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Todo es igual, nada es mejor: ¡viva la democracia!

por 19 marzo 2014

Aunque la democracia sea un sistema político (e incluso el menos malo de todos los posibles), no deja por eso de ser un sistema que determina la cultura y que la determina de muy mala manera, cuando hace de la vulgaridad un modo de vida, para qué decir en países como el nuestro, donde la mayor parte de la población es analfabeta en términos prácticos.

“Todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor”, es la letra de un tango que habla de la decadencia cultural y moral de una época que perfectamente podría ser la nuestra. Decadencia que, sin duda alguna, la democracia tiende a profundizar, cuando entiende la igualdad de las personas “en dignidad y derechos” como igualdad absoluta, como indistinción entre lo bueno y lo malo, entre lo mejor y lo peor. Decadencia a la que también contribuye el capitalismo, ¡hay que decirlo!, cuando éste se concibe como un estilo de vida o como un modelo cultural que determina hasta las formas más profundas de relación.

“Todo es igual, nada es mejor” y, por eso, nada tiene de raro que el gobierno de Bachelet haya nombrado a un subsecretario acusado de realizar tocaciones (sí, tocaciones) en el metro, y a una Gobernadora que, mientras trabajaba para el Estado, aparecía como indigente en su ficha social. Y nótese que menciono estos casos sólo porque son los más grotescos y ni por lejos los más graves.

Nada tiene de raro tampoco, en este contexto, que el Gobierno haya sido incapaz de hacer propuestas concretas en torno a las consignas con que ganó las elecciones. Y por eso, aunque comparto plenamente la opinión que Carlos Peña expresó el domingo recién pasado en su columna, acerca de que “un gobierno no puede comenzar sus días declarando que asume el poder sin saber del todo y exactamente para qué hizo el esfuerzo de obtenerlo”, no puedo dejar de decir no me causa sorpresa que así sea.



Aunque la democracia sea un sistema político (e incluso el menos malo de todos los posibles), no deja por eso de ser un sistema que determina la cultura y que la determina de muy mala manera, cuando hace de la vulgaridad un modo de vida, para qué decir en países como el nuestro, donde la mayor parte de la población es analfabeta en términos prácticos.

Porque aunque la democracia sea un sistema político (e incluso el menos malo de todos los posibles), no deja por eso de ser un sistema que determina la cultura y que la determina de muy mala manera, cuando hace de la vulgaridad un modo de vida, para qué decir en países como el nuestro, donde la mayor parte de la población es analfabeta en términos prácticos.

El sistema político que adoramos y el modelo económico que veneramos han contribuido, en suma, a transformar a Chile en un país próspero –si se quiere–, pero decadente. En un país que presume de sus cifras económicas mientras sus jueces, sus políticos, sus periodistas, su Gobierno, su clase alta, ¡e incluso sus columnistas!, son de última categoría.

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