte de los grandes y medianos medios de comunicación en Chile (que dada su evidencia no necesitan siquiera su mención) se han preocupado ya desde hace décadas de reproducir un discurso hegemónico y hegemonizante. Un discurso que ha sido cuidadosamente construido o cautelado por los pactos políticos hoy gobernantes, quienes sistemáticamente se han encargado de densificar o engrosar las barreras de inclusión a esta ya mal llamada (desfigurada y degradada) opinión pública.
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Uno de los elementos que parecen del todo relevantes cuando se discuten los niveles reales de democracia y democratización político-sociales de un país, es sin duda el ámbito de la opinión pública, en la medida en que ésta se entiende como aquel espacio en que (abierto a todos) distintos individuos se reúnen libremente e interactúan a través de medios de comunicación tales como revistas, periódicos, televisión, radio, entre otros (y dejemos esta vez a un lado el problema conceptual que las redes sociales suponen), para discutir temas que aparecen como relevantes para la sociedad en general.

La opinión pública se comprende en ese marco como aquel espacio en que la democracia se desenvuelve comunicativamente y en el cual hipotética e idealmente la totalidad de las posturas político-ideológicas encontrarían representación. La opinión pública se traduciría de tal forma en corolario comunicativo de la diversidad de posturas políticas, culturales, sociales e ideológicas en general, que, en la medida en que están cristalizadas en dichos medios, permiten la dinamización de la crítica de la sociedad para consigo misma. Sin la presencia de ese acervo de crítica amplia y diversa, es claro, no se puede avanzar.

La mayor parte de los grandes y medianos medios de comunicación en Chile (que dada su evidencia no necesitan siquiera su mención) se han preocupado ya desde hace décadas de reproducir un discurso hegemónico y hegemonizante. Un discurso que ha sido cuidadosamente construido o cautelado por los pactos políticos hoy gobernantes, quienes sistemáticamente se han encargado de densificar o engrosar las barreras de inclusión a esta ya mal llamada (desfigurada y degradada) opinión pública.

Sin embargo, ¿estamos realmente en Chile ante una opinión pública de tal índole? Si, como hemos visto, la opinión pública sobrepasa el mero hecho de publicar las opiniones privadas en un espacio abierto; si aquella es entendida como recipiente general de la diversidad de posturas conceptuales que pueden encontrarse en la sociedad, la respuesta a aquella pregunta parece obvia. ¿Alguien podría afirmar que, cuando una persona lee diarios y revistas, observa programas de televisión o escucha la radio recibe realmente una pincelada de los puntos de vista fluyentes de todos los rincones de la sociedad chilena?

Frase repetida de la psicología es que el lenguaje (y, por ende, la comunicación) crea realidad. Frase de moda en la sociología es que la comunicación prácticamente es la realidad. ¿Qué consecuencias debemos suponer entonces cuando aquel lenguaje, cuando aquellas comunicaciones provienen siempre de los mismos espacios o lugares sociales? Por otro lado, ¿es aquella situación un producto casuístico o pensado? La respuesta se asoma también evidente. Pero, ¿cuál es el objetivo detrás?

La mayor parte de los grandes y medianos medios de comunicación en Chile (que dada su evidencia no necesitan siquiera su mención) se han preocupado ya desde hace décadas de reproducir un discurso hegemónico y hegemonizante. Un discurso que ha sido cuidadosamente construido o cautelado por los pactos políticos hoy gobernantes, quienes sistemáticamente se han encargado de densificar o engrosar las barreras de inclusión a esta ya mal llamada (desfigurada y degradada) opinión pública. Dentro de este escenario (visible en problemas de orden tanto nacional como internacional), personas provenientes de sindicatos, poblaciones, juntas vecinales, organizaciones indígenas, etc., no encuentran espacio de difusión ,sino sólo de absorción de las ideologías difundidas.

En este contexto, el desafío de cambio corre no sólo para los gobernantes de turno (de quienes difícilmente podría ser esperable una variación del estado de cosas actual), sino también y, sobre todo, para quienes se encuentran en tales circunstancias “comunicativamente periféricas”. Si la opinión pública ha sido secuestrada por grupos específicos para la publicitación de sus intereses propios y privados, la disputa democrática debe tener lugar entonces no tan sólo en las urnas sino que, también, en el papel del diario, en la pantalla televisiva y tras los micrófonos radiales.

El desafío finalmente es uno: de lo que se trata es de tener tantos medios de comunicación, como opiniones existen.

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