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Reforma tributaria y su economía política

por 2 abril 2014

Ahora bien, cada vez que una economía ubicada en cualquier parte del mundo pretende exigir una mayor contribución tributaria a los deciles que están en la cúspide de la pirámide de ingresos, surge la leyenda negra que pronostica caída de la inversión privada, el crecimiento y el empleo. En general, estas son afirmaciones con bases empíricas muy anémicas, incluido el teorema de Laffer (“el impuesto mata el impuesto”).

Ad portas de la discusión parlamentaria del proyecto de reforma tributaria del actual gobierno, cuyo objetivo central es financiar la reforma educacional, nos parece útil, para entender el significado estructural de ella, echarle una mirada desde la economía política.

En efecto, esta es una reforma que rompe con la tradición de las reformas tributarias registradas desde comienzos de los años noventa, caracterizadas todas ellas por ajustes y acomodos de diferentes tasas de tributación (a excepción de la introducción del royalty a la minería, en la década del 2000), con el fin obvio de aumentar los ingresos tributarios y financiar el aumento del gasto social.

Pero todo ello se ha venido haciendo sin cambiar las modalidades sustantivas de cómo tributan los deciles que capturan gran parte de los ingresos y la riqueza. En este sentido, la actual reforma es un giro importante, pues de acuerdo a las reglas establecidas en 1984, las rentas empresariales tributan sobre la base de utilidades retiradas y no sobre la base de utilidades devengadas, como lo hacen los asalariados respecto a sus remuneraciones; de tal suerte que dichas rentas no retiradas se fueron acumulando en un Fondo de Utilidades Tributables (FUT), hoy casi equivalente al valor nominal del PIB.

En torno a este fondo una parte de sus dueños –y cuya importancia se desconoce– fueron creando sociedades de inversión u otras que le permitían sacar parte de lo acumulado sin pagar impuestos para hacer gastos atribuidos a esas empresas o a veces puestas en algún paraíso fiscal. Este mecanismo del FUT con que hoy cuenta Chile, no existe en ninguna parte del mundo, y hoy se sabe que fue fuertemente criticado en la OCDE cuando Chile ingresó a este organismo, pues estimaba que ello era un incentivo a la colocación de recursos en paraísos fiscales.

Ahora bien, cada vez que una economía ubicada en cualquier parte del mundo pretende exigir una mayor contribución tributaria a los deciles que están en la cúspide de la pirámide de ingresos, surge la leyenda negra que pronostica caída de la inversión privada, el crecimiento y el empleo. En general, estas son afirmaciones con bases empíricas muy anémicas, incluido el teorema de Laffer (“el impuesto mata el impuesto”).

Es cierto que cuando se acordó esta modalidad de tributación, la economía chilena estaba sumida en una profunda crisis financiera con un nivel de actividad económica lejos de recuperarse y dificultades para acceder al mercado mundial de capitales, por tanto, un subsidio al ahorro por la vía de la modalidad de tributación explicada, parece razonable.

Pero después de 30 años, cuando la economía chilena ha desarrollado un importante mercado de capitales con el ahorro de los asalariados entre otros, y generado una apertura financiera lo suficientemente amplia para que las empresas –particularmente las grandes– puedan acceder a él, ¿qué sentido tiene mantener la actual modalidad de tributación de las rentas empresariales? ¿Perpetuar un privilegio tributario que acentúa la regresividad en la distribución del ingreso?

La reforma tributaria del actual gobierno es un cambio de esta situación pues, entre otras cosas, de acuerdo al programa presidencial, se propone que “los dueños de las empresas deberán tributar por la totalidad de las utilidades de sus empresas y no sólo sobre las utilidades que retiran (el sistema operará en base devengada). Esta medida será implementada a partir del cuarto año de la reforma.

De esta forma se termina con el actual mecanismo del Fondo de Utilidades Tributables (FUT). Como es sabido, el programa también propone el aumento del impuesto de primera categoría del 20% al 25% y otras medidas para mitigar este aumento, como la depreciación instantánea y revisión de las tasas del global complementario.

Ahora bien, cada vez que una economía ubicada en cualquier parte del mundo pretende exigir una mayor contribución tributaria a los deciles que están en la cúspide de la pirámide de ingresos, surge la leyenda negra que pronostica caída de la inversión privada, el crecimiento y el empleo.

En general, estas son afirmaciones con bases empíricas muy anémicas, incluido el teorema de Laffer (“el impuesto mata el impuesto”). Desde ya son varios los factores que generalmente inciden en las decisiones de inversión privada, y no sólo los impuestos, entre ellos: el grado de endeudamiento de las empresas, el costo relativo del capital y el trabajo, las expectativas de ingresos futuros de un proyecto, la evolución del capital humano y el proceso de innovación. Sin olvidar que la política monetaria no ha abdicado de intervenir cuando la economía se enfría.

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