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Venezuela, las jornadas de febrero (un balance)

por 5 marzo 2014

Puede que haya sido también el momento de inicio y desarrollo de un poderoso movimiento social y político como ha habido pocos en América Latina. Los venezolanos al hacer su historia determinarán si febrero fue el inicio de marzo, abril, mayo o junio, o si todo fue febrero y nada más.

Los tiempos de la polémica opositora que se dio en Venezuela a partir del 12-F entre sus dos fracciones principales, las de López y las de Capriles, ya han quedado atrás. Y parece, además, haber consenso en que ambos líderes compartieron méritos y errores.

Mérito de López (y Machado y Ledezma) fue haber convocado a las calles cuando el letargo, la resignación y el conformismo parecían estar apoderándose de la oposición. Error de López y los suyos fue haber planteado la salida del régimen como alternativa inmediata sin haber medido todavía fuerzas con un gobierno que aún tiene apoyo social, todo el aparato militar y represivo a su lado, más los mercenarios armados (paramilitares) que lo secundan.

Error de Capriles (y de la MUD) fue no haber planteado él mismo la salida a la calle en términos más políticos que los de sus competidores internos. Mérito de Capriles fue haber reconocido justo a tiempo –estuvo a punto de ser sobrepasado– “el hambre de calle” que sentía el movimiento estudiantil y otros sectores sociales y políticos.

Mérito de las dos principales fracciones del movimiento democrático venezolano fue también haber corregido sobre la marcha sus errores tácticos, haber acompañado a las manifestaciones estudiantiles y populares sin imponer pretensiones de liderazgo, y haber dado formato político a las principales demandas que el movimiento construye en el curso de su recorrido.

Así hemos llegado al momento en el cual la mayoría de los integrantes del movimiento democrático están de acuerdo en por lo menos tres puntos principales. Son, además, las condiciones elementales para acceder al diálogo convocado por el gobierno:

1.- Desarme inmediato de los grupos paramilitares.

2.- Liberación de Leopoldo López y de todos los presos políticos (“En una democracia no puede haber presos políticos”: Oscar Arias).

3.- Libertad de prensa y fin del monopolio ejercido por el partido de gobierno sobre canales televisivos financiados por todos los venezolanos.

A esas tres demandas se han ido sumando otras, como ,por ejemplo, la descubanización de los aparatos de represión y seguridad, el fin a la campaña de mentiras y calumnias orquestadas desde el gobierno, la no parcialización ideológica de la justicia y muchas otras.

De la misma manera, entre las principales corrientes de la oposición hay consenso en todos los puntos relativos al carácter que deberán asumir las demostraciones populares en el futuro inmediato. Los más destacables son:

1.- No abandonar jamás el marco pacífico originariamente trazado por el movimiento nacional de protesta democrática.

2.- Negativa radical a la creciente militarización del Estado.

3.- Rechazo terminante a cualquiera salida golpista, venga de donde venga.

Como es posible observar, todas las demandas surgidas del movimiento estudiantil y popular apuntan hacia un objetivo central. Este no es otro que la democratización del Estado, de la política y de las instituciones públicas.

Distintos, muy distintos son en cambio los objetivos que ha perseguido la política del gobierno que representa Maduro.

Maduro glorifica a los grupos paramilitares llamados colectivos. Maduro hace prisioneros políticos (López entre otros) sin causas jurídicas, para utilizarlos después como rehenes en las supuestas mesas de diálogo en las cuales él piensa embaucar a la oposición. Maduro hace uso abusivo de las cadenas televisivas, no dejando ningún espacio abierto a las voces de una oposición cada vez más grande.

Más todavía, Maduro enfrenta a la oposición en las calles con métodos militares, no vacilando en segar vidas humanas. Maduro continúa incorporando a militares a la administración pública, hasta el punto que no son pocos quienes afirman que el golpe de Estado denunciado por Maduro ya ha tenido lugar, pero impulsado por y desde el propio gobierno.

En breve, el principal soporte de la institucionalidad democrática no está en el gobierno sino en la oposición. No hay ninguna demanda de la oposición que no sea democrática. No hay ninguna exigencia que no sea institucional y constitucional. Ningún dirigente de la oposición ha llamado alguna vez al uso de la violencia. Las grandes demostraciones de masa convocadas por la oposición no sólo han demostrado una abrumadora mayoría con respecto a las convocadas por el gobierno; han terminado, además, por ejercer su hegemonía en las calles de las grandes ciudades.

La democratización del país pasa por el reconocimiento político de la oposición. Político, no militar. La oposición está desarmada.

Existe, por último, un consenso cada vez más creciente en que la lucha democrática de la oposición es insuficiente si ésta no pone sobre el centro los problemas sociales creados por el gobierno anterior (el de Chávez) y profundizados por el gobierno actual (el de Maduro). Sin los cerros, sin los barrios, sin los pueblos, la oposición sólo será la mitad de sí misma.

El desabastecimiento, la escasez, la inflación, no son fenómenos naturales. Todos ellos fueron creados, causados e inducidos por fanáticos que sacrificaron las necesidades de un pueblo en función de ideologías absolutamente irrealizables. Esa locura la están pagando todos, no chavistas y chavistas por igual.

Febrero, con sus inmensas demostraciones de masa, puede que no sólo haya sido el mes del renacimiento de la protesta civil. Puede que haya sido también el momento de inicio y desarrollo de un poderoso movimiento social y político como ha habido pocos en América Latina. Los venezolanos al hacer su historia determinarán si febrero fue el inicio de marzo, abril, mayo o junio, o si todo fue febrero y nada más.

Nicolás Maduro tiene frente a sí, pese a todo y todavía, una gran oportunidad histórica. Quizás su última oportunidad. Si accede a las principales demandas surgidas de la calle, si deja atrás sus ideologías enloquecidas y si se libera de la presión que sobre él ejercen los dos bandos militaristas que se disputan el poder (cabellistas y castristas), podría asegurar la continuidad institucional de la nación a través de un verdadero diálogo político con la oposición unida. Un diálogo que llevaría a transitar desde el desmesurado autoritarismo que Maduro heredó de su, para él, todavía divino predecesor, hacia la que podría ser una de las más modernas y prósperas democracias del continente.

Lo más probable es que Maduro no dará jamás ese salto que lo separa de sí mismo. Pero si no lo da, deberá atenerse a las consecuencias. Otras serán las figuras que desde dentro del chavismo –posiblemente más temprano que tarde– deberán asumir, en conjunto con la oposición, las tareas que llevarán a la transición desde una dictadura de hecho hacia una democracia de derecho. Cuáles son esas figuras, nadie lo sabe todavía. Lo único que sí se sabe es que cada momento histórico inventa a sus principales actores.

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